Internet desafía a todos

La única llave para convivir con el progreso y las nuevas tecnologías es la capacitación, y no medidas de fuerza como las de los taxistas contra Uber
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30 de marzo de 2016  

Hace dos siglos, Federico Bastiat escribió el célebre petitorio de los fabricantes de velas al gobierno francés, reclamando una ley que ordenase el cierre de ventanas, tragaluces, pantallas, postigos, cortinas, claraboyas, persianas, aberturas, huecos, hendiduras y fisuras por donde la luz del sol pudiese entrar, lo que perjudicaba la industria de las velas.

Este gracioso remedo también es aplicable a todas las actividades que, con el paso del tiempo, son superadas por innovaciones tecnológicas que reducen costos y mejoran las prestaciones.

Cada invento relevante, con aplicación práctica, modifica la estructura económica de las sociedades, alterando sus formas de organización y trabajo. En la prehistoria, el dominio del fuego, los instrumentos de caza y, sobre todo, la rueda son los ejemplos más importantes. Lo fue la escritura más tarde y la imprenta mucho después, junto a la brújula y la pólvora.

La Revolución Industrial fue propulsada por el vapor y su aplicación a la locomotora, que mandó al museo las diligencias y galeras. El vapor también impulsó nuevas maquinarias textiles y agrícolas para la industria y el campo. Adiós a los arados de mancera y a los telares manuales. Pero cuando Faraday inventó el motor eléctrico, las máquinas de vapor también fueron al museo. La combustión interna trajo el automóvil, las autopistas y la contaminación. Y con el telégrafo, perdieron su trabajo los chasquis y las palomas, además de globalizarse las bolsas y mercados.

La revolución digital, hace 60 años, hizo hablar a las computadoras, reemplazando las comunicaciones analógicas por señales binarias. Así fueron a otra sala del museo las antiguas máquinas de sumar, las cajas registradoras, los teléfonos con disco, las vitrolas, las radios a válvula, los "combinados" y los videograbadores. Y con ellos, todas las actividades que giraban alrededor de su fabricación, venta y reparación.

Empresas que revolucionaron mercados, como Xerox, Polaroid o Kodak (que creó la cámara digital), perdieron su dominio hasta desaparecer con la llegada de rivales con mejor diseño, mayor tecnología y menores costos. Kodak daba empleo a 145.300 personas en todo el mundo pero fue a la quiebra por no aggiornarse. La joven Instagram, con sólo 15 personas, permitió intercambiar fotografías digitales mediante celulares y fue comprada por Facebook por 1000 millones de dólares.

Brochas y navajas; corbatas y sombreros; carruajes y buzones; ceniceros y salivaderas; fonógrafos y tocadiscos; lámparas de filamento y calefactores de aceite; plumas de ganso y de cucharita; lapiceras fuente, tinteros y secantes; heladeras de hielo y de kerosén; hoces, sierras y guadañas; celulares "ladrillo" y celulares "sapito"; nuestros "fierros del país", como la cupé Justicialista, el noble Rastrojero, el tractor Pampa, la moto Puma, la motoneta Siam Lambretta y el avión "a chorro" Pulqui, fueron todos superados por los avances tecnológicos y quedan guardados en el desván de la memoria.

Hace apenas 30 años, la tecnología dio otro salto extraordinario, con la World Wide Web de Internet, basada en el protocolo ip que permite transmitir voz y datos a velocidad instantánea, en forma interactiva. Las derivaciones de la WWW son infinitas, con la explosión de los celulares, las redes sociales, los chats, los tuits, las llamadas por Skype o Facetime, los media players hogareños, las cámaras de seguridad, los GPS, el comercio electrónico, el home banking, el manejo de inventarios, logística y distribución, las ventas y alquileres de inmuebles, los pasajes y servicios turísticos, los usos para diagnóstico y tratamiento, las cirugías a distancia, los vehículos sin conductor, la educación remota y tantas otras utilizaciones que facilitan la vida diaria aunque desplacen muchas industrias y profesiones establecidas.

