La delicada sensibilidad de los mercados

Por Orlando Barone
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29 de octubre de 2000  

En Bizancio, teólogos de la primitiva Iglesia Ortodoxa Griega se la pasaban debatiendo: ¿tienen sexo los ángeles? ¿Se reía Jesucristo? ¿El cielo tiene techo? De haber sido la discusión en la época actual se habrían preguntado: ¿Chilavert es humano? ¿Chacho Alvarez es un santo? ¿Antonito de la Rúa puede entrar en el limbo? Así nació probablemente eso de la discusión bizantina.

En la Argentina, ya no desde una plaza popular como aquellas ágoras de Atenas, sino casi siempre desde el auditorio de un banco o desde el de un hotel cinco estrellas, especialistas y augures siguen debatiendo oníricamente acerca de la realidad económica. ¿Sirve o no este modelo? Si sirve, ¿por qué hay tantos desmodelados ? Si no sirve, ¿por qué no se prueba con otro? ¿El derrame existe? Y si existe, ¿hay garantías de que una primera fila de angurrientos no lo succionen con bombas antes de que empiece el goteo?

¿El día del derrame estará todavía vivo el abuelito? ¿Cuántos siglos se tarda en países como éste en acumular para que sobre un poquito?

Cualquier tipo de respuesta es inútil. Como dice la sabia ley de Murphy: "Todo tiene necesidad de más tiempo del que usted piensa". Es curiosa la mutación biológica que está ocurriendo ante nuestros ojos: la disconformidad de los mercados causa más zozobra que nuestros lamentos.

Siempre están tensos o inquietos, se resienten o conmueven. Ahora parece que también tienen raciocinio: acaba de saberse que no entendieron bien las medidas económicas. Ellos son más humanos que los humanos. A cada sobresalto se teme por el delicado corazón de los mercados: nadie llora por el golpeado corazón de la gente. ¿Por qué no se hacen dos elecciones? Una, verdadera, donde voten los mercados para elegir al ministro de Economía; y otra, de entretenimiento, donde millones de crédulos voten al presidente. Y éste, con la renuncia a disposición del primero. Bastó que aquí se anunciara una rebaja de impuestos a los inversores para que la paranoia del golpe se parara de golpe por un golpecito de ilusión económica. La región donde esa invisible alegría se propagaría exultante y prodigiosa es ignorada por la mayor parte de los seres reales, que en el reparto de los últimos tiempos son considerados irreales.

Los españoles que nos civilizaron una vez, ahora nos capitalizan. Nuestro fatalismo hispánico tiene ahora su remake . Ojalá que la nueva versión sea mejor que la primera. Y sobre todo, y sin pedir mucho, que los nativos no pierdan tanto como hace cinco siglos.

Uno se siente emocionado como un escolar todavía candoroso cada vez que viaja el Presidente (aquél, o éste o el próximo) y ve que recibe encendidos elogios de reyes e inversores. Extienden la alfombra roja ante sus pies y en ese espejo simbólico sentimos una emoción patriótica. Desde que aquí los ciudadanos se fueron empobreciendo nos celebra el extranjero. Pobres lucimos más serviciales. La gloria nacional no está aquí, sino allá.

También el olvido. Los viajes hacen olvidar en el aire el lastre despiadado de la tierra. Por eso cuando vuelve, el Presidente debe sentirse como un adúltero que viene de una aventura pasional y al llegar a su casa tiene que cumplir con la rutina en la alcoba legítima. La comparación lo derrumba. El olvido es la anestesia argentina.

Un graffiti , que todavía debe estar escrito sobre un cartel de chapa entre los límites de Casa Amarilla, en La Boca, dice con ingenio macabro: "No se olviden de Cabezas. No se olviden del Senado". Yo tengo ganas de escribir uno en el fuselaje del avión de la promesa: "No se olviden de venderme".

Pero es inútil: nadie quiere comprarlo, ni venderlo, ni acordarse.

"La verdad es la única verdad", no es una frase del Tula ni de Perón, sino de Aristóteles. Sin embargo, hubo dos filósofos -Berkeley y Hume- que se atrevieron a negar la realidad empírica. Aquí hay muchos más que la niegan. Es que la realidad argentina es una cosa y la realidad real, otra.

Y sobre todo está la realidad de la idiotez que es la que más coincide con el célebre credo de Finagle: "La ciencia es verídica. No se deje engañar por los hechos".

¿Para qué dejarse engañar por la miseria si se puede fantasear con la riqueza? El mundo discutió todo toda la vida, lo único que no se puede discutir es este rumbo. Es más absoluto que la redondez de la Tierra. Mírenles las caras a los fundamentalistas del mercado y se verá que era cierta la teoría de Lombroso: el tipo criminal tiene una cara establecida. Delata evidentes rasgos de insensibilidad atérmica. Hay que decir que nuestra realidad es exclusiva, intraducible objetivamente a ninguna otra realidad, y de carácter tan fantástico que dentro de ella todo es posible menos lo posible. En la ley de probabilidades no hay ninguna de encontrar una vaca verde. Tampoco hasta ahora había ninguna probabilidad de que se encontraran Alfonsín y Cavallo. Los de Bizancio se hubieran preguntado: ¿qué significan reunidos: el fin del mundo o el principio de la nada? No hay que hacer especulaciones intelectuales: no deben haber abierto la boca; esperaron un ratito en silencio, con la puerta cerrada, para hacer creer que estuvieron juntos. Por abajo de la mesa se pateaban. Hay que mostrar unidad para que los mercados no se irriten.

Sólo falta otro encuentro cumbre: el de la sanata y la esperanza.

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