Israel: un muro que agravia

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25 de junio de 2002  

En medio de fuertes protestas internas, Israel ha comenzado la construcción de un muro electrónico a lo largo de su frontera con Cisjordania para evitar la filtración de terroristas en comunidades israelíes. El proyecto se articula en tres largos trazos de alambrada electrificada, alternados con muros de cemento de tres metros de altura, cámaras, detectores de movimiento y una complicada serie de pasos y puestos defensivos. La barrera, que tendrá inicialmente 115 kilómetros de extensión y llegará, por último, a 364 kilómetros, demandará una inversión estimada de un millón de dólares por kilómetro.

Al margen del indiscutible derecho de Israel a defenderse de los ataques terroristas por todos los medios que sus autoridades estimen convenientes, cabe señalar que una triste experiencia de siglos indica que los muros en torno de las ciudades nunca han resultado buenos. En parte, porque en muchos casos han sido burlados; por otro lado, porque por lo general sólo han agudizado el hambre de venganza de los sectores a los que se pretende aislar.

En 1961 el gobierno de Alemania oriental extendió una alambrada de 43 kilómetros para dividir Berlín aduciendo dos razones: la primera, defenderse de los atentados y los actos de sabotaje ejecutados por los espías de Occidente, y la segunda, preservar a la población de la influencia nociva de la ideología capitalista.

El tristemente célebre muro de Berlín creció y alcanzó los 153 kilómetros, con una altura promedio de cuatro metros. Mientras estuvo de pie, más de cinco mil personas intentaron escapar de la parte oriental a la occidental y más de un centenar murió en el intento. El 9 de noviembre de 1989 el muro comenzó a derrumbarse y junto con él quedó sepultada bajo los escombros toda un época signada por la violencia, la falta de libertad y el autoritarismo.

Su caída fue vista como símbolo del fin de la Guerra Fría, de los enfrentamientos ideológicos, de la declinación del comunismo. Fue vista también como el paso a un nuevo mundo, regido por nuevas reglas, nuevos retos y nuevas esperanzas. Sin embargo, no todo tuvo –ni tiene– el color del prisma por el cual se quiere ver la realidad.

Los interminables enfrentamientos que se suceden día tras día en el territorio de Israel, en la zona de Cisjordania, y los ataques suicidas, de indudable carácter terrorista, no hacen más que aumentar la tensión en la región, sembrando pánico y horror entre la sociedad civil, que desea fervientemente el cese de inmediato de esta ola de violencia indiscriminada y sin sentido.

El muro que el gobierno de Ariel Sharon ha comenzado a construir no detendrá, necesariamente, los ataques suicidas ni pondrá fin a la escalada de violencia que se ha desatado últimamente. Por el contrario, el muro contribuirá a exacerbarla y le dará nuevos argumentos al fanatismo que actualmente predomina en la zona, ahogando cualquier esperanza de paz.

La historia nos ha enseñado que la construcción de muros en nada contribuye a solucionar los problemas para los cuales fueron imaginados y que su existencia los complica mucho más aún, hasta el extremo de que no sólo terminan impidiendo entrar a los extranjeros, sino que tampoco permiten salir a los propios.

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