La casa peronista

Eduardo Fidanza Para LA NACION
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8 de junio de 2011  

Aunque conocida, se trata de una estadística que impacta: si se considera el período de 65 años que se extiende entre 1946 y 2011, y se repara en los lapsos en que hubo elecciones sin proscripciones, que en total suman 40 años, se observa que de ellos el peronismo gobernó 31, lo que equivale a más del 75% de la etapa analizada. Este fenómeno, que asimila el sistema político argentino a los de "partido dominante", ocurrió en un país que en buena parte de ese ciclo sufrió violencia, frecuentes interrupciones del orden constitucional e inestabilidad económica que produjo severas crisis de inflación, desempleo y recesión cada diez años.

En ese contexto turbulento, el predominio del peronismo, bajo distintos orientaciones políticas y económicas, fue (y es) abrumador. Ocupó el gobierno entre 1946 y 1955, luego entre 1973 y 1976 y, durante el largo período democrático que gozamos, entre 1989 y 1999, y desde 2002 hasta la actualidad. En esos años fijó políticas publicas clave, movió las vigas maestras del poder, influyó en la educación y la cultura y convenció a muchos argentinos de que es la única fuerza política capaz de garantizarle gobernabilidad al país.

A este contundente recuento debe agregarse que en los últimos 65 años sólo dos gobiernos no peronistas fueron elegidos en comicios libres: el de Alfonsín y el de De la Rúa. Sin embargo, este último llegó al poder mediante una coalición entre el radicalismo y una fuerza peronista escindida. Si faltaran evidencias del sesgo político argentino, hay que sumar una fatalidad: los dos gobiernos de origen radical trascurrieron en épocas netamente desfavorables para la economía argentina y terminaron antes de tiempo en circunstancias críticas.

Todo esto es sabido, aunque tal vez no terminamos de dimensionarlo y de prever sus consecuencias. La sociología es una ciencia de regularidades y de ellas extrae sus inferencias. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que si hacemos un cálculo de probabilidades concluiremos que lo más factible es que el próximo presidente sea peronista, esta vez bajo el rostro del kirchnerismo. Para decirlo de otro modo: cuando se afirma que el peronismo es la única fuerza capaz de gobernar este país, la respuesta "científica" dirá: no es la única, sino la que más probablemente lo gobierne.

Los sondeos confirman hoy esa presunción. Pero quizá no es la cantidad, sino la cualidad, la clave del fenómeno. Más allá de las encuestas, se percibe una profunda asimetría argumental entre oficialismo y oposición, solo quebrada en 2008 y 2009, cuando la revuelta agropecuaria y la crisis económica global debilitaron al kirchnerismo. Fuera de ese interludio, el gobierno dominó con holgura la agenda, impuso los temas de debate, marcó las políticas públicas y legisló a sus anchas.

Además, y esto es sustancial, definió también los intereses en juego, el tono del debate y el reparto de los roles políticos. A partir de 2003, el kirchnerismo ubicó a los argentinos en dos campos irreconciliables: el "nacional y popular", que reivindicó como propio, y el de los llamados "poderes concentrados", al que estigmatizó, atribuyéndole en forma sistemática actuar en contra del interés general. Esta topografía es sutil y no se agota en una clasificación sociológica y política de la actualidad, sino que pretende instaurar una nueva historiografía.

La oposición no pudo (hasta ahora) con semejante despliegue de poder y sagacidad, avalado por un dominio político secular y una coyuntura económica excepcional, bien aprovechada. No pudo, en primer lugar, porque fue expropiada de su programa en el campo de las políticas sociales, el rol del Estado y los estímulos al mercado interno. Esto dividió y confundió a radicales, socialistas y peronistas escindidos a la hora de votar las leyes. Así, el kirchnerismo explotó con astucia el sesgo progresista del sistema político argentino.

Perpleja, la oposición no peronista fue replegándose a la discusión de aquellos temas a los que la división del trabajo, que urde la historia, la confinó: los requisitos y formas institucionales que definen a una república. Pero la cultura y los avatares económicos hicieron su trabajo, moldeando las preferencias y decidiendo los temas que la sociedad considera relevante discutir. Veintiocho años después de recuperada la democracia, el debate no pasa por la república. La inseguridad, el empleo, la producción y el consumo definen la agenda nacional. Además, la mayoría quiere hoy un Estado fuerte e interventor.

