La cultura, con una inexplicable fractura

Por Eitel H. Lauría Para LA NACION
(0)
25 de febrero de 2004  

La cultura de una sociedad, tal como la define José Isaacson, está constituida por el conjunto de las actividades creadoras del hombre. Se integra así, en lo esencial, con las artes, las ciencias y las técnicas. Sin embargo, en la cultura contemporánea existe una insoslayable fractura entre la ciencia y la tecnología, por un lado, y las humanidades, por otro. Son representativas de las últimas la literatura, las artes plásticas y la filosofía. En el área científica, el papel protagónico lo asumen las ciencias naturales -física, química, biología, geología, astronomía- y la matemática. En cuanto a las denominadas ciencias sociales, tales como la economía y la sociología, tienden paulatinamente a incorporar la metodología de las ciencias naturales y los recursos de la matemática.

La precitada fractura, a veces un abismo, adquirió el carácter de una polémica con la aparición, hace unos cuarenta años, del libro Las dos culturas , del novelista y científico inglés Charles P. Snow. Esa fractura se manifiesta en la ignorancia parcial, aunque ignorancia al fin, que frecuentemente muestran tanto los científicos como los no científicos. Los primeros, muchas veces, no han leído y desconocen, por ejemplo, el significado de las obras de Shakespeare, Cervantes o Goethe, o carecen de una visión adecuada de las más importantes expresiones de las artes plásticas. En cuanto a los segundos, no tienen, con demasiada frecuencia, un conocimiento conceptual mínimo de las leyes fundamentales y de las teorías principales de la física, tales como el segundo principio de la termodinámica o la revolucionaria mecánica cuántica. También desconocen los hechos sobresalientes de la historia de la tecnología a partir de la revolución industrial. Esas ignorancias mutilan, en el caso de los científicos, la visión global de la historia cultural de la humanidad y, en el caso de los humanistas, la comprensión cabal de los fundamentos funcionales de la sociedad contemporánea, impregnada de ciencia e instrumentada por la tecnología.

El resultado de esa escisión es el resquebrajamiento de la unidad de la cultura y, en consecuencia, la generación de lamentables desacuerdos en el tratamiento de muchos problemas que aquejan a la sociedad actual.

Resumiendo, existe un profundo problema cultural, que se inicia tempranamente en la enseñanza, con sus asimetrías y carencias. Es tradicional en el nivel secundario de tipo general la inclusión de asignaturas tales como historia, literatura y lengua, a través de las cuales los alumnos pueden adquirir una visión aceptable de las disciplinas humanísticas. Pero no se logran, en general, análogos resultados con la enseñanza impartida en los cursos de matemática, física, química y biología. En ellos, los conocimientos adquiridos por los alumnos tienen usualmente un carácter atemporal, ajeno al laborioso proceso histórico que culmina con su formulación actual y desvinculado de las vivencias y los acontecimientos más impactantes del mundo moderno. Por ejemplo, el hombre vive sumergido en el océano de ondas electromagnéticas utilizadas por las comunicaciones, la radio, la televisión, el radar y las computadoras, pero en la enseñanza no se habla de J. C. Maxwell (1831-1879), el genial escocés que las descubrió con sus investigaciones matemáticas, ni de H. R. Hertz (1857-1894), el notable físico alemán que obtuvo por primera vez en el laboratorio las ondas electromagnéticas. Otro ejemplo lo ofrece la tecnología espacial, con sus múltiples y asombrosos artefactos para surcar el espacio con precisión cronométrica, aunque raramente se dice que las ecuaciones y demás recursos matemáticos utilizados fueron desarrollados en buena medida por el marqués Simón de Laplace (1749-1827), en su monumental Mecánica celeste .

Un panorama, en alguna medida, similar, aunque con diferencias, cuyo tratamiento excede los límites de esta nota, se presenta en las enseñanzas terciaria y universitaria. Así, se concluye que las personas que han recibido por lo menos educación secundaria, y aun aquellas que no cursaron ese nivel, pero que mantienen un vivo interés por la cultura a través de sus lecturas, muestran, en la gran mayoría de los casos, un cuadro intelectual análogo. Por un lado, poseen, por lo menos, un cierto conocimiento panorámico de la literatura, el arte o la filosofía, con mayor énfasis en determinadas áreas o épocas, según las preferencias personales. Pero no sucede lo mismo con las ideas, las figuras o los hechos que jalonaron el avance de la ciencia y la tecnología, y que a partir de los siglos XVI y XVII determinaron una transformación de la sociedad occidental sin precedente en la historia.

Desde otro punto de vista, es necesario decir que el futuro se vislumbra lleno de grandes y novedosas promesas y también con algunas graves amenazas para la vida en el planeta, originadas en las consecuencias negativas, no deseadas, de la tecnología. Utilizar plenamente las primeras y conjurar las segundas no es un problema exclusivo de los científicos y los ingenieros. La sociedad en todos sus sectores y círculos dirigentes está implicada en el problema, que podrá encararse en forma adecuada con un mayor nivel cultural y una mejor educación. En consecuencia, dadas las carencias antes expuestas, es muy importante, como mínimo, elevar sensiblemente el nivel de la cultura en sus vertientes científica y tecnológica.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.