Kosovo, un año después

Por Francisco Bullrich Para La Nación
(0)
31 de marzo de 2000  

RECIENTEMENTE los diarios se han vuelto a ocupar de Kosovo y del conflicto latente que cada tanto estalla en escenas de brutal violencia en las que resultan víctimas, casi siempre, miembros de la colectividad serbia. Claro está también que se registran bajas entre civiles de ambas etnias que pisan minas unipersonales o son víctimas de los residuos de una guerra que terminó hace casi un año.

En el ínterin, se ha hecho evidente la impotencia de las fuerzas de la OTAN para controlar los odios ancestrales que, con una ingenuidad digna de mejor causa, los aliados de los Estados Unidos creyeron poder neutralizar con una tardía e improvisada intervención armada.

Nada más acertado que el vaticinio que al comienzo mismo de la internacionalización del enfrentamiento efectuó el entonces ministro de Asuntos Exteriores griego, Theódoros Pángalos. A su regreso de una visita a Belgrado, a comienzos de 1998, declaró en un almuerzo del que participaban embajadores de América Latina que no iba a ser posible hallar una solución al conflicto de Kosovo porque Slobodan Milosevic era un mentiroso y con los que faltan a su palabra es imposible tratar, pues cambian continuamente su postura negociadora.

Había sin duda algo de resentimiento contra el líder yugoslavo en sus palabras, pues Pángalos hubiera deseado llegar a Atenas con un éxito diplomático en el bolsillo y eso no había sido posible. Y agregó el canciller heleno que lo peor era que, en el proceso que se avecinaba, un líder como Ibrahim Rugova iba a ser utilizado y desgastado fútilmente, haciéndole perder prestigio y poder, y dejándoles el campo libre a los extremistas que pretendían la independencia de Kosovo, cosa a la cual Grecia no podría consentir de ningún modo.

Represalias contra los serbios En efecto, las fronteras balcánicas han sido objeto de tres guerras sangrientas que los países del área recuerdan intensamente, y el tema es de suma gravedad. Todo el equilibrio político de los Balcanes depende del respeto indiscutido de las fronteras establecidas.

Sin duda, la torpeza de Milosevic al no acceder a una autonomía amplia y generosa y pretender, por el contrario, ahogar el movimiento político autonomista en un baño de sangre, antes de que los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN pudiesen reaccionar, sólo podía conducir a una catástrofe.

Que la opinión serbia respaldaba en términos generales la posición política de Milosevic, aunque no su táctica de terror, lo demuestra el hecho de que a casi un año de la derrota militar éste sigue controlando la situación y que la oposición que los Estados Unidos quisieron alentar nunca tomó verdadero cuerpo. Es que sólo olvidando que fue en Kosovo donde nació siglos atrás la nacionalidad serbia, que era allí en Pec donde se coronaba a los reyes serbios, puede haberse pensado, como se lo hacía en Washington, que la cesión de autonomía a todo el territorio kosovar era de trámite simple y sencillo.

La intervención militar aliada ni impidió la matanza y destrucción que los serbios impusieron a los kosovares albaneses ni produjo las bajas entre los blindados que se proclamó en los partes de guerra, y sí erró blancos y produjo entre otros desastres la destrucción de parte del edificio de la embajada china. De paso, el bombardeo de objetivos civiles quedó consagrado como un principio legítimo, sin que se alzaran voces de protesta por tamaña violación de los derechos humanos.

Terminado el conflicto armado, se hizo evidente la incapacidad o falta de voluntad por parte de las fuerzas aliadas para proceder al desarme de los integrantes del Ejército de Liberación Kosovar, y comenzaron a sucederse las represalias de los albanokosovares contra los pobladores serbios que, prestando crédito a los anuncios de la ONU y de los vencedores, permanecieron en sus casas.

Sin mucha dedicación, en un principio, las fuerzas aliadas estacionadas en los lugares de conflicto actuaron para impedir la matanza de serbios y aun de gitanos, a los cuales los kosovares albaneses culpaban de complicidad con la violencia serbia. Pero la lentitud para reaccionar con energía hizo surgir la impresión de que no se proponían defender los derechos de la minoría serbia. La huida de la población serbia se intensificó y fue la política de no darles asilo en el norte, impuesta por Milosevic, lo que detuvo el éxodo.

La Gran Albania

Entretanto, el odio racial llega hasta tal grado, que los albanokosovares, en el hospital argentino, se niegan a lavar la ropa quirúrgica usada por un serbio herido. Por eso resultó grotesca la exhorttación de Bill Clinton a los kosovares, cuando visitó Pristina el 23 de noviembre, a que trataran de perdonar a los serbios.

La paz, que se proclamaba como un objetivo alcanzable no bien se hubiera removido a Milosevic, no ha sido lograda y cabe preguntarse cuánto tiempo más deberán permanecer allí las tropas estacionadas para garantizarla y prestar ayuda a la población local. El hospital militar argentino establecidos a fines de octubre ha debido atender a un mayor número de civiles de ambas etnias, unas 5600 personas, que de soldados y oficiales de la KFOR, unos 2400.

Los extremistas kosovares proclaman que no pueden aceptar otra solución que no sea la independencia. Esto es resistido no sólo por el gobierno de Belgrado sino por los demás vecinos balcánicos. Debe recordarse que ninguno de ellos, ni siquiera Hungría, el nuevo socio de la alianza, participó en las operaciones de guerra, y se limitaron a autorizar el paso por su territorio de tropas y equipos. En Grecia, amplios grupos políticos manifestaron su disgusto por la política de los Estados Unidos y los aliados europeos, y la visita de Clinton a Atenas fue, para decirlo claramente, un fracaso ruidoso. Sólo el sentido de responsabilidad de los dirigentes políticos logró salvar la visita del desastre.

Pero la independencia no parecería ser el único objetivo de los miembros del teóricamente disuelto Ejército de Liberación, sino la gestación de la Gran Albania.

Se están preparando los padrones y elementos necesarios para proceder a una elección, cuyo fin último se desconoce. Parecería que la improvisación vuelve a comandar las acciones. (c) La Nación

El autor fue embajador argentino en Grecia entre noviembre de 1996 y diciembre de 1999.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.