La fragilidad de la idea republicana, cuyo exponente clásico es el liberalismo político, resulta un corolario de esta reseña. Pero es algo más que una debilidad de fuerzas. El populismo se le escurre de las manos al republicanismo, que no logra descifrarlo. Lo tilda de autoritario, transformista ideológico u oportunista, no entiende cómo conviven en él expresiones políticas aceptables con otras más resistidas como Hugo Moyano y Luís D'Elia. Menem y Kirchner, Saadi y Urtubey no caben juntos en la racionalidad republicana.

Tal vez una metáfora arquitectónica ayude a entender este enigma. Podría decirse que el peronismo semeja a una casa de dos plantas. En la de abajo reside el propietario, que es el peronismo-peronista (sindicatos, barones territoriales, punteros); en la de arriba viven sucesivamente los líderes coyunturales del movimiento, que alquilan el piso.

El contrato de locación le permite al inquilino pintar la casa del color que quiera y hacerle arreglos a discreción, pero no modificaciones estructurales. El alquiler cotiza alto (el piso de arriba es muy buscado) y se paga en las especies más diversas: dinero, dádivas, prebendas, fondos ingentes para infraestructura, planes sociales, clientelas y proselitismo. La popularidad del inquilino determina la duración del contrato; si mantiene la aprobación, renueva; si cae en desgracia, debe irse. Ningún contrato alcanzó los once años.

La casa peronista es dinámica y flexible. Como quería su arquitecto, vence al tiempo. Otorga beneficios seguros a sus moradores y posee picardía mediática: sustrae de los flashes al dueño, que es impresentable, y exhibe al inquilino, cuya gloria tiene plazo fijo. Así se amasan el éxito y la perdurabilidad. Y se institucionalizan las malas artes.

Si se acepta esta imagen, se verá que el peronismo no es una ideología, sino una arquitectura y un contrato; o, dicho en términos académicos: una organización y un enunciado. Allí reside su éxito y su karma. Al liberalismo político argentino, algunos de cuyos representantes veneran un mausoleo, se le hace difícil comprender esta configuración. Quizás esa ceguera tenga que ver con sus derrotas.

En pocos meses, la casa peronista, extremadamente eficaz y manipuladora, se enfrentará otra vez con sus adversarios. A priori , la distribución de preferencias electorales no difiere demasiado de la observada desde 1983: 35% de cada lado y 30% de independientes que definirán la elección. La diferencia -crucial- es que del lado kirchnerista existe unidad, y del otro fragmentación. Además, los indicadores de opinión pública favorecen netamente al Gobierno.

Con diversos grados de aceptación de estos datos, los sectores de poder -políticos, económicos, intelectuales y mediáticos- han desatado sus discursos bajo los formatos más diversos. Cada uno afirma tener a la sociedad de su parte, oscilando entre razones y falacias. Nadie está exento, basta con escribir o hablar, de manipular o equivocarse.

Ante este barullo, más que certezas, podrían formularse algunas preguntas desde un ángulo un poco diferente del habitual. Para empezar: ¿no estaremos asistiendo a la boda del populismo con la soja, que termine reforzando el sistema de partido dominante? Si así fuera, y asumiendo que -como afirman muchos pronósticos- la prosperidad durará años, ¿no habría que esperar en el mediano plazo una evolución del peronismo, antes que el restablecimiento de un republicanismo culturalmente debilitado? ¿Podría significar eso una transición que ayude a la Argentina a crecer sin rencillas antiguas e inútiles? Y una pregunta más, acaso nacida de un sueño: si el país se desarrollara, creara ciudadanos y no solo consumidores y prebendados, ¿se revalorizaría la República y se daría lugar a la alternancia?

También podría ocurrir lo inverso: que la soja se derrumbara, que con ello se esfumara el apoyo al Gobierno y una nueva crisis destruyera el empleo y el consumo. Asistiríamos entonces a la explosión de la burbuja argentina y constataríamos la irresponsabilidad del kirchnerismo por no haberla previsto. Otras serían las preguntas, otras las respuestas.

Sin embargo, pronósticos sensatos hablan de la necesidad de reacondicionar la economía, descartando un estallido cercano. Eso lleva a pensar que el país enfrenta dificultades, no la antesala del abismo. Por otra parte, el amplio consenso progresista, disimulado hoy por la lucha política, torna probable un escenario incruento para después de las elecciones.

Faltaría que los actores de este drama evaluaran sus posibilidades y limitaciones, en perspectiva histórica. Tal vez los conflictos del peronismo precipiten modificaciones de fondo en su arquitectura. Y quizás el republicanismo deba esperar que una sociedad más madura asuma sus valores.

© La Nacion

El autor es sociólogo y director de Poliarquía Consultores

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