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La ciberodisea del siglo XXI

Por Sebastián Dozo Moreno Para La Nación
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20 de marzo de 2000  

"NAVEGAR es necesario, vivir no es necesario", fue una célebre divisa de los navegantes del Renacimiento, pero recién en nuestros días ese poema de un único verso ha adquirido resonancia universal.

Claro que la divisa aludía a la navegación marítima y no cibernética, pero lo que entiende un lector del siglo XXI al leer ese verso es: "Navegar por Internet es necesario". Y al leer "es necesario", el nuevo lector no lee: "Es necesario para vivir una vida más intensa y llena de bellos peligros", sino "es necesario para estar interconectado, informado y posibilitado de obtener con un simple tecleo los mil y un productos de los mil y un mercados de la Red". Muy distinto, por cierto, pero la moderna lectura de esa divisa no carece de sugestión.

Riesgos y maravillas

Lo primero que salta a la vista es que navegar es en nuestros días muy otra cosa de lo que fue en los pasados siglos, aunque tal vez quiera contener una misma idea: la de aventura. De otro modo, habría bastado con el verbo viajar para designar el recorrido de un usuario por la Red. Pero se ha querido que el usuario de Internet sea un aventurero del ciberespacio, y la Red, un mar virtual del cibernavegante...

Y es que navegación , según se pensaba en la Antigüedad, no es sólo una palabra que designa una acción particular, sino que es el nombre supremo de la vida, en tanto que la vida es un viaje, o bien una odisea plena de riesgos y maravillas. Cuando el hombre del Renacimiento decía que no es necesario vivir sino navegar, no decía que no es necesario vivir, sino que es necesario vivir de verdad, hacerse a la mar, es decir, aventurarse en los siete mares de la humana existencia con valerosa determinación.

Los primeros en hacer de la navegación un símbolo de la vida genuina fueron los griegos, y en particular Homero, con su poema Odisea (siglo VIII a.C.). Según esta obra, vive realmente quien ama y se arriesga, quien lucha y se aventura, quien avanza y no arría las velas en medio de la tempestad.

Siglos después, los romanos siguieron el modelo homérico con la Eneida , de Virgilio (siglo I a.C.), e hicieron de sus embarcaciones una de las maravillas del mundo. En la Edad Media (1000), se quebró el modelo del navegante y se impuso el del caballero, pero Dante, reconociendo en la Eneida el modelo por excelencia del viaje de la vida, eligió a Virgilio para que lo guiara en La divina comedia por el Infierno y el Purgatorio, y hasta las puertas del Paraíso. Hijo al fin de su época, Dante, guiado por Virgilio, sólo navegaría entonces en las profundidades del Infierno a bordo de la barca de Caronte.

Pero en el Renacimiento, la idea de navegación como ideal de vida recobró su lugar en las mentes y los corazones, y los relatos de los viajes de Marco Polo inspiraron a los navegantes para cruzar el océano en busca de nuevos mundos (Colón fue en su tiempo el máximo admirador de Marco Polo). "Navegar es necesario, vivir no" sería el lema de los hombres vitales.

Luego advino la Edad Moderna (1600), y con ella la supremacía de la ciencias sobre las artes, y del modelo del burgués sobre el del navegante: "Progreso, razón, seguridad" fueron los ideales por seguir, sobre los de "aventura, corazón, y riesgo". Y al cabo de trescientos años, Occidente ya no sería el mismo: la psicología desplazaría a la filosofía; la sociología, a la antropología; la lingüística, a la poesía, y el pensamiento científico-técnico prepararía dos nuevos conceptos de navegación para el siglo XX: el de la aeronáutica, y el de la astronáutica. Pero estos conceptos no constituirían un arquetipo, y su alcance sería limitado.

Como el Ulises de Homero

Recién con la aparición de Internet el término navegación vuelve a significar un estilo de vida singular, sólo que en vez de hablar de odisea , es preciso hablar ahora de ciberodisea , pero odisea al fin, ya que la navegación por Internet es un viaje en el que el navegante, al igual que el Ulises de Homero, debe enfrentar a los cíclopes del consumo, las sirenas del erotismo y los diluvios de la información antes de llegar a un puerto seguro, quiero decir, un portal seguro, en el que echar amarras.

¿En qué otro sentido puede entenderse esto de la navegación por Internet? ¿Es en verdad por la idea de aventura que el término navegación sugiere? ¿O es que a la luz de nuevas categorías mentales deberemos ver en la computadora una nave, en el mouse un timón, en la pantalla el rumbo, en los servidores velámenes, en la electricidad un viento cargado de relámpagos, en los buscadores brújulas, en los portales cartas de navegación, en los cibermercados puertos de una nueva Fenicia, en los sitios para adultos puertos de una nueva Cartago, y en los sitios informativos, científicos y culturales nuevas Alejandrías con sus bibliotecas, faros y playas cibernéticos?

Sea como fuere, una cosa es cierta: el nuevo concepto de "navegación por Internet" se ha instalado en las conciencias neomilenarias de un modo definitivo, y con ello, el concepto mismo de la vida ha cambiado por completo: en el universo de nuestra cultura, el vocablo navegación ya no designa un viaje de aventura existencial, sino otra cosa, una especie de aventura intelectual hasta hoy desconocida.

Todo está en juego

Hasta qué punto este cambio será benéfico o nefasto para nuestra civilización, es algo que todavía no puede decirse, y de algún modo todo aún está en juego.

Y puesto que nuestra época es aficionada a los efectos especiales (al igual que el Libro del Apocalipsis ) diré por último que el gran desafío que enfrenta hoy Internet es la urgente creación de sitios y portales con contenidos valederos, si no se quiere ver emerger de un mar electrizado a la bestia de la disipación universal ostentando en la frente el signo www , y con la divisa del Renacimiento escrita en la retina, pero con un sentido inverso al que tuvo en los tiempos de Marco Polo: "Vivir no es necesario, navegar es necesario".

© La Nación

Sebastián Dozo Moreno es escritor y profesor de literatura.

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