¿Kirchnerismo mata peronismo?

Luis Gregorich
Luis Gregorich PARA LA NACION
(0)
16 de mayo de 2012  

Ante la virtual ausencia de protagonismo de la oposición en el escenario político, acompañada por el resignado vacío de liderazgos y programas alternativos, sobresale más que nunca la necesidad de enfocar el análisis hacia el oficialismo. Mejor aún, hacia el partido que desde hace mucho es el hegemónico en la Argentina, oficialismo y oposición a la vez, izquierda y derecha, privatista y estatista, experto en ocupar el poder y en erosionarlo cuando lo tienen los demás, capaz de absorber el color y el sabor de cada época según las circunstancias: el peronismo.

Se sabe que definir y explicar el peronismo ha sido el desvelo y la tortura para especialistas en ciencias sociales del mundo entero. Se lo ha calificado de fascista, de bonapartista, de neoconservador y de exponente de la izquierda nacional; se intentó describir su surgimiento, después de la Segunda Guerra Mundial, como el resultado de un pacto entre la burguesía nacional y la clase trabajadora, articulado en la industrialización del país y la sustitución de importaciones; más tarde, estuvo en la resistencia contra las dictaduras civicomilitares y suscitó la actitud "entrista" de jóvenes guerrilleros que se pusieron a las órdenes del líder y fundador del movimiento exiliado en Madrid, quien, a su vez, ya vuelto al país y habiendo recuperado el poder, los echó destempladamente de la Plaza de Mayo, y todavía hubo lugar, antes de llegar a los tiempos actuales, para la experiencia neoliberal y la alianza con la derecha alsogaraísta del presidente Menem, hoy escarnecida por muchos de los que la apoyaron con entusiasmo en su momento. De las variadas definiciones actuales del peronismo, la que se encontrará con mayor frecuencia probablemente sea la que lo nombra como un típico populismo latinoamericano, inscrito en la tradición caudillesca de nuestro continente, aunque con carácter propio.

El peronismo, con ese nombre u otros (preferentemente, el de Partido Justicialista), participa en elecciones nacionales desde 1946, es decir, a lo largo de 66 años. De ese lapso, durante 33 años ha desempeñado el gobierno nacional, por haber sido elegido en comicios democráticos. Tuvimos dictaduras surgidas de golpes militares durante 18 años, y gobiernos de distintas líneas del radicalismo, elegidos por el voto popular, durante 15, aunque 7 de estos últimos (sumando las presidencias de Frondizi e Illia) lo fueron con el peronismo proscripto, con lo que quedan sólo 8 años de 66 (gobiernos de Alfonsín y De la Rúa) en que el peronismo fue limpiamente batido en las urnas. Si el razonamiento es correcto, durante 58 años de 66, el peronismo gobernó, o habría gobernado de haber participado en elecciones plenamente democráticas.

Esta elemental operación aritmética nos habla, para empezar, de dos conceptos clave: la identificación y la responsabilidad. Existe una singular identificación del peronismo con la sociedad argentina, o por lo menos con sus mayorías. El peronismo se parece a la sociedad argentina, la interpreta, y viceversa. Y no se trata sólo de demandas sociales satisfechas -que las hubo-, sino también, y en mayor medida, de valores culturales y simbólicos. Hace algunos años sostuve, exagerando un poco la metáfora, que todos los argentinos éramos, en cierta medida, peronistas, porque su cultura nos había impregnado hasta el hueso, por adhesiones o rechazos furiosos. Había, por supuesto, peronistas/peronistas, y peronistas/no peronistas.

Los peronistas/peronistas aceptan de buen grado esta identificación, e incluso la sobreactúan otorgándole un sustento teórico, en el que no faltan las apelaciones al destino manifiesto, a la voluntad nacional y popular y al Volkgeist . Esta acogida favorable desaparece, sin embargo, cuando se trata de asumir el otro concepto: la responsabilidad.

¿Puede decirse que la Argentina cumplió, durante el período que va del fin de la Segunda Guerra Mundial a hoy, con las expectativas optimistas que había despertado al comienzo de este ciclo? ¿Hemos sido, de verdad, una nación exitosa? ¿Hemos mantenido, gracias a políticas de Estado permanentes, nuestra situación de privilegio en América latina? Nada de eso. Más allá del reciente crecimiento económico de estirpe sojera, que derivó entre el asistencialismo y la dilapidación, el país se ha estancado en la baja calidad institucional, en la ineptitud para situarse en el mundo global, en la confrontación como método de gestión política, en la corrupción que atraviesa todas las capas del Estado, en la crisis energética, en la desaparición de la excelencia educativa y, para no abundar, en las crecientes tasas de inseguridad alentadas por la instalación, cada vez más ostensible, del narcotráfico. El peronismo jamás aceptó su decisiva cuota de responsabilidad en esta decadencia. Prefirió victimizarse en los años malos y autoexaltarse, en cambio, en los ciclos de crecimiento. Astucia política, moral de capas caídas.

