Hoy para nosotros

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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22 de septiembre de 2016  

Qué diferencia al periodismo que se hace en un diario de otros oficios que también trabajan con palabras? ¿La investigación? No necesariamente, porque también investiga el biólogo y publica por escrito la información que resulta de sus investigaciones. ¿La opinión? Podría ser, pero también opinan el sociólogo y el analista político. ¿La crítica? Sin duda, aunque la crítica suele respirar mejor en el ensayo. El periodismo participa de todas esas variedades de la escritura aunque, a la vez, está regido por una particularidad que le pertenece solamente a él: un modo enteramente propio de relacionarse con el tiempo. La temporalidad periodística es diferente del resto, y esa temporalidad es, por lo menos para mí, el flanco más apasionante del oficio: se ocupa del presente y conjuga ese presente en presente.

Esto tiene dos consecuencias: a) el tiempo mismo de la escritura y b) la temporalidad en la que los periodistas vivimos.

Empiezo por a). Una parte crucial del oficio del periodista consiste en la administración del tiempo, del poco tiempo en principio, pero también del mucho tiempo, porque cuando estamos holgados de tiempo no escribimos jamás el artículo que deberíamos escribir. La tentación -la necesidad- de ponernos la soga al cuello es la deformación profesional del periodista. Esto no es tan malo como parece ni pertenece exclusivamente al periodismo. Después de todo, como me decía un amigo los otros días, sin esa "soga al cuello" todavía estaríamos cazando y pescando. El compositor Mauricio Kagel lo propuso de una manera parecida: sin deadlines no habría habido historia de la música ni historia de nada.

Pero nadie tiene menos tiempo que el periodista. Ya lo dije aquí mismo una vez: en el periodismo, no hay tiempo que perder; en otras escrituras, todo consiste en perder el tiempo.

El tiempo de la escritura está hecho de tiempo perdido, disponible, muy poco utilitario. En cambio, el tiempo de la escritura periodística coincide casi punto por punto, en una especie de grado cero, con el tiempo material que lleva escribir, es decir, el tipeo. En esto se parece un poco al improvisador en la música. Una brevísima anécdota sobre este punto: en algún momento de los años sesenta, en Roma, el compositor estadounidense Frederic Rzewski, grabador en mano, le pidió al saxofonista de jazz Steve Lacy que explicara en quince segundos la diferencia entre improvisación y composición. La respuesta: "En quince segundos, la diferencia entre la composición y la improvisación es que en la composición se tiene todo el tiempo que se necesita para decidir lo que se quiere decir en quince segundos, mientras que en la improvisación sólo se tienen quince segundos". Por supuesto, ni hace falta decirlo, la respuesta de Lacy duró quince segundos exactos.

Hace unos años, Alan Pauls dio una charla en Rosario sobre las diferencias entre la literatura y el periodismo. Su conclusión era que esa distancia no era cuestión de estilo, de tema, sino, como decíamos, de tiempo. Pauls tenía razón también en que lo peor que uno puede decir en una redacción es: "Dame tiempo". Nadie puede dar lo que no tiene, y en los diarios tiempo es justamente lo que falta. Esto vale también para escrituras subsidiarias del periodismo; por ejemplo, la crítica. El valor de la crítica de un concierto, una pieza teatral o una película queda justificado por la obligación de pronunciar un juicio entre el horario de la función y el horario de entrega, que suele ser al día siguiente temprano, es decir, de la noche a la mañana, literalmente.

Mientras que estas singularidades valen probablemente para todos los modos del periodismo, el segundo trastorno temporal de los periodistas -el punto b) al que me refería antes- es, en cambio, bien propio del diario en papel.

Esta temporalidad trastornada tiene para mí una formulación definitiva en una frase que todos escuchamos y decimos en la Redacción todos los días, varias veces por día: "Hoy para nosotros". ¿Qué quiere decir esto? Literalmente, se refiere al diario del día siguiente, el que uno hace cada día, hoy. Si estamos en miércoles, como ahora, hoy para nosotros es jueves.

El giro, esa aberración temporal, es interesante en otros sentidos. Tal como se lo dice, da entender que la temporalidad es un asunto discrecional: lo que es hoy "para nosotros" no lo es para "los demás". ¡Como si el tiempo no fuera uno solo!

Acá empieza el trastorno del periodista, que habita otro tiempo hecho del mismo tiempo: en una especie de tempo rubato vivencial, vive siempre adelantado. Ese "tiempo robado", como el rubato en la música, después se devuelve: el diario del día es ya para él (para nosotros) el diario del día anterior. Hoy, cuando escribo esto, es para mí mañana, mañana será ayer, y ayer, anteayer.

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