La deuda en materia de derechos humanos

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9 de diciembre de 2018  

Se cumplen mañana 70 años de la firma en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de la Declaración Universal de Derechos Humanos , documento que nuestro país suscribió e incorporó, en 1994, a nuestra Constitución, en el conjunto de Tratados y Pactos Internacionales. Se consagraron así principios universales que configuran la base del sistema moderno de derechos humanos, aplicable en casi todos los países del mundo hasta el presente.

Para nuestro país, es un día de reflexión en el que, además de rememorar el histórico retorno al sistema democrático que se produjo 35 años atrás, recordamos también a aquellos ciudadanos cuyos derechos humanos nunca fueron reconocidos y con quienes tristemente mantenemos una deuda histórica.

Es este, por lo tanto, un día que invita a reflexionar. Muchas han sido las víctimas del terrorismo que sufrieron gravísimas agresiones por parte de organizaciones armadas como Montoneros y el ERP en la década del 70 y que cuatro décadas después no han sido aún reivindicadas en sus derechos humanos a acceder a la verdad, a la justicia y a la reparación.

La Asociación Civil Celtyv ( celtyv.org), que nuclea a esas víctimas, da cuenta de 1094 personas muertas, 2368 