La Argentina no tiene por qué llorar

Por Guy Sorman Para LA NACION
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27 de agosto de 2001  

PARIS

Desde 1985, año en que descubrí la Argentina, mis amigos, interlocutores y periodistas argentinos verifican la autenticidad de mi pasión por su país y mi fe en su futuro haciéndome la misma pregunta: "¿Usted invertiría en la Argentina?" Por supuesto, es una pregunta teórica por cuanto, siendo mis únicos recursos los derechos de autor, mi inversión sería de lo más simbólica. No obstante, admito que no carece de validez, si no financiera, al menos intelectual. Y bien, luego de haber pasado una semana en Buenos Aires, en plena crisis financiera, respondo sin vacilaciones ni reservas mentales lo mismo que en 1985: "Sí".

Pero hablo de invertir, no de especular: por consiguiente, creo en su futuro a largo plazo, más allá de las incertidumbres actuales. Mejor aún, estoy convencido de que el caos actual es una etapa necesaria de la indispensable renovación de la sociedad, la economía y el poder público para que la Argentina reencuentre el espacio que ocupó, con pleno derecho, en la civilización occidental, que perdió o extravió entre los años 30 y 80, y que irá recuperando progresivamente. Como dice Juan Archibaldo Lanús en un libro sobre la política exterior argentina entre 1880 y 1920 (Emecé, en prensa), el apogeo de los años 20 pertenece al pasado, pero nada impide su retorno. El destino de las naciones no es un rodar irreversible cuesta abajo. Miren a España.

El 14 de agosto, Domingo Cavallo vino a decirme lo mismo: "Toda crisis es una oportunidad para quien sepa atraparla". No subestimo la crisis, pero desde hace unos quince años tengo el privilegio de ser un testigo atento y afectuoso, y como tal, permítanme sentirme menos impresionado por la fotografía instantánea del momento actual que por el film cuyo desarrollo he seguido a través de numerosas peripecias, sacudones, tres presidentes y otras tantas crisis (1991, 1995 y 2001).

Recuerdo el comienzo del film; el impacto que experimenté al descubrir la capital y todas las provincias a principios de los años 80: una guerra civil apenas cicatrizada, un pueblo destruido psicológica y económicamente por la hiperinflación, comercios vacíos o inexistentes, empresarios rentistas, un sector público prehistórico, servicios públicos arruinados, una vida cultural aniquilada, una democracia harto frágil, la tentación del golpe militar como solución ilusoria para la angustia respecto del futuro, debates ideológicos arcaicos, la tentación de replegarse en el tercermundismo económico y diplomático. Quince años después, la Argentina no es, por cierto, tan próspera como Suiza -el país atraviesa su tercer año de recesión con un tercio de sus habitantes sumido en la indigencia- pero tampoco es Bolivia: en todo sentido, ha vuelto a Occidente.

Entre los éxitos más impactantes de este período, citaré ante todo la democracia. Pese a una clase política que genera sospechas en la mayoría de la gente, nadie cuestiona la superioridad absoluta del proceso democrático como forma de resolver los problemas sociopolíticos, como método reductor de la violencia y como salida de la crisis económica. Mientras la nación se debate casi en la bancarrota, nadie piensa seriamente en renunciar a la Constitución y llamar a algún hombre fuerte.

Nostalgia de los vencidos

Del mismo modo, nadie piensa verdaderamente en restaurar alguna ideología irracional, tomada de algún modelo otrora conocido de tendencia fascista o comunista. Ni Castro ni Chávez despiertan el menor eco en la Argentina; se ha vuelto un país serio. Desde luego, la globalización de matiz liberal suscita ciertos estados de ánimo, igual que en Europa, pero no podrían convertirse en ideologías sustitutivas. Estos interrogantes revelan, más bien, la nostalgia de los vencidos en la guerra fría o la pesadumbre de la clase política nacional por haber perdido el derecho a hacer lo que se le antoje. "La globalización limita singularmente la autonomía del Gobierno", me dijo el presidente De la Rúa en nuestra entrevista del 14 de agosto. Pensé que habida cuenta del manejo mediocre de los asuntos públicos por la clase política argentina en los últimos 60 años, más le valdría al pueblo argentino que algunas reglas externas, dictadas por el sentido común, vinieran a evitar lo peor.

Otro motivo de satisfacción, si no de asombro, para el observador extranjero es la extraordinaria vitalidad cultural de Buenos Aires, ya se trate del cine o el teatro, desde el Colón -que ha recuperado su brillo de antaño- hasta el teatro callejero en La Boca. Pocas capitales culturales del mundo pueden ufanarse de tener 50 escenarios en plena efervescencia creadora. El Centro Cultural Recoleta ha vuelto a ser un lugar destacado dentro de la creación plástica, un feliz contraste con la represión cultural de los años de dictadura militar. Por último, ¿cómo no alegrarse por la libertad y calidad de la prensa y la diversidad de la televisión, aunque sea vulgar? Lo importante es la variedad y la libertad de estilos.