Hoy, como queda dicho al principio, quienes gobiernan representando al peronismo siguen hegemonizando la escena y les han tapado la boca acusadora a sus débiles rivales con dos golpes de repercusión simbólica (y por ahora sin otro efecto mensurable): la evocación de la trágica y errónea "gesta" de Malvinas y, con más vigor, la expropiación de YPF. Se van perdiendo así en la neblina de la memoria colectiva -y en los laberintos de la Justicia- la valija de Antonini Wilson, el caso Ciccone y los muertos de Once. Y regresa, ya que nadie golpea a la puerta desde afuera, el debate interno sobre la naturaleza y el futuro de este partido o movimiento que, en 66 años, aún no ha podido ser explicado cabalmente.

El kirchnerismo -o cristinismo- gobernante pretende ser, a la vez, el heredero de las verdades originarias y el fundador de una nueva dinastía. Nunca antes se había devaluado tanto, y mencionado tan poco en discursos oficiales, la palabra "peronismo" y las citas de Perón y Eva Perón. También la construcción mitológica, el aparato redentorista del primer peronismo han tenido un simétrico escamoteo, hasta el punto que se torna difícil saber si el kirchnerismo es una rama del peronismo, o el peronismo sólo una parte integrante del Frente para la Victoria kirchnerista. Las figuras principales, las únicas con peso simbólico propio, son en ambos casos una pareja, un matrimonio, con la diferencia de que el emblema sacrificial, el cuerpo extinguido en pleno desarrollo de la causa redentora, es en el primer caso, una mujer, y en el segundo, un hombre.

¿Podría llamarse al kirchnerismo "etapa superior del peronismo" o simplemente "ex peronismo"? Nadie aceptará por ahora tal herejía, pero el nuevo bloque de alianzas será muy diferente del que, por ejemplo, constituyó el primer Perón (ejército más iglesia más sindicatos), o la multipartidaria que impulsó el mejor Perón, el de la entrevista con Ricardo Balbín. Lo que será es una mezcla de clases trabajadoras (sindicalizadas e informales), un toque de socialdemocracia y clases medias (disputado a lo que queda de radicales y socialistas), viejos y nuevos partidarios del "entrismo", y sectores juveniles. Y puede desde ahora afirmarse, como inexorable decisión de un régimen personalista, y como llave indispensable para mantener unida la alianza, que la lucha política por la re-reelección y la consiguiente reforma constitucional ya se ha iniciado, y gastará hasta sus últimos cartuchos para alcanzar su objetivo. No se sabe bien cuáles podrían ser las contraprestaciones que se ofrecerán a los partidos opositores mejor dispuestos, pero es seguro que se aguzará el ingenio para que las haya.

El principal obstáculo para que la Presidenta alcance un tercer y quizá indefinido mandato no reside en los líderes opositores, el más destacado de los cuales es, por el momento, Mauricio Macri. El jefe de gobierno de la ciudad autónoma goza de cierta aceptación en el espacio de centroderecha, pero carece de estructuras y presencia firme en el interior del país.

Iniciada prematuramente la lucha por la sucesión -aunque todos se esmeren en negarlo-, la piedra en el zapato está en otra parte y, como se ha visto en estos días, en el campo propio. Se trata de la ambición presidencial del gobernador (¿kirchnerista?) de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, quien con su estridente silencio (valga el oxímoron), transmitido también religiosamente a sus seguidores, había en realidad proclamado su propósito a todos los que supieran escucharlo. Ahora lo hizo patente.

Scioli ha sido el más humillado y el más paciente de los funcionarios. Como vicepresidente de Néstor Kirchner, debió resignarse a que le quitaran todo poder en sus áreas de Deportes y Turismo, y limitarse a agitar la campanilla en el Senado. En su segundo período como gobernador, viene soportando con estoicismo las bravatas y la curiosa interpretación del federalismo de su vice, y las provocaciones del ámbito nacional. Es, por el momento, el dirigente político con mejor imagen del país. Aunque totalmente desideologizado, y desembarcado en el peronismo con Menem, su intención parece ser la de reunir a viejos y nuevos peronistas, sin necesidad de que el partido o movimiento cambie de nombre y apellido. ¿Sabrá anteponer la responsabilidad a la identificación?

Falta mucho para las elecciones legislativas de 2013, y mucho más para las presidenciales de 2015. Hasta es posible que la oposición consiga levantar un escenario más competitivo, que favorezca a la democracia. Mientras tanto, el kirchnerismo seguirá batallando consigo mismo, es decir, con los peronistas.

© La Nacion

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.