Inventos argentinos: un tesoro por reconocer

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9 de octubre de 2016  

La muestra "200 años de inventos argentinos", realizada en Tecnópolis, no sólo ofreció la posibilidad de hacer un recorrido minucioso por ese historial de la inteligencia y el ingenio de los inventores locales. Puso también el énfasis una vez más en una realidad muchas veces ignorada por la mayoría de los argentinos y es que estos creadores están muy solos y no reciben estímulo ninguno de los gobiernos locales, mientras que en otras partes del mundo son muy valorados.

Este espléndido trabajo de curación estuvo organizado por la Fundación Biró, la Escuela Argentina de Inventores y el Foro Argentino de Inventores, y en el breve tiempo del que dispuso fue visitado y apreciado por numeroso público, que, como es lógico, se vio atraído por una variadísima oferta, que iba más allá de lo que el recuerdo siempre nos dicta: la birome, el colectivo, el sistema dactiloscópico y el stent, las invenciones argentinas más conocidas.

Hubo mucho más. Por ejemplo, los instrumentos para la transfusión sanguínea, concebidos por Luis Agote en 1914; la tecnología para producir dibujos animados, desarrollada por Quirino Cristiani en 1917; el semáforo para ciegos, creado por Mario Dávila en 1983, y la jeringa autodescartable, ideada por Carlos Arcusín en 1989, algunos de los hitos más destacados en esta larga historia de las invenciones argentinas. Además, el recorrido por la línea cronológica incluyó prototipos a escala real de muchos inventos, junto con fotos y películas. La principal atracción fue la "cosechadora Rotania", la primera autopropulsada del mundo, patentada en 1929 por Alfredo Rotania.

Que muchos de nosotros ignoremos la producción de estos 200 años de historia en un sector de la vida cultural argentina tan especial no es, lamentablemente, una novedad. Nuestra sociedad se caracteriza por una cierta desaprensión con respecto a sus propias capacidades y a sus creadores, máxime en un terreno poco divulgado en los medios habitualmente como es el de la invención. Sin embargo, esta tradición de 200 años de inventores desplegada en Tecnópolis vino a demostrar que son muchos los argentinos que desarrollaron proyectos de trascendencia mundial, pero cuyos nombres son muchas veces desconocidos.

En la actualidad -lo destacaron los directivos de la Escuela Argentina de Inventores-, hay en el país unos 3000 inventores amateurs, aunque los profesionales que "viven de la práctica de la actividad" son apenas 30. Además, cada año se registran, en promedio, unas 7000 patentes, de las cuales el 40% son de origen nacional, y del total de los inventos de origen argentino patentados cada año, sólo el 1% proviene del mundo académico; el 99% restante es obra de inventores profesionales independientes.

La capacidad, la perseverancia y la disciplina que estos creadores ponen en su labor debería ser mejor reconocida, incluso a nivel oficial; por ejemplo, desde el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. En este tiempo en que el esfuerzo común está volviendo a ser revalorizado entre nosotros, los inventores argentinos también pueden tener la atención que naturalmente se merecen.

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