Pero, ¿y la economía, y la crisis? A eso voy. También aquí se impone una mirada a ese pasado tan reciente. Quince años atrás, sus servicios públicos estaban a la altura del Tercer Mundo. Gracias a la privatización, las infraestructuras mejoraron a un ritmo que nadie habría imaginado. Si estos servicios nos parecen caros, recordemos que la larga ausencia de inversiones públicas obliga a los operadores y consumidores a financiar, a la vez, las inversiones y el servicio.

Así como, en conjunto, la privatización fue un éxito, también lo fue la conversión económica de la mayoría de las empresas que vivían del erario, protegidas por subvenciones, órdenes de compra y el cierre de fronteras. Esta metamorfosis fue particularmente brillante en el agro: pese a la recesión y a un mercado mundial a menudo proteccionista, la producción de cereales y soja, la productividad y las exportaciones avanzan sin pausa. Llama la atención que los agricultores argentinos sean hoy pioneros en la técnica de siembra directa y el uso de semillas transgénicas, y lideren las innovaciones junto con los Estados Unidos y Canadá. Días atrás, se celebró en Mar del Plata el IX Congreso de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa, que agrupa al sector agrario más avanzado del país; tuve el honor de participar como disertante.

Habían invitado al presidente De la Rúa; fue una gran lástima que no asistiera. El me había dicho, en la Casa Rosada, que en el país no había "más de treinta empresarios genuinos". Si hubiese ido a Mar del Plata, habría visto mil. También dijo que lamentaba, con justicia, que la Argentina exporte apenas el 10 por ciento de su producción, atribuyendo tan mediocre resultado a los cupos y demás obstáculos puestos por los Estados Unidos y Europa a las ventas de textiles, cereales y acero. Sin duda, su crítica tiene fundamento, pero no vendría mal un poco de autocrítica, ya que otras naciones comparables, como Chile o Nueva Zelanda, exportan mucho más enfrentando los mismos obstáculos. Además -y esto es importante para la puesta en marcha de la Argentina- dichas trabas deberían analizarse y eliminarse.

¿Cuáles son, pues, los frenos al desarrollo económico y la verdadera causa de la recesión, la desocupación y el endeudamiento? No daré una respuesta ultraliberal achacando todos los males al Estado; por el contrario, sostengo que lo que falta en la Argentina es un Estado auténtico que, por fin, cumpla con honestidad y eficacia sus funciones: velar por la seguridad de ciudadanos y bienes, la educación y la salud públicas, la defensa. Paradójicamente, el Estado abandona estas funciones esenciales para perpetuar intervenciones obsoletas y reglamentaciones absurdas.

Imagen cultural

En estos últimos años, la clase política no ha demostrado en forma evidente que el interés nacional debe anteponerse al clientelismo. Casi nos alegraríamos de que la crisis de las finanzas públicas los obligue, por fin, a reflexionar sobre el papel del Estado y los piqueteros les recuerden que, en tiempos de recesión, conviene proteger a los más débiles. La reducción del gasto público en nombre del déficit cero sólo tiene sentido y valor si va acompañada de una redistribución de esos fondos en función de las necesidades sociales. Sería aún más deseable que esta reinvención del Estado obedeciera a una visión de la Argentina que debería expresar un consenso de la clase política. Y si esta clase como tal, porque lo es, renunciara finalmente a algunos privilegios simbólicos para convencer al pueblo de que está a su servicio, el gobierno de Fernando de la Rúa escribiría la historia en vez de contentarse con correr detrás de ella. Todavía es posible; este presidente tranquilo, amigo del diálogo y el consenso, quizá sea el hombre indicado para esta situación. ¿Quién sabe?

Así pues, se espera que esta crisis sea una oportunidad, una terapia nacional que, por fin, acostumbre a los argentinos que puedan hacerlo a prescindir del Estado. Por cierto, repito, numerosos empresarios han dejado de actuar como rentistas, pero aún les queda por conquistar el mundo. La comercialización es el punto débil de la economía argentina: no sabe venderse. Ninguna empresa aprovecha la imagen cultural bastante buena que tiene el país para crear marcas made in Argentina que fascinen al consumidor mundial. En un Occidente ahíto de bienes de primera necesidad, siempre estamos dispuestos a comprar lo inútil, lo superfluo, si saben hacérnoslo codiciar. Si la Argentina nos ofrece productos y servicios que incluyan esta pizca de ilusión, toda su economía, todo su pueblo, saldrán de la recesión. En el mundo moderno, la cultura tira de la economía y, demasiado a menudo, la política la refrena. La Argentina se encuentra en la situación paradójica de tener en su activo una cultura universalista y, en su pasivo, una clase política todavía muy localista.

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