La culpa no es de los otros

Por Alfredo Vítolo Para LA NACION
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12 de diciembre de 2001  

Los argentinos tenemos propensión a transferir las responsabilidades, tanto en nuestros problemas personales como en los que afectan a toda la sociedad: creemos que las malas calificaciones son producto de injusticias de los profesores, que los fracasos en los empleos son consecuencia de la intemperancia patronal, que son los clientes los que causan dificultades a los profesionales y que los problemas económicos del país son causados por la voracidad y la insensibilidad de los acreedores. Pensamos que siempre somos víctimas de los abusos de los demás y nunca responsables de nuestros propios actos y comportamientos.

Eso no es cierto. La mayor responsabilidad en los fracasos es nuestra y esto debemos aceptarlo si queremos revertir la situación. No hay una conjura mundial contra los argentinos. Son excusas que utilizamos para encubrir nuestra incapacidad de afrontar responsablemente la realidad.

Debemos cambiar urgentemente. En lo personal, debemos adecuar nuestro comportamiento a nuestras posibilidades y privilegiar los valores que posibilitaron nuestra grandeza: trabajo, esfuerzo, ahorro y estudio. En lo colectivo, debemos privilegiar la solidaridad y comprender que las mejoras que puedan conseguirse, para ser permanentes y crecientes, deben abarcar a toda la sociedad y ser equitativas en su distribución, ya que la mejoría de algunos a expensas de otros es suicida, además de ser una actitud moralmente reprochable. En lo público, necesitamos honestidad, austeridad y eficiencia. Debemos honrar nuestras obligaciones y cumplirlas de acuerdo con nuestras posibilidades, y aquellas que no podamos cumplir reprogramarlas en forma tal que lo que comprometamos sea posible. El deudor honesto siempre tiene la posibilidad de lograr quitas o esperas de los acreedores, pero no puede hacer de ello una actitud permanente. Por eso debe terminar el peregrinaje de nuestras autoridades para pedir waivers y solicitar nuevos fondos que no podremos devolver nunca y que, además, nadie está dispuesto a prestarnos.

Reconocer la realidad

El mundo se ha cansado de las actitudes de los argentinos. Nuestra soberbia, nuestra permanente actitud de víctimas y nuestra tendencia a asignar a los demás las culpas de nuestros problemas, sin reconocer nuestros propios errores, ha terminado por agotar la paciencia de todos. Nuestros incumplimientos, la invocación de riquezas pasadas o las posibilidades potenciales no constituyen hoy título válido para exigir asistencias especiales.

Si bien es cierto que existen intereses externos e internos que especulan y presionan en la emergencia, tratando de obtener ventajas inmorales impropias de un capitalismo moderno, continuar con los ajustes para conformar momentáneamente a los que medran con nuestros problemas, limitando el consumo o privando a los ciudadanos de la libre disponibilidad de sus ingresos, no constituye una solución sino que profundiza la crisis, al acentuar la recesión, estimular el desempleo y perjudicar la producción.

Tenemos la obligación de aceptar que actualmente no somos ricos sino pobres y que estamos imposibilitados de cumplir con nuestras obligaciones y financiar nuestro desarrollo. Debemos reconocerlo y recordar lo que decía Pericles de los griegos: "Para nadie es vergonzoso entre nosotros confesar que es pobre; lo que sí es vergonzoso es no tratar de salir de la pobreza por medio del trabajo". Eso es lo que debemos hacer: reconocer nuestra realidad y realizar todos los esfuerzos necesarios, en la medida de nuestras posibilidades, para superar la coyuntura. En los problemas de fondo que hacen a la actual situación de la economía, debemos trabajar sobre un proyecto distinto del actual, consensuado entre gobierno, sectores sociales y partidos políticos, para emprender así la reconstrucción sobre bases firmes y equitativas. Con este proceder daremos un mensaje positivo a la comunidad mundial, una respuesta responsable a nuestros acreedores, y preservaremos las instituciones de la democracia.

En estos momentos difíciles debemos rodear y preservar al Presidente, que representa la legitimidad y la legalidad, y darle el apoyo necesario para que pueda definir el cambio y comenzar la lucha por la recuperación nacional.

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