La campaña del miedo se pone un tanto esotérica

Jorge Fernández Díaz
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26 de julio de 2015  

En el anochecer de un jueves agitado, mientras el dólar ejecutaba sus espeluznantes pasos de baile, los asesores de Scioli estaban obsesionados por instalar en la opinión pública que a Macri le iba tan pero tan mal que había recurrido a una bruja. Para ridiculizarlo repartían un audio en el que el alcalde amarillo contaba su afición por la armonización budista y lo mezclaban aviesamente con el falso rumor de que una vidente ecuatoriana le había hecho una "limpieza" después de la derrota electoral en Santa Fe. Confundir una técnica budista de autoconocimiento y templanza surgida de una doctrina filosófica milenaria con una mera superchería esotérica autoincrimina a los operadores en su ignorancia, en su mala fe ("se los pasamos para que se rían de Macri") y en la extraña preocupación que al ajedrecista de Villa La Ñata le despierta todavía su amigo y principal competidor. Esta pequeña anécdota cierra cinco días extraños en que oficialistas y opositores cometieron una notable sucesión de desatinos. Parecían, por momentos, borrachos ciegos en el barro dándose bofetadas a la bartola.

El asunto se inició con los traspiés del ingeniero, hombre demasiado estructurado para digerir velozmente el revés que Lousteau y sus aliados radicales le acababan de propinar. Con menos cintura que una heladera, contrariado por los resultados que paradójicamente le habían dado un triunfo capital, salió a recitar su nuevo libreto, pero sin alegría ni convicción: lo creía con la cabeza, pero no lo sentía en el cuerpo. Lo sintió al día siguiente, cuando en una entrevista radial pudo argumentar por primera vez en contra de una eventual reprivatización de YPF y Aerolíneas, y a favor de la vigencia de Fútbol para Todos y la Asignación Universal por Hijo, pero agregándoles en cada caso críticas durísimas a los manejos actuales de esos temas paradigmáticos, que pretende reformar y mantener como políticas de Estado en el caso de alcanzar alguna vez el sillón de Rivadavia. El alcalde "budista" demostró con su propia gestión, en realidad, que cree en el rol del Estado; se siente un desarrollista y tiene como influencia decisiva la opinión de sus socios radicales, para quienes esos cuatro asuntos emblemáticos siempre fueron defendibles: "Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario", reza la declaración de Gualeguaychú.

Últimamente, a Macri hasta le resultaba piantavotos sablear al Gobierno, puesto que él es visto como un líder únicamente antikirchnerista y lo que precisa ahora es pescar en el río revuelto del medio, donde nadan millones de ciudadanos para los que la Casa Rosada hizo cosas muy malas, pero también muy buenas. En esos segmentos, el Frente para la Victoria había logrado instalar una Operación Miedo: Macri es Menem, y viene a sacarte cosas simbólicas y concretas que valorás mucho. Lo curioso es que inesperadamente el kirchnerismo le ayudó a amplificar esa vacuna contra el susto social. Empezó Máximo Kirchner, con la autoestima fresca después de haber sido salvado por un pelo de la causa Hotesur: dijo irónicamente que Macri se había convertido en Recalde. A continuación, y día tras día, su madre, su jefe de Gabinete y su candidato no dejaron de mencionar como chicos abandónicos la paradoja de que el principal opositor les diera alguito de razón. "Estamos haciendo bien las cosas", concluyó Cristina. La alusión constante al ingeniero logró entonces popularizar su mensaje de tranquilidad ("Gorda, parece que Macri no nos va a sacar el fútbol, me enteré por Scioli"); también borrarle la agridulce performance del bastión porteño y mantenerlo en el candelero como referente ineludible y gran enemigo, tres efectos inconvenientes e indeseados.

La noche del domingo obligó al macrismo a revisar su estrategia frente a la coalición. Quien no puede gobernar una alianza no puede gobernar un país. Y los comicios capitalinos sirvieron como alerta de que existía una crisis de pareja: "Tenemos que hablar". Y hablaron. Fueron reuniones terapéuticas y convenientemente secretas entre los principales miembros de ese club. Los radicales le pidieron básicamente a Macri que deje ser el líder de Pro y se asuma a tiempo completo como figura del frente Cambiemos. Pero el sacudón dominguero no sólo trastornó a esta entente; también puso la piel de gallina de otros opositores y principalmente a algunos estrategas del peronismo. Porque el fracaso de las encuestas generó dudas acerca de la validez de los sondeos que se estudian en cada uno de los campamentos. Porque el ballottage local hace inevitablemente pensar en el ballottage nacional, y porque funcionó allí con fría contundencia el voto "todos contra uno", que tanto dañó a Macri y que es la gran pesadilla de Scioli. Y, finalmente, porque se ratificó la volatilidad de la política en estos tiempos raros e inciertos en los que pueden sobrevenir sorpresas desagradables.

Por eso mismo la economía quedó esta semana bajo la lupa. Ni el gobernador ni el alcalde creían hasta ahora que el problema económico, enmascarado como estaba por la obra pública y por la morfina del consumo, se colara expresamente en la campaña. Hace un mes, las primarias nacionales sucederían bajo esa anestesia artificial, pero desde esa fecha empezaron a ocurrir algunos accidentes. El boom consumista que iba a traer el aguinaldo nunca se produjo: a pesar de que los comercios minoristas mejoraron levemente, se calcula que los precios en supermercados crecieron un 30% en los últimos veinte días. El salario mínimo cacareado por Kicillof fue tachado de indigno por Caló. Comenzó a menearse la palabra "devaluación", muchos ahorristas se abalanzaron sobre el oficial y sobre el blue, y cuantiosos tenedores de plazos fijos decidieron dolarizarse de manera urgente. Scioli conversa en privado con economistas ortodoxos: sus desvelos no son la macroeconomía, sino la "sensación bolsillo", factor que considera esencial para su destino en las urnas. Hasta hace cuatro semanas, la gente, en efecto, se refugiaba en su casita y escuchaba afuera la tormenta eléctrica y los truenos, pero no se mojaba. La gran pregunta del momento es si, para decirlo en criollo, comenzó a llover dentro del rancho. Nadie está muy seguro de que el deterioro del poder adquisitivo se haga sentir en las PASO, pero tampoco nadie puede asegurar a ciencia cierta que sus efectos no caerán luego sobre la primera vuelta. No pasaron inadvertidos tampoco los apuros que la Presidenta sufrió en Río Gallegos. Cristina se estaba yendo con una imagen creciente, pero para reforzar las candidaturas de su primogénito y de su cuñada tuvo que llevar una guardia pretoriana de trescientos gendarmes: ninguno de los tres puede caminar tranquilamente por las calles de su propio barrio.

Scioli, que es ubicuo, quiere macrizarse con sutileza, y manda decir a sus alfiles que arreglará el tema de los buitres, que normalizará la relación con los Estados Unidos y Europa, que recortará el déficit y que volverá al crédito internacional. También él quiere pescar en el río revuelto del medio. Pero para hacerlo debe rendir examen en Cuba y cuidarse de no contrariar al vanidoso e invulnerable Kicillof, que está empeñado en dejarle una granada sin espoleta. Le vendría bien a Scioli regalarle al ministro una máxima budista: "El insensato que reconoce su insensatez es un sabio. Pero el insensato que se cree sabio es, en verdad, un gran insensato".

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