Inclusión social para la UBA

Alieto Aldo Guadagni
Alieto Aldo Guadagni PARA LA NACION
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8 de febrero de 2013  

Ya se conocen los resultados del Censo de Estudiantes de la UBA de 2011, iniciativa que debería ser imitada, ya que hace pública información muy importante para la política universitaria. Los datos corresponden a las 13 Facultades de la UBA más el CBC y muestran que, entre 1992 y 2011, la población estudiantil de la UBA se incrementó un 56% y llegó a los 263.000 estudiantes. El mayor crecimiento le corresponde a Ciencias Sociales, con un 231%: pasó de 6646 estudiantes, en 1992, a 22.016, en 2011. El alumnado en las facultades de Ingeniería y Ciencias Exactas crece mucho menos y por debajo de este promedio general, por eso, mientras en 1992 por cada 100 estudiantes en Ciencias Sociales había 200 en Ingeniería y Ciencias Exactas, ahora hay apenas 72.

Este preocupante retroceso en carreras estratégicas no es positivo para nuestro desarrollo en este complejo mundo globalizado. El censo también muestra cómo aumenta fuertemente la presencia de estudiantes extranjeros y de escuelas privadas; entre 1992 y 2011, el alumnado proveniente de escuelas privadas aumentó un 100%, mientras que el número de estudiantes que vienen del exterior creció un 218%.

El número de alumnos provenientes de escuelas estatales creció apenas un 16%, por eso por cada incremento de 100 alumnos apenas 15 provienen de escuelas estatales, 80 vienen de escuelas privadas y 5, del exterior. Se tata de un cambio importante en el origen de los estudiantes, ya que en 1992 había mayoría de provenientes de escuelas estatales (54%); en 2011 esta presencia se reduce a apenas 40%.

La UBA tiene trece Facultades: en doce de ellas los alumnos que vienen de escuelas estatales son minoría, y la excepción es Filosofía y Letras, donde estos estudiantes representan el 51% del total. Esta mayoría de alumnos de escuelas privadas más los estudiantes del exterior continuará en los próximos años, ya que apenas el 41% de los alumnos del CBC vienen de escuelas estatales. El censo no proporciona información sobre el nivel de ingresos de las familias de los alumnos, pero sí aporta datos sobre el nivel educativo de estas familias. Recordemos que las evidencias siempre muestran una clara asociación entre niveles de ingresos y educativos, por eso es razonable asumir un comportamiento similar entre ambos indicadores. Al comparar los niveles educativos de los padres de 1992 con los de 2011, se observa que crece la presencia de aquellos padres que tienen grado universitario (pasaron del 21 al 26% del total de los padres), mientras se reduce la presencia de padres que no superaron la escuela primaria (disminuyó su participación de un 27% a 17%).

Para ubicar esta información de la UBA dentro del panorama educativo de la población adulta del país, es útil acudir a la información que proporciona el censo de población de 2010. Podemos así comparar los niveles generales educativos de toda la población con este segmento de padres de los alumnos de la UBA. Las diferencias educativas de los padres son muy significativas, ya que mientras el 42% de los adultos del país no pasó más allá de la escuela primaria esta proporción se reduce al 17% en el caso de los padres de alumnos de la UBA. Al mismo tiempo se observa que el 39% de los padres de alumnos de la UBA pasó por la universidad, pero esta proporción se reduce a un mínimo de 14% en el caso de todos los adultos.

La composición social del alumnado de la UBA es hoy muy distinta de la prevaleciente en 1992. Es razonable suponer que la creación de universidades en el conurbano, con atracción de los sectores humildes en el Gran Buenos Aires, haya contribuido a este sesgo en favor de una mayor presencia en el estudiantado de la UBA de núcleos de elevado nivel socioeconómico. Este nuevo escenario es propicio para introducir el criterio hasta ahora ausente de la "solidaridad universitaria", debido a tres hechos registrados en los últimos veinte años. El primero es la creciente presencia de alumnos que vienen de escuelas privadas (151.000) y también de alumnos del exterior (alrededor de 7000), muchos de los cuales también provienen de escuelas privadas. El segundo se refiere al estancamiento de la matrícula de las carreras científicas y tecnológicas, lo cual no es promisorio. El tercer hecho es la escasa relevancia de los actuales programas de becas orientados a los alumnos de insuficientes recursos, ya que existen apenas 4054 beneficiarios con magras becas entre los 263.000 estudiantes.

Es hora de reflexionar sobre la necesidad de fortalecer la inclusión social en la universidad, ya que no alcanza con la gratuidad generalizada, incluso a favor de segmentos altos desde el punto de vista socioeconómico, porque las evidencias no están indicando progresos hacia una mayor igualdad de oportunidades. Este tipo de debate ya se ha dado en otros países, como Uruguay, que implantó en 1994 el Fondo de Solidaridad Universitaria, orientado a programas masivos de becas.

A modo de reflexión final y para perfilar con un ejemplo las características de una propuesta de "solidaridad universitaria", consideremos que si se establece un Fondo Solidario, mediante el cual con contribuciones de 5 alumnos se financia una beca a favor de estudiantes que la necesiten para poder cursar la universidad, se podrían financiar los estudios de 20.000 nuevos alumnos; esto supone que son 100.000 los que aportan (el 38%). Estas becas deberían asignarse con tres criterios: 1) deben estar destinadas a estudiantes que las necesiten para poder dedicarse plenamente al estudio; 2) los becarios tienen que demostrar un buen desempeño escolar en el nivel secundario; 3) los aspirantes a las becas que los convierten en alumnos de dedicación plena pueden optar por las carreras científicas y tecnológicas que hoy necesita nuestro país. En estas disciplinas hoy estudian en cinco Facultades apenas 30.000 alumnos de los 263.000 matriculados en la UBA, lo que quiere decir que la matrícula en estas carreras se podría incrementar en casi un 70%. Con una política universitaria más solidaria podríamos fortalecer nuestro futuro científico y tecnológico y también consolidar un crecimiento económico con más igualdad de oportunidades, promoviendo activamente la incorporación de más alumnos de origen humilde con vocación de estudiar.

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