La despareja nutrición del género argentino

Por Orlando Barone
(0)
24 de noviembre de 2002  

Mientras Perón -nadie lo sabe- goza los bienes del cielo o los males del infierno, aquí en la Tierra hay quienes tratan de remendar su cadáver. Perón ya ni siquiera resiste como fantasma y hay fanáticos tratando de unir sus porciones con plasticola. Ya bastante debe inquietarlo el devenir de sus herederos vivos. Si ésta es la herencia, algo tendrá que ver el origen.

Otro ex presidente promueve el desvarío bélico en un país que necesita desarme. De haber puesto igual celo en combatir el desempleo y la injusticia no habría alimentado el argumento para que el hambre se comiera a la infancia. Los forenses dicen que un cadáver habla. A veces grita estupideces.

Hay un escándalo moral que nos concierne: el de los niños desnutridos y "desaniñados" por culpa de las buenas acciones de los adultos. Vayamos al asunto: ¿por qué si hay tanta harina hay tantos niños que no saben si es blanca?

Porque nada tiene que ver la abundancia con el delivery . A veces los repartidores se desvían del destino y dejan la bolsa en su propio domicilio. Cualquier propietario emprendedor y ahorrativo podría almacenar toda la producción de cereales y lácteos del planeta y eso no quiere decir que los hambrientos estén habilitados para ir a comer a los depósitos. Porque lo que chorrea y desborda las góndolas falta en las mamaderas. El que haya alimentos al por mayor no significa que se puedan comprar al por menor. Para tener la porción individual hay que pagarlos; para escoger del mercadito un sachet de leche hay que pasar por la caja.

Se estima que se producen en el mundo tres veces más alimentos que los que necesitan sus seis mil millones de habitantes. Pero mil millones sufren hambre y otros mil hacen dieta compulsiva sin receta. En cambio, un sector más limitado de individuos preferenciales se dedica a jugar con una variedad de regímenes dietéticos. Y hasta han alcanzado una refinada sabiduría: la de traducir a calorías cada producto o alimento.

Es tal su entrenamiento que, con detallismo científico, logran sintetizar un menú con el mayor sabor, el mejor resultado vitamínico y el menor índice de engorde. Y si se exceden en la ingesta, pagan sin chistar el alto costo porque asumen su manía de sumar peso para después tratar de perderlo en un spa carísimo.

Para no abstenerse de alcohol en la mesa, y no engrosar la cintura, saben que lo que mejor sienta es el champagne extra brut o nature . Si el champagne es francés, todavía es más pertinente.

Así es la nutrición del género humano: despareja. Como es despareja la vista panorámica que cada uno tiene desde su balcón terraza o desde su choza. Si las bocas de los adultos revelan los abismos de bienestar y desdicha odontológica de clase, los ojos de los niños con hambre revelan el fracaso del augurio de que vienen con un pan bajo el brazo. Los niños pobres no vienen con nada: ni siquiera con el lujo de la tristeza que traen algunos niños ricos.

La indiferencia mata: pero la demagogia compasiva avergüenza. Hay un límite en el que la reiteración de la imagen de un chico inviable deja de ser testimonial y conmovedora para convertirse en espectáculo morboso y en regodeo obsceno. ¿Cuál es el límite? Cada ojo tiene el suyo: algunos ojos son tan "morboadictos" que nunca dejan de mirar la pantalla.

Afortunadamente, la solidaridad se propaga. Pero siempre queda la duda de si así al voleo, y sin una preventiva selección de socios, se corre el riesgo de amontonar en el tumulto a quienes sólo se disfrazan de buenos.

Intenten los vecinos de Ezpeleta donar un contenedor cargado de vituallas alimenticias y hospitalarias a los vecinos de un condado de Nebraska. Si aquí se acusa a la Aduana de estar controlada por los mismos funcionarios novelescos que procesan al "Señor K" de Kafka, allá la controlan los infalibles discípulos de Giuliani, el FBI, la CIA y la NASA. Y, sobre todo, el terror paranoico a recibir de regalo bacterias exóticas sudamericanas, alguna peste tropical morochita o un terrorista suicida de turbante embalado entre las cajas.

Allá devuelven las donaciones sin abrir el paquete.

A caballo regalado no se le miran los dientes, dice el refrán. Sí, pero primero hay que probar que se trata de un caballo.

El gobernador de Tucumán y sus predecesores, con la música de La felicidad como fondo, deberían empezar un ayuno que supere al que figura en el libro de los récords. También nosotros, aunque no tanto como ellos.

El cadáver de Perón es "irreciclable". El de la convertibilidad lo mantiene Nito Artaza con el teatro de revistas. El de la Argentina artificial e inflada, yace frío bajo una losa de piedra hecha con la cara de los mentirosos del mercado.

Felices los niños.

E-mail: barone@house.com.ar

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.