Hora de cambiar la política

Por Vicente Joga Para LA NACION
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27 de mayo de 2003  

Se ha abierto una nueva etapa en la República Argentina. Confiamos en que su signo distintivo sea, como lo anunció el presidente Néstor Kirchner, el respeto a las instituciones, a las constituciones nacional y provinciales, a los procesos democráticos y, fundamentalmente, a la autonomía de las decisiones políticas en las provincias.

En la última década hemos asistido a una práctica teñida por la obstaculización menemista en las definiciones partidarias, siempre ligadas al máximo poder en cada estado argentino. Se trataba de un estilo de dominación amparado generalmente en los beneficios otorgados por el gobierno central para garantizar adhesiones incondicionales de gobiernos y legisladores nacionales a las decisiones del presidente, cuyos intereses no siempre coincidían con los del pueblo.

Apruebo como verdad insoslayable que esta nueva etapa exige el cambio, como lo reiteró en su campaña el ahora presidente Kirchner, y entiendo que ese cambio debe verificarse especialmente en las actitudes de gobierno. La diferencia sustancial radicará en no repetir las remanidas fórmulas que privilegiaron a sectores político-partidarios en varias provincias, y reflejar la predilección por una clara búsqueda de consensos antes que la profundización de los disensos.

Los argentinos están ávidos de tener un presidente identificado con la equidad frente a los problemas sectoriales, con la grandeza de los objetivos patrióticos, con la inteligencia para defender los intereses nacionales en el complejo mundo globalizado, con la voluntad política de gobernar para todos los argentinos sin excepción.

Quieren ver de una vez por todas plasmada la "democracia integrada" de la que hablaba Juan Perón y olvidar rápidamente aquella impronta menemista que exaltó la lealtad mafiosa, el juego de los intereses por encima del bien común, las prebendas a los incondicionales del sistema corrupto instalado por diez años en el país. Tras ese oportunismo corrieron dirigentes y gobernantes que hoy, por bien aprendido, se encolumnaron ya tras el nuevo poder, traicionando rápidamente al anterior.

Es que la lealtad es uno de los valores que quedan entre paréntesis en un proyecto de cambio. Por "desleales" al menemismo muchos padecimos el aislamiento y la presión de los aparatos estatal y partidario. Era el predominio del justicialismo patotero, neoliberal, experto en "roscas". La lealtad en soledad al presidente de la transición, Eduardo Duhalde, fue reemplazada por la necesidad de los intereses coyunturales y el peso de los gobernadores a la hora del armado político de batalla. No importó que alguno de ellos proviniera de la más clara estirpe menemista, que la definición fuese de último momento y sin más remedio.

Es hora de jerarquizar la política, desde las ideas hasta los métodos. Estamos frente a una oportunidad inmejorable de revitalizar la sana competencia, recuperar la confianza de la gente, la fe en el ejercicio político y la voluntad militante. ¿Será posible evitar injerencias, condicionamientos externos o intercambio de favores para construir la política desde un lugar más saludable?.

¿Será posible?

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