Historia de Kiara, los lobos ?y la máquina de perder niños

Fernanda Sández
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24 de noviembre de 2013  

Una beba en manos de otra niña, algo más alta. La nena grande deja a la nena chica en manos de una mujer joven. Y la nenita se esfuma. La policía –y la intervención celestial de quienes la vieron en Córdoba– terminaron con el atroz pasamanos de Kiara. Pero algo –algo doloroso, algo demasiado parecido al sentimiento de injusticia– sobrevuela este episodio, que comenzó en Escobar y terminó en Deán Funes, con la pequeña de un año y medio –dice el lugar común– "sana y salva".

Sana. La nena quedó al cuidado de una mujer conocida en el barrio por ser parte de un grupo de gente que pasaba las tardes consumiendo droga en la placita del lugar. O bien pidiendo monedas en la esquina, para poder ir después a la placita.

Salva. La nena quedó al cuidado de una mujer condenada por asesinato. Una joven de 24 años que cumplía pena en su propio domicilio. Bueno, "cumplía" es sólo un modo de decir. La mujer salía a hacer las compras, a pedir monedas en las esquinas. Y a la plaza, claro.

Si no fue esta vez, será la otra. Pero la máquina de perder niños ya está en marcha.

Cualquiera que se haya acercado alguna vez a un bebe sabe que no hay cosa más seria en el mundo que un Buda en pañal y chupete. Que no hay ruido ni viento que puedan venir a molestarlo si uno está cerca. Eso tienen los bebes: que nos convierten en algo mejor. Que nos hacen paladines y peluches, todo a la vez. Que nadie –empezando por uno mismo– es realmente tan importante habiendo un niño cerca. Y no necesariamente tiene que ser nuestro hijo, no. Ese mismo espíritu de ala y cobijo lo despierta también un sobrino, el hijito de una amiga, un bebe cualquiera que vaya en el tren. El nene que duerme, como puede, en un rincón de la ciudad. Por eso cuando nos son cercanos les damos besos. Y cuando son extraños, ay, convertimos los besos en monedas.

Según los nuevos datos del Fondo de Población de Naciones Unidas, cada año llegan al mundo 7,5 millones de bebes nacidos de madres adolescentes. En la Argentina, cada tres días, hay casi 1000 niños nuevos berreando al oído de una menor de 19 años. Siete de cada 10 de ellas no planearon embarazarse. Cuatro de cada 10 no querían ser madres. Según el doctor Babatunde Osotimehin, director de FNUP, "cuando una adolescente queda embarazada cambia radicalmente su presente y su futuro. Y en rarísimas ocasiones lo hace para bien".

Para qué se llevaron a Kiara es, en última instancia, lo de menos. Porque es en realidad lo otro (lo débil del nido en el que le tocó nacer, lo hostil de ese entorno en el que todos jugaron por un rato al Gran Bonete con ella) lo que en verdad estremece. ¿Quién cuida a la niña? ¿Y quién cuida a la niña que cuida a la niña? ¿Existe acaso algo parecido a la noción de cuidado en un contexto en donde nadie parece haber sabido siquiera cuidar de sí mismo? Si por algo preocupa la historia de Kiara y los lobos es por eso: porque está cargada de ausencias, de vacíos, de huecos. Es tan clara la lengua, a veces. "Salirse de madre" es, precisamente, no conocer (ni reconocer) el límite. Es ir por la vida como va el agua fuera de cauce: rápido, sin pensar. Y siempre hacia abajo.

Un bebe es el único milagro en el que creen hasta los ateos. Pero es un milagro exigente. Pide que nos corramos un poco hacia el fondo de nuestras propias vidas. La historia de Kiara es, bien mirada, la de una niña rodeada de gente que no deja de jugar a sus propios juegos. Por eso el lobo la mira, y se relame. Sabe que todo ahora es cuestión de tiempo. Sabe que él es parte de la manada.

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