La carne argentina y el corazón de los buitres

Por Orlando Barone
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9 de diciembre de 2001  

De capitales golondrinas que gorjeaban felices alimentados por nosotros pasaron a ser buitres. De aliados, a enemigos. Sus melosos promotores, ahora desairados, los condenan a esa fea escala ornitológica: la de aves carroñeras. Después de haberles dado de comer carne humana argentina durante años, los buitreros nativos descubren que los buitres son traicioneros y conspiran.

Mientras, como el "pájaro sin luz", el país aletea acobardado. Una tarde, el altar del cajero automático dejó de responder a nuestras súplicas. En el inconsciente colectivo la incautación por tres meses significa para siempre. Nos aplican la tortura, no de menor a mayor sino en sentido inverso. Primero castigan a lo grande y cuando los torturados sufren y chillan, retroceden un poco y los aligeran. Apenas para que la segunda crueldad les parezca un atenuante. A los viajeros les flexibilizan el tormento para que no vayan a otro país hablando porquerías. Los que cobran 250 pesos cada dos o tres meses no entienden muy bien qué es eso de que se pueden sacar 250 pesos por semana. Otros reclaman porque el goteo semanal no concuerda con sus estándares clase media o clase acomodada. Unos y otros se redescubren en la comparación: aquéllos, miserables respecto de los prósperos. En tanto, los "superprósperos" que planificadamente ya se fugaron por la web quedan exceptuados. Sus dólares son intangibles, y ellos no participan del mutuo resentimiento que han desencadenado entre los del sótano, los de la zanja y los de los pisos próximos al suelo.

La resistencia infrahumana es inherente a nuestra capacidad biológica. Y es por eso que alienta a tantos experimentos: cualquier carnicería, con uno solo que quede para dar fe del éxito, está justificada. Es curioso: el mecanismo no se detiene si ve sangre ni si hay corrupción, sino cuando pierde dinero. Harry Potter ha dispuesto el pasaje del cash a la abstracción, del depósito concreto al esotérico. Si pudieran hacer eso con la gente sobrante no habría que gastar en nada superfluo. Cuesta trabajo diseñar una comunidad feliz y con buen poder adquisitivo teniendo que cargar con tantos desgraciados insolventes.

Todo un país ha sido empujado a estar pendiente no de las vicisitudes íntimas de sus corazones sino de la economía. Estamos inyectados de cifras, intoxicados de especulaciones financieras. Las vicisitudes contables nos malgastan: denigran nuestros mejores pensamientos. Congelan el amor y deprimen las cópulas. Envueltos en un marasmo de nombres de tarjetas, cuentas, cálculos, dudas monetarias, y confusas y enmarañadas dubitaciones nos vamos encogiendo. No somos personas: somos reclamantes. Y todavía puede que tengan algo peor para hacernos.

Los habituales incondicionales del credo coincidieron en calificarb esta clausura monetaria como de totalitaria o "comunista". A su vez, desde la reacción descreída, y para acentuar la mezcolanza ideológica, se dice lo contrario: que esta medida es liberal y especulativa, y que entierra el destino de millones. Otros, omitiendo las causas y sin dejar de lamerse los labios manchados de sangre, dicen que para evitar la sangría es lo mejor que se pudo haber hecho. Otra vez nuestra moneda recobra rápidamente su vocación de evanescencia. El peso argentino es al dólar como el alma en pena es al cuerpo del pecador al que no lo preocupa el destino del alma. Tal vez, acerca de esta época, la historia diga la verdad: que el neo, el híper, el voraz, corrupto y mendaz liberalismo argentino es al liberalismo, lo que Stalin y el Kremlin fueron al marxismo. Y sus amanuenses son a la democracia lo que el talibán fue para los afganos.

Es tortuoso el empeño por hacer entrar la realidad en un diseño forzado imaginario. La reducen, la pulen, la rebanan, la empujan y no entra. La realidad se empaca y endurece como si sospechara que no le conviene entrar por esa hendidura, porque a medida que la introducen va perdiendo partes. Toneladas de granito se desperdician en intentos fallidos. El granito somos nosotros.

Y todavía falta, dice el sonsonete. Falta profundizar la profundidad. Nos "melonean" que el bienestar está en lo profundo, pero ellos no se sumergen. Es asombrosa la capacidad de resignación del "resignamiento". Debería sorprendernos nuestra propia mansedumbre, que adjudico a la eficacia psicológica del método. Apenas un amague de resistir y enseguida amenazan con el hundimiento. No toquéis nada de esto, que se desmorona el cielo: nos advierten, y se aprovechan de que nos han puesto contra el piso y en cuclillas. Qué indefensión la del trasero. Los peronistas que ya se relamen anticipadamente deberían recuperarse del olvido y reconocerse aplicados entregadores de esa parte del cuerpo. Los que gobiernan no cuentan: auspician la derrota con planes concesionados a socios que no aportan capital ni votos. La sociedad tiene vergüenza de muchas cosas. La peor de todas es la de haber sido víctima de su debilidad a las tentaciones. Mejor sería desvanecerse. Cancelar nuestro costo suntuario. Nos ven viciados de insanos y desmedidos deseos ya no de una vida decente sino cuerda. Sospechan que nos negamos a hundirnos en la coreografía global más hondamente. "Bajen costos: regálense. Pónganse en oferta, ciudadanos costosos, qué se creen", nos exigen, alentados por la colaboración interna.

La metáfora ornitológica que se refiere a los buitres da por sentada la vocación del ave por nutrirse de carroña. Equivocada y maligna premonición para argentinos vulnerables, pero no muertos. En antiguas culturas –la de los mayas por ejemplo–, si bien el buitre era un símbolo siniestro, también por alimentarse de entrañas significaba la reanudación de la vida. Nos quedan tripas todavía.

Llegamos a un lugar de la historia donde sólo estamos en manos de Dios. Y es una suerte. A lo mejor tiene piedad, y nos absuelve.

E-mail: barone@house.com.ar

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