Quienes deben retirarse por obsolescencia lo hacen en silencio, adaptándose a los tiempos o quejándose en privado por los atropellos de la modernidad. Van desapareciendo los ascensoristas, los linotipistas, los bibliotecarios, las dactilógrafas y las taquígrafas. También, las secretarias y los cadetes, al igual que relojeros, afiladores, colchoneros, serenos, herreros, deshollinadores, barberos, carteros, cajeros y teleoperadores. Ralea el personal de videoclubes, revelado de fotografías, líneas de montaje, mecánica de automóviles y agencias de viaje. Y multitudes de empleados en industrias que pierden competitividad cuando no se han podido adaptar a tiempo.

No todos tienen el dominio de la calle, como los taxistas y los camioneros, para oponerse a ese cambio en forma ruidosa, simultánea y efectiva.

El caso de Uber Technologies es un ejemplo al canto. Mediante una aplicación (app) para teléfonos móviles, Uber brinda servicio de transporte a pasajeros en vehículos premium registrados en su servicio. El cliente ve la localización del vehículo antes de llegar, no necesita dinero en efectivo, y ambos, usuario y conductor, se califican mutuamente luego del viaje. De alguna manera, se parece a "hacer dedo" y subirse a un auto privado con el mismo destino. Sobre la base del mismo concepto, se ha lanzado el UberPool para pagar entre varias personas viajes más largos.

En muchas ciudades han causado una reducción del tráfico porque los conductores prefieren dejar el auto en su casa y usar la aplicación Uber. Pero Uber no la tiene fácil: los taxistas han conseguido victorias legales para prohibirlo en España, Bélgica, Francia, la India, Uruguay e inclusive en Las Vegas, Estados Unidos.

En la Argentina hemos sido testigos en las últimas horas de las protestas del sindicato de taxistas frente a la inminente llegada de Uber al país y a su convocatoria para contratar choferes. Y ya tres gobiernos municipales, los de Santa Fe, Córdoba y La Plata, anticiparon que no autorizarán la instalación del servicio para el traslado de personas a través de la aplicación móvil que ofrece Uber.

Un revuelo parecido había provocado tiempo atrás el sindicato de camioneros, cuando el Banco Central dispuso digitalizar los resúmenes bancarios para reducir costos operativos. Siguiendo la línea no conflictiva que adoptó el gobierno nacional en estos primeros meses de gestión, se prefirió ceder ante un reclamo extorsivo de camioneros, suspendiendo la norma del Banco Central y estableciendo "un período de análisis", a partir del 1° de enero de 2017 y hasta octubre de ese año.

El director de la AFIP, Alberto Abad, anunció que volvería el servicio de compra de bienes del exterior "puerta a puerta", eliminado durante el kirchnerismo: "Vamos a volver a implementar el courier para evitar esas colas infames de gente". Sin embargo, pocas horas después le salió al cruce la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), que se opuso a que se flexibilicen las condiciones para comprar por Internet argumentando que "es posible adquirir una patineta china, con entrega en 15 días, en la puerta de su casa, y a un costo 75% inferior a lo que vale en la Argentina".

Es comprensible que algunas personas se frustren y pretendan diferir cambios que pudiesen redundar en la pérdida de sus empleos debido a la imparable revolución tecnológica. Pero la solución colectiva no pasa por allí. Eso ya lo intentaron los luditas en la Gran Bretaña del siglo XIX, destrozando las máquinas textiles que les quitaban el empleo, y fracasaron estrepitosamente. Además, en un contexto de economía globalizada, si un país renuncia a un avance tecnológico, otro no tardará en aprovechar rápidamente la oportunidad que deja el primero.

Como lo muestra la experiencia cotidiana, los más jóvenes, quienes mejor utilizan las nuevas tecnologías, nunca aceptarán que, mediante protestas o prohibiciones, les impidan acceder a oportunidades de mejorar su forma de vida, aligerar de costos sus tareas o disfrutar de ventajas que están al alcance de su mano. Es como querer frenar el agua de un río con la mano o, como se decía en tiempos anteriores a Internet, "tapar el cielo con un harnero".

La única forma de evitar estas crisis y desajustes no consiste en adoptar medidas de fuerza ni hacer lobby para obstaculizar, sino invertir recursos masivos para la educación en todos sus niveles, asegurando la inclusión de los sectores más postergados, adecuando el aprendizaje a las nuevas tecnologías y a las formas de interacción a través de Internet. La capacitación permanente es la llave para que, aun teniendo empleo, todos puedan estar siempre preparados para adecuarse a los cambios y sacar la mejor ventaja de las transformaciones.

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