Julio Scherer, maestro de periodistas

Hugo Alconada Mon
Hugo Alconada Mon LA NACION
Reconocido en México como el mayor hombre de prensa de las últimas décadas, el fundador de la revista Proceso fue, por su rigor implacable en su lidia con los gobiernos del PRI, una pesadilla de los poderosos
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17 de enero de 2015  

Eclipsada por los ataques terroristas de Francia, pasó casi sin ruido la muerte de un gigante del periodismo: Julio Scherer García. La crónica diría que murió a los 88 años, que dedicó 70 de ellos a la prensa, que escribió 22 libros, que lideró el diario Excelsior y fundó la revista Proceso, dos medios que marcaron un antes y un después en su país, y que ganó múltiples premios. Ah, y que fue el más grande periodista de México desde la segunda mitad del siglo XX. Pero semejante repaso resulta insuficiente para exponer su talla como pesadilla de los poderosos.

Scherer hizo sus primeros palotes periodísticos a los 17 años, cuando entró como pinche en Excelsior. Aprendió, escaló y a los 42 se calzó el traje de director, que sólo abandonó ocho años después, cuando lo destituyó un grupo de cooperativistas del propio diario. No fue algo espontáneo: la rebelión la había organizado desde las sombras el presidente Luis Echeverría, en plena "dictadura perfecta" del PRI, como la llamó luego Mario Vargas Llosa.

Resultó un verdadero golpe, puertas adentro del diario, que marcó para siempre la vida periodística de México. Su inseparable compañero por distintas rotativas, Vicente Leñero, contó aquellas tristes horas del 8 de julio de 1976 en su libro Los periodistas: "Se les ofrecía como premio (a los cooperativistas) el poder; se les exigía un precio: la traición. Para los ambiciosos, para los resentidos, para los mediocres, no era un precio excesivo; la operación no era un cohecho más, otro embute [?] que valía aceptar clausurando el último temblor de la conciencia".

Expulsado como un perro, se fue Scherer de Excelsior, al que había llevado de ser un diario complaciente más de México a uno de los mejores del hemisferio en menos de una década. Pero su salida del Excelsior no fue su final. Por el contrario, fue otra oportunidad de demostrar su talento: apenas cinco meses después lanzó la revista Proceso, que lideró durante 20 años y que aún sigue en pie.

¿Su fórmula mágica? Equiparar al periodismo con la medicina. "El periodismo ha de ser exacto, como el bisturí. Si algo me apasiona es el periodismo sin imaginación, el toque de la realidad como es. En nuestra profesión nada supera al dato estricto y a la palabra exacta", repetía Scherer.

Semejante premisa, claro está, es difícil de plasmar en los hechos. Porque pocos, y menos aún los poderosos, quieren que se sepa la verdad, esa que está más allá de los relatos oficiales, las gacetillas de prensa y las fotografías de cartón para portadas.

Para Scherer, esas dificultades servían de aliciente para buscar qué había detrás de la información oficial sobre funcionarios, políticos, empresarios y cualquier otro supuesto poderoso que, para él, mostrara apenas una fachada de su verdadero ser: "El reducto que los resguarda y aísla está construido con materiales abominables: el crimen y la impunidad. Ahí está el arsenal para lo que se ofrezca: la información reservada, los instrumentos para ensuciar la intimidad, la amenaza, la tortura, el calabozo, la disuasión por la violencia, la simulación y sus mil disfraces, la intriga permanente, el engaño a toda hora, los modos y maneras para exhumar secretos que protegen el honor. Notables en algún momento muchos de ellos, los hijos del poder se acostumbran a vivir con ventaja sobre todos, expresión ésta de la cobardía que se encubre en la prepotencia".

El riesgo, claro, como vivenció el propio Scherer durante más de cinco décadas de lidiar con el PRI, es que quienes detentan el poder, sea permanente o incluso transitorio, se acostumbran a "suplantar la realidad por la apariencia y poner ésta al servicio del poder". Porque, recordaba, "a los hechos no se les maneja; a la apariencia, sí".

El que no se acopla a la música pautada, molesta. Debe ser acallado. Y por eso desde el PRI -pero no sólo el PRI- primero buscaron tentarlo, luego apretarlo y terminaron por barrerlo del Excelsior. Para luego, ya en Proceso, negarle la publicidad oficial. ¿Suena a música conocida, acaso, para los argentinos?

Referente inigualable en México, Scherer acumuló además entrevistas de esas con que el común de los periodistas apenas si puede soñar: Pablo Picasso, John F. Kennedy, Salvador Allende, Ernesto "Che" Guevara, Olof Palme, Fidel Castro y Augusto Pinochet, entre otros.

¿Castro y Pinochet?, se horrorizarán algunos. ¡Cómo pudo!, gritarán. Y su respuesta era otra muestra de periodismo en sentido puro: "Si el diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos". Y vale recordar algo: algunas de las peores frases, las más lúgubres, que dictadores como Pinochet o Jorge Rafael Videla jamás pronunciaron, fueron ante una pregunta incómoda de un periodista. Oriana Fallaci o John Lee Anderson pueden atestiguarlo.

Pero si los entrevistados por Scherer impresionaban, sus amigos y colaboradores eran, como no podía ser de otro modo, otro seleccionado. Desde Gabriel García Márquez a Octavio Paz, y de Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis a Julio Cortázar.

Con el autor de Rayuela compartió algo más que una amistad. Cortázar escribió cientos de cuartillas para Excelsior y luego para Proceso. Y juntos, al igual que por separado, fueron espiados por los muchachos de la Dirección Federal de Seguridad de México. Por, dice la explicación oficial, "peligrosos para la estabilidad" de ese país.

Tanto les temían que los siguieron, espiaron sus conversaciones. En el caso de Cortázar, interceptaron sus cartas, y violaron y copiaron su correspondencia. Lo siguieron como su sombra. Por eso, amplios tramos de su vida pública y privada durante sus varios viajes a México descansan hoy en la galería 1 del Archivo General de la Nación, que por las vueltas irónicas del destino se instaló en lo que por entonces era la prisión para prisioneros políticos de Lecumberri.

"Cortázar tenía como amigos a varios enemigos del Estado, como Scherer, gente que le generaba incomodidad al PRI", explicó Jacinto Rodríguez, el investigador de la revista emeequis que desenterró los documentos de ese espionaje al cumplirse los 100 años del nacimiento del escritor. "El PRI tenía muy claro la importancia del control de información", remarcó.

Scherer también tenía muy claro que debía disputarle ese control de la información al poder. Más aún, sabía que debía asumirse el oficio del periodismo como pieza clave para la democratización y el empoderamiento de la sociedad civil, mientras cientos de colega jugaban a la simulación.

¿Cuál simulación? La que aún impera cada vez que algunos intentan practicar el periodismo y otros se convierten en bufones de la corte de turno. Porque como destacó Monsiváis al introducir a su amigo durante la ceremonia del premio a la trayectoria de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Scherer demostró que "es posible oponerse a la tradición donde el periodista hace como que informa y el gobierno hace como que le sorprende gratamente la nota de júbilo por su comportamiento que recién ha encargado".

Adiós, maestro. Lo extrañaremos.

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