La autobiografía médica de un tal Martín Caparrós

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
Este es un libro íntimo, pesimista, triste y escatológico, como si el autor hubiera compartido demasiadas cervezas con Michel Houellebecq
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28 de noviembre de 2013  • 02:27

En el principio puede ser la confusión: el libro se llama sintéticamente Comí , lleva la firma del escritor y periodista Martín Caparrós (que desde hace un tiempo vive en Barcelona, pero por estos días anda en Buenos Aires, distinguido por la Legislatura porteña como personalidad destacada de la cultura) y tiene el lomo grisecito. Es decir: integra la colección de ficción de una conocida editorial española, por lo que debe tratarse de una novela. Pero a las pocas páginas de lectura uno se entera de que el protagonista, a quien deben realizarle una videocolonoscopía (estudio que dispara su paranoia, sus terrores y sus reflexiones sobre los alimentos que ingirió a lo largo de su vida) tiene la misma edad que el autor, fue crítico gastronómico, también como el autor, y se llama, precisamente, Martín Caparrós. ¿Quién cuenta qué en este libro, entonces? ¿Se trata de una ficción por el hecho de formar parte de una biblioteca de novela, a pesar de que sea la reconocible y versátil prosa periodística de Martín Caparrós la que distinga la voz narrativa, a pesar de que el protagonista hilvane, a lo largo de doscientas y pico de páginas, reflexiones que conforman una sucesión de breves ensayos sobre ideas como la patria, la religión o el poder coercitivo de la medicina en las sociedades modernas? ¿Es una novela esta digresión acerca de lo que significa comer, de lo que el hombre y la cultura hicieron para disimular el proceso de la transformación de alimento en energía calórica a través de los siglos (algo naturalizado al punto de que pocos se detienen a reflexionar sobre ello) hasta hacer de ello una de las artes contemporáneas? ¿Acaso importa?

es un libro íntimo, pesimista, triste y escatológico, como si Caparrós hubiera compartido últimamente demasiadas cervezas con Michel Houellebecq

Digamos que por un lado sí, y digamos que por el otro un poco menos. Importa porque está claro que el propio Caparrós se hizo algunas preguntas por el estilo a medida que escribía este, su último libro. Lo demuestran algunas frases dispersas aquí y acullá, sentencias que se refieren de manera implícita a estas decisiones sobre procedimientos narrativos. "Todo lo que alguien escriba sobre sus intimidades es obsceno", piensa el Caparrós personaje, y poco después afirma: "Toda literatura debería ser póstuma: todo libro debería publicarse cuando su autor ya ha muerto, cuando esa figura infecciosa del autor ya no interfiere con la lectura de sus obras". Decíamos también que no, que no importa mucho, porque el recurso literario de fusionar autor y narrador lleva en funciones más de un siglo, y a estas alturas no debería sorprender ni escandalizar a nadie. Y porque novela, como alguna vez dijo Mario Levrero (y no fue el único), puede ser casi cualquier cosa. Lo que es importante, en todo caso, es si esa confusión resulta productiva. Y eso dependerá de lo que haya buscado el autor (no lo sabemos) y de su efecto en los lectores (de eso sabemos un poco más).

El primer efecto es de desconcierto, porque Comí es un libro íntimo, pesimista, triste y escatológico, como si Caparrós hubiera compartido últimamente demasiadas cervezas con Michel Houellebecq. Desde el comienzo, en el que el personaje MC hace las cuentas acerca de la cantidad de comidas que experimentó en sus 57 años (unas 59.000), las reflexiones sobre lo que significa el acto de comer ("Soy el que comí" es uno de sus leitmotivs), en su sentido más profundo, le sirven al MC autor para atravesar en fugaces pero intensas iluminaciones tópicos que pueden ir del arte al periodismo, de la revolución de la gastronomía molecular a los frustrados ideales setentistas de revolución social. "Comer es uno de los actos más egoístas, más asociales, más sociales, más cultos, más bárbaros que existen (...) Comer es regodear las tripas y es, al mismo tiempo, formar parte del mundo en modo extremo. En ese acto menor, claramente banal, estoy estableciendo mi lugar en el mundo, mi capacidad para hacer lo que tantos no pueden, mi desinterés por esos que no pueden o mi incapacidad para convertir mi posibilidad en la de ellos".

Se asume como un fracasado rotundo y como un cobarde, y reprime los que tal vez sean sus dos deseos más genuinos

El personaje MC (a diferencia del autor MC: he allí un distanciamiento) ya no cree en los cambios sociales o no le importan, tampoco en el amor, asegura que el sexo es una experiencia sobrevalorada y ha hecho con la literatura y con la paternidad lo que ha podido: muy poco. También se asume como un fracasado rotundo y como un cobarde, y reprime los que tal vez sean sus dos deseos más genuinos: pegarle a su mujer, comer carne humana. Pero autor y personaje, al parecer, coinciden en un punto: "Detesto pertenecer a este país que supimos degradar tan cuidadosamente, deshacer tan cuidadosamente, transformar tan cuidadosamente en un lugar donde casi nada de lo que me gusta tiene lugar: donde la chabacanería tiene tanto lugar, la pequeñez tanto lugar, la mezquindad tanto lugar, la estrechez de miras, el chauvinismo, la incultura, la cobardía, la miseria personal tanto lugar". Martín Caparrós y Martín Caparrós entenderían así a la Argentina (a esta patria carnívora) como un viejo sueño de suculentos asados, transformados por el tiempo y por la historia en una indigestión de pesadilla: "Patria es la tierra / Patria es la tierra / Patria es la tierra / Patria es la tierra donde se ha comido, decía el sonetero atrancado en un verso / ¿O aquella que te come, sarcófaga insaciable?".

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