Impericias en la nueva guerra del cristinismo

Joaquín Morales Solá
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3 de junio de 2012  

La recaudación impositiva por el consumo de la sociedad, que es la que más se coparticipa con las provincias, ha caído verticalmente. Más de una docena de provincias recurrió en los últimos días al Banco Nación para pedir créditos en pesos. Esos síntomas de una rápida desaceleración de la economía son los que explican, más que cualquier otra cosa, el nuevo conflicto entre el kirchnerismo y los productores rurales. Daniel Scioli puede tener su parte de culpa por acatar sin condiciones una orden presidencial, pero el núcleo duro del conflicto está en las chapucerías de la conducción económica nacional. Hasta las cacerolas han vuelto apenas siete meses después de una impetuosa victoria presidencial.

Las cosas ya no son como eran. Una franja importante del Gobierno está fuera del gobierno. Son personas mejor formadas que las que están hoy en la conducción real. Ni Julio De Vido ni Florencio Randazzo ni Hernán Lorenzino ni Diego Bossio ni hasta el propio Axel Kicillof comparten la mala praxis cotidiana de Guillermo Moreno Aquellos ministros y funcionarios prefieren el silencio. Cada vez hablan menos en público, pero cada vez también reciben menos a representantes sociales a los que antes solían frecuentar. La Presidenta los llama muy de vez en cuando, y hasta es probable que prefieran no ser consultados por ella. ¿Para qué? Moreno tiene siempre la última palabra.

La excesiva concentración del poder en una persona, la Presidenta, está provocando una sensación de vacío de poder debajo de ella. Hasta los contratistas del Estado no tienen con quien hablar. Esas anormalidades pasan inadvertidas cuando las cosas andan bien. Al revés, se convierten en el peor obstáculo político cuando un gobierno debe enfrentar la sublevación del sector más dinámico e independiente de la economía, la producción rural, y cuando, encima, tiene una clase media sublevada por la inflación, la inseguridad y la prohibición de acceder al dólar. El kirchnerismo se metió en otro grave conflicto con ruralistas y sectores sociales urbanos, pero tiene menos reservas económicas e intelectuales que en 2008, cuando se enfrentó con ellos por primera vez.

Moreno actúa ante sus interlocutores con un increíble desinterés por su destino. Dice no saber si estará en el Gobierno dentro de un mes. Importa, con todo, lo que hace entre las conspiraciones de los cortesanos. Ocupa gran parte de su tiempo en desacreditar a los que acceden a Cristina Kirchner (incluido Kicillof) y expulsó del vecindario a los empresarios que antes eran amigos o confidentes del poder. ¿Quién, si no Moreno, ahuyentó a los Eskenazi, a los Brito o a los Mendiguren del trato asiduo con Cristina Kirchner? Moreno detesta que la Presidenta reciba una información o una opinión distinta de la suya.

Sólo un trío de funcionarios se acerca a Cristina. Moreno está entre ellos. Carlos Zannini es otro. El tercero es el jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray. Moreno nunca podría ganar una batalla contra Zannini, que cuenta con décadas de confianza política de los Kirchner. Lo necesita a Echegaray, dueño y señor de los recursos persecutorios de la AFIP. Suele haber frecuentes reuniones entre los tres para establecer las políticas, pero también hay disidencias. Moreno se manifestó crítico de las medidas policiales de Echegaray para desalentar la compra de dólares. No soy tan estúpido , les aclaró a empresarios que lo vieron en los últimos días. A él le basta con un insulto o con una amenaza.

La Presidenta no se ha repuesto aún completamente de su operación de tiroides. De hecho, no es ahora la misma que los argentinos conocieron durante muchos años. En su reciente visita a Angola pasó inadvertido un hecho que marcó la diferencia entre una presidenta y otra. Aceptó que Moreno le dijera al oído lo que debía expresar. Justo a ella, que se jactó siempre de que podía hablar sin leer ante los auditorios más selectos del mundo. Cierta inclinación por el aislamiento y una paciencia más corta son rasgos que se han agravado.

Pero, ¿por qué Moreno sí puede llegar a ella e influir en sus opiniones? Moreno le lleva soluciones rápidas, que empeoran los problemas después de mañana, y tiene una visión conspirativa de los hechos políticos, que es también la visión de la propia Presidenta. Moreno no le explica las causas de los problemas; le cuenta los nombres de los culpables. Es lo que ella espera. Es un mal que prendió en varios ministros. El titular de Agricultura le contó que los productores de soja están atesorando su producción. Avaros , los descalificó Cristina. La verdad es otra: se exportó más soja en lo que va de este año que en el mismo período de 2011. Este año hubo, además, menos cosecha como consecuencia de la sequía.

Moreno ha fracasado en todo lo que se propuso. Lloverá gasoil, dijo hace varios años. Todavía la Argentina está importando gasoil. Intervino de hecho el Indec, pero hasta el propio Gobierno ya no le cree al Indec. El oficialismo acaba de alegrarse porque los metalúrgicos firmaron un aumento salarial del 23 por ciento, cuando el Indec informó que hubo una inflación de menos del 10% en 2011. O el país asiste al mayor proceso histórico de redistribución de la riqueza o la inflación fue del 25%, como aseguran los economistas privados. Después de la alegría, Cristina Kirchner mandó frenar el acuerdo de los metalúrgicos. Alguien le hizo llegar la información correcta: el aumento no era del 23%, sino que se acercaba al 30%, según la letra chica del pacto.

Moreno hizo bajar de los barcos cargamentos de carne de exportación, hace cuatro años, para asegurar a los argentinos, dijo, carne barata. Ahora, el kilo vivo vale más en la Argentina que en los Estados Unidos. En el trayecto fulminó casi 15 millones de cabezas de ganado. En las últimas semanas, cuando se metió con el dólar, la diferencia entre el oficial y el paralelo era del 10 por ciento. En días recientes, esa brecha se amplió a más del 30%. Espantados, los ahorristas se llevan los dólares de los bancos.

El ministro de Economía, Lorenzino, estuvo a punto de firmar una resolución cambiando los plazos para que los exportadores liquiden sus ventas al exterior. Moreno fijó ese plazo en 15 días, cuando los barcos ni siquiera han llegado a su destino. Lorenzino no pudo. Ganó Moreno. La saga de derrotas del prepotente funcionario está colocando al Gobierno en el ojo de un huracán político.

La inflación es para Cristina Kirchner lo que el control de la calle y las amenazas de corridas bancarias eran para su esposo. Es el problema irresuelto y más sensible de su gobierno. Es cierto que el arte de los chambones no es sólo una destreza de Moreno. Kicillof denunció maniobras devaluatorias y acciones destituyentes de los que hablan de pesificaciones. Raro: los primeros que hablaron de pesificaciones de la economía fueron un ministro, Randazzo, y un senador hiperoficialista, Aníbal Fernández. No lo hicieron por mala voluntad; simplemente no saben qué hacer.

¿Qué hacer? Al kirchnerismo le gustan las guerras y está entrando, campante, en otra. Es más que probable que los productores rurales nacionalicen el martes la protesta bonaerense. El problema no termina ni empieza en Scioli. Los productores de soja están liquidando su producción a un dólar a 2,75 pesos, por efecto de las retenciones, cuando el dólar paralelo está cerca de los 6 pesos. El costo de los insumos está más próximo al dólar paralelo. Dólar e impuestos. Con esas dos variables se construyó la ratonera en la que el Gobierno se metió solo. Nadie lo llamó ni lo obligó, pero también le gusta crear problemas donde no los hay.

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