Intelectuales Sub 50

Una nueva generación piensa el país/ Estudiaron en la universidad de la recuperación democrática y hoy son exponentes destacados en sus disciplinas. Qué piensan y cómo participan en los debates nacionales. La discusión sobre el kirchnerismo, el logro de la profesionalización y el desafío de no quedar aislados de su tiempo
Raquel San Martín
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24 de julio de 2011  

Quizás dentro de diez o veinte años, cuando personajes como Beatriz Sarlo u Horacio González ya no lideren el debate público de ideas, sea difícil encontrar a un intelectual dispuesto a polemizar en televisión sobre la Argentina. O hallar a un académico que tenga un pasado de militancia partidaria, que haya desarrollado la parte central de su pensamiento en el exilio, o que se piense a sí mismo, lo diga o no, como "la conciencia de la sociedad".

No será por falta de formación o de compromiso con lo público, sino por una marca generacional: quienes hoy se perfilan como los académicos que serán destacados dentro de una década aceptarán ser entrevistados o escribir columnas en los medios, pero sobre sus específicos temas de investigación; se preocuparán por los asuntos centrales del país, pero evitarán las tomas de posición política muy explícitas; dedicarán buena parte de su tiempo a sus equipos de investigación y a sostener y ampliar sus contactos con el exterior más que a fundar revistas donde escribir sus ideas.

Los cientistas sociales que hoy atraviesan los 40 años de edad, de ellos se trata, comparten una experiencia definitiva como generación: empezaron o transitaron sus carreras universitarias en los años posteriores a la recuperación democrática y se formaron, por eso, en un ambiente de entusiasmo y efervescencia intelectual, con profesores que autocriticaban su propia relación con la política, y en disciplinas que trabajosamente se abrían y se hacían más sofisticadas, después de largos años de dictaduras que, a diferencia de otros países latinoamericanos, en la Argentina se ensañaron particularmente con la vida universitaria.

Como para el resto de la sociedad, el kirchnerismo también divide aguas entre ellos: aunque unánimemente reconocen que en estos años mejoraron sus condiciones de trabajo, algunos de ellos lamentan un estado de polarización y enfrentamiento que encuentran también en sus ámbitos, y que cada vez más los obliga a definir de qué lado están antes de hablar o escribir.

Los científicos sociales "sub-50" son, en este sentido, la primera generación de académicos profesionales del país, que hicieron formación de posgrado en el exterior -no obligados por el exilio, como muchos de sus maestros- y aprendieron a convertir sus intereses en proyectos de investigación que concursan para recibir subsidios, a producir papers y libros, a no considerar que escribir una columna en un diario es vulgarizar su ciencia y a combinar la universidad con una ONG o la consultoría privada.

Ocho académicos de entre 35 y 50 años, de distintas disciplinas y pertenencias institucionales, reconstruyeron para La Nacion este clima generacional a partir de sus experiencias. Forman parte de un listado armado a partir de las recomendaciones de intelectuales referentes en distintas áreas. Sus trayectorias muestran un camino casi común: carrera de grado en la UBA -sociología, economía, historia, comunicación- durante la primavera democrática; una experiencia de posgrado en el exterior, generalmente el doctorado; regreso a la Argentina, ingreso en el Conicet, establecimiento en una universidad estatal de las entonces recientemente creadas en el conurbano, en una universidad privada de investigación como docente full time o en una ONG. Y, en términos generales, la imagen de sí mismos como profesionales expertos que, más que guiar a la sociedad hacia una utopía, iluminan con eficacia zonas del camino.

Tiempos de autocrítica

"Un rasgo generacional que compartimos es que estudiamos en una universidad atractiva y estimulante, que era la universidad democrática. Los profesores que vinieron del exilio tenían entusiasmo y fue un período de renovación de ideas. Para quienes teníamos interés por la actividad intelectual fue la oportunidad de abrirse a un mundo desconocido", dice Roy Hora, de 45 años, historiador egresado de la UBA, con un doctorado en Oxford, profesor en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Conicet.

Tras la dictadura, la pasión intelectual en las aulas convivía con el autocuestionamiento de muchos profesores, del que los estudiantes aprendieron. "Nos beneficiamos de una cierta autocrítica que nuestra generación anterior vivía con respecto a su propia relación con la política. Se habían pensado como intelectuales orgánicos y eso estaba en cuestión. Esa autocrítica les permitió enfocar lo político como objeto de estudio y no sólo como campo de acción, y a nosotros nos dio la oportunidad de mantener una distancia sana de lo político, no para no comprometernos, sino para poder mirarlo como fenómeno", apunta Gabriel Kessler, sociólogo graduado en la UBA, con maestría y doctorado en Francia, docente en la Universidad Nacional de La Plata e investigador independiente del Conicet.

Esos docentes que habían atravesado la dictadura en sus disciplinas guiaron a sus estudiantes en la apertura de las ciencias sociales: nuevos temas -la sexualidad, la juventud, la salud, el pasado reciente, la ciudad, el fútbol, la religión, el consumo cultural, la inseguridad- ganaron estatus propio como campos de investigación; los estudios culturales, la historia, la antropología empezaron a experimentar momentos de valorización y crecimiento; las fronteras entre disciplinas se volvieron transitables sin tantos pruritos.

"Nuestra generación no hizo una revolución teórica ni fue tan innovadora como la de nuestros maestros, pero contribuimos a consolidar nuevos campos de estudio y a modernizar las ciencias sociales en el país a través de las redes que construimos con el exterior", señala Kessler.

En efecto, sin doctorados en la Argentina para muchas áreas -la oferta de posgrados tuvo su crecimiento recién a partir de la década del 90-, estos jóvenes graduados tuvieron la necesidad y las posibilidades de ir a estudiar en el exterior. "Cuando nosotros nos fuimos orientando al mundo académico, se habían instalado ciertas pautas, como que tenías que doctorarte. Había menos becas que hoy pero nuestra generación fue la primera en poder aprovechar oportunidades e ir al exterior, lo que es una experiencia que marca formativamente", afirma Alejandro Grimson, de 42 años, egresado de la UBA en Comunicación, con maestría y doctorado en Antropología, el último en Brasil. "Nuestra generación tuvo una voluntad de regresar al país. Hay muchos que pudimos quedarnos afuera y no lo hicimos. Pero no fue una decisión heroica, sino que aquí se fueron creando posibilidades. Mis maestros no tuvieron recursos públicos para sus investigaciones", dice Grimson, que hoy es decano del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín.

Para Ernesto Schargrodsky, rector de la Universidad Torcuato Di Tella, de 43 años, economista, la experiencia en Harvard, donde hizo su doctorado, le aportó una orientación que comparte con sus coetáneos. "Una diferencia grande con la generación anterior es la intención de producir a nivel internacional. Queremos discutir temas relevantes para Argentina y América Latina pero publicar en revistas internacionales al mismo tiempo. En el país todavía hay mucho argentinocentrismo y mi generación combate contra eso", dice.

Menos profetas, más especialistas

La memoria de la dictadura vivida en la escuela secundaria y la recuperación democrática alcanzada en la facultad dejó su impronta en los miembros de esta generación "sub-50". Por un lado, "haber vivido eso nos hace valorar la democracia, sabemos lo que puede implicar perderla y tenemos otra mirada sobre las crisis agudas, como la de 2001", dice Roberto Gargarella, de 46 años, graduado en Derecho y Sociología en la UBA, con posgrados en el exterior, hoy docente en la UTDT y en la UBA.

Por otro lado, sienten continuidad cuando se comparan con sus maestros, que atravesaron momentos políticos e institucionales frágiles. "No hubo ruptura con la generación anterior, sino que nosotros intentamos completar los caminos que ellos fueron trazando y hoy trabajamos con las pistas que ellos nos dejaron. Los que volvieron del exilio y los que vivieron su exilio interno apostaron a los jóvenes y tuvieron con nosotros total disponibilidad", afirma Marcela Ternavasio. Con 50 años, su experiencia es en parte diferente: ella hizo la universidad en dictadura y hacer un posgrado no parecía aún un rito de pasaje obligatorio para ser profesional, cuenta esta historiadora recibida en la Universidad Nacional de Rosario, donde hoy es profesora titular, investigadora adjunta del Conicet, con maestría y doctorado en la Argentina.

En distintas disciplinas y orientaciones, Horacio González, David Viñas, Aníbal Ford, José Nun, Tulio Halperín Donghi, Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Carlos Altamirano, Beatriz Sarlo, Juan Carlos Torre, Juan Carlos Portantiero, Guillermo O’Donnell y Oscar Terán aparecen como los referentes para este grupo.

"Mi generación tiene más conciencia del carácter periférico de los intelectuales en la vida pública. Pero muchos tenemos la aspiración de contribuir a una discusión más rica, con análisis acotados pero que hablen de los temas importantes de la Argentina", afirma Hora. "El proceso de socialización en instituciones más consolidadas formó cientistas sociales más profesionales. Por eso somos más concientes de la complejidad de los fenómenos y menos arriesgados en nuestras explicaciones".

Otros lo ponen en términos de balance. "El cientista social tiene que caminar en el desequilibrio que supone una actividad profesional con reglas rigurosas de producción de conocimiento, pero a la vez intervenir en el espacio público con lenguajes comprensibles y abiertos al público interesado", cuenta Gabriel Vommaro, sociólogo de la UBA con maestría y doctorado en Francia, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento y del Conicet. "Creo que somos más profesionales que nuestros antecesores en cuanto a que no mezclamos las posiciones políticas con la investigación empírica o la producción teórica. No renunciamos al compromiso de lo público pero intentamos controlar las pasiones en el momento de trabajar y de intervenir públicamente", dice Vommaro, de 35 años, una edad que para algunos de 40 y pico lo coloca en otra generación. Quienes cursaron su universidad en los 90 no vivieron una academia tan estimulante, pero aprendieron desde el comienzo a moverse con estrategia para construir sus carreras científicas y a dejar definitivamente de lado la necesidad de rendir cuentas sobre lo político que persigue a los de 40.

Entre ellos, no todos comparten las mismas miradas. "Es cierto que para nuestra generación se corrió la figura del intelectual público y apareció el experto profesional en un tema. Pero yo sigo teniendo un modelo anterior de relación con la política y pienso que es más relevante la intervención pública que un paper en un congreso. Los de mi generación mayoritariamente prefieren el paper. El camino que otros elegimos es salir de la academia y abocarnos más a la gestión", dice María Pía López, de 41 años, socióloga recibida en la UBA, donde también hizo su doctorado, y miembro de Carta Abierta, que define como "un ámbito de sociabilidad intelectual clásico". "A diferencia de nuestros maestros, como David Viñas u Horacio González, en nosotros está menos presente un discurso ideológico explícito. Puede haber discusiones públicas pero menos la obligación de situarse como intelectual íntegro en cada momento", afirma.

Las marcas del kirchnerismo

Si bien la crisis de 2001 enfrentó a estos científicos sociales con una súbita abundancia de fenómenos para investigar e intervenir -la protesta social, el sistema político en crisis, las economías de subsistencia, el delito, los movimientos sociales-, los años de kirchnerismo les han dejado a la vez una coincidencia y un terreno de opiniones encontradas.

Están de acuerdo en que el aumento de recursos estatales para financiar investigaciones y la reapertura de ingresos en la carrera de investigador del Conicet retuvo gente en las universidades, profesionalizó el campo, mejoró los sueldos y las condiciones en que se investiga. Según cifras del Conicet, desde 2000 casi se duplicó el número de investigadores -de 3715 a 6350- y se cuadruplicó el de becarios -de 1982 a 8122- en todas las áreas. De ellos, 2285 tienen entre 40 y 49 años. En 2010, además, había 2539 investigadores y 1290 becarios en ciencias sociales. Las mismas cifras afirman que el sueldo promedio de los investigadores es de $ 10.894 y de becarios, $ 5164. Una dedicación docente simple en una universidad estatal agrega unos $ 2500.

"Se abrieron espacios de trabajo en la esfera pública, en instituciones estatales", dice López, que es su propio ejemplo: dirige el Museo del Libro y de la Lengua en la Biblioteca Nacional. "A diferencia de Brasil o México, aquí hay una historia larga de enfrentamiento entre el mundo académico y la esfera política. Pero veo un creciente proceso de permeabilidad entre esos mundos; se van perdiendo desconfianzas y se han mantenido autonomías", apunta, por su parte, Grimson.

Sin embargo, el impacto del kirchnerismo en la discusión intelectual abre discrepancias, entre los que alertan sobre la politización de los debates y los que resaltan el efecto positivo de discusiones que se han vuelto visibles fuera de la academia.

Para algunos, como Gargarella, "la discusión académica se ha politizado mucho. El termómetro político subió y se nota en la universidad, como resultante de un momento político que genera tanto entusiasmo como enojo". Schargrodsky opina de manera similar: "Como el debate público se polarizó, esto ideologizó y polarizó la discusión académica, y eso es malo. Hoy digo algo y la gente trata de ver qué soy. En la academia uno debería poder analizar un tema sin preconceptos". Para Hora, "es cierto que hay más discusión pero no están tan presentes las condiciones que hacen las discusiones más ricas".

Otros disienten. "El kirchnerismo se está empezando a tomar como objeto de investigación. El debate político entró en la academia y ella lo hizo parte de sus debates previos, no la tensó ni generó divisiones. Hay convivencia de miradas distintas", dice Kessler. López, en tanto, es aún más optimista. "Hoy hay un nivel más alto de debate y un debate de mayor impacto y relevancia pública. Lo que se elabora en la universidad genera debate y tiene efecto público".

No son pocos los académicos jóvenes que autocritican, todavía, a unas ciencias sociales demasiado concentradas en sí mismas, que de tan profesionales se han acercado más a la burocracia de la investigación que a la sociedad que espera sus resultados. Equilibrar esa balanza puede ser, quizás, su propio legado como generación.

GABRIEL KESSLER

Carrera : Sociología

Edad : 46 años

"Nuestra generación no tuvo que romper con sus antecesores porque los encontró en plena reformulación de sí mismos o abriendo nuevos campos. Sí hay un punto de corte entre nosotros y la generación que sigue. Son más profesionalistas y no sienten que tienen que rendir cuentas sobre lo político todo el tiempo, como nosotros."

ROBERTO GARGARELLA

Carrera : Abogacía y Sociología

Edad : 46 años

"Como generación tenemos la marca de identidad de valorar especialmente la democracia, y por eso uno se siente con la motivación de tomar la palabra y participar, pero al mismo tiempo se corre el peligro de atar la investigación demasiado a la coyuntura. Eso se percibe a veces en las nuevas universidades, creadas muy cerca de la política."

MARIA PIA LOPEZ

Carrera : Sociología

Edad :41 años

"En nuestros maestros estaba más en primer plano un discurso ideológico explícito. Hoy puede haber discusiones públicas, pero existe menos la obligación de situarse como intelectual íntegro en cada momento. El nivel de discusión es muy interesante: lo que se elabora en la universidad tiene efecto público y genera debate."

MARCELA TERNAVASIO

Carrera : Historia

Edad : 50 años

"Hay quienes tomaron caminos muy militantes y otros que pensamos la intervención pública en términos académicos. Ultimamente, entre los que no hemos tenido una militancia política, empieza a haber matices y posiciones diferentes. Nuestra discusión es hoy muchas veces con los divulgadores del kirchnerismo, pero no forma parte de nuestro campo profesional académico."

ALEJANDRO GRIMSON

Carrera : Comunicación y Antropología

Edad: 42 años

"Se salió de la idea de que escribir en un diario es una vulgarización de la investigación. De parte de los medios también hay mayor interés, quizás porque hay más periodistas con formación universitaria. Veo un proceso creciente de permeabilidad entre el mundo académico y la esfera política. Se van perdiendo desconfianzas y se han mantenido autonomías"

GABRIEL VOMMARO

Carrera: Sociología

Edad : 35 años

"No da menos miedo pasar de sociología a antropología o a ciencia política. Hay menos celo disciplinar. Los que tienen 40 años y más abren camino para nosotros, los de 30 y pico, que estudiamos en la universidad de los 90, en un período más oscuro que el de la transición democrática. Pero todos vivimos el 2001 como un momento de conmoción, de ser parte de la historia en movimiento."

EDGRADO SCHARGRODSKY

Profesión : Economía

Edad : 43 años

"Cuando me fui a los EE.UU., la idea era volver a la Argentina. Siempre pensé que quería hacer ciencia, pero que tuviera repercusión en la construcción de un país mejor. Esa vocación por la participación pública es una marca de mi generación. Vivimos el final de la dictadura y la primavera democrática ?y eso nos marcó."

ROY HORA

Carrera : Historia

Edad : 45 años

"Con el kirchnerismo mejoró mi salario como investigador y las condiciones en las que se investiga en ciencias sociales. Pero hay opiniones encontradas sobre la calidad de la discusión pública en estos años. Hay académicos que escriben más, que se sienten más interpelados por el escenario actual, pero hay una degradación de las condiciones institucionales en las que se discute. Hoy no es indiferente en qué medio publicás. Eso te sitúa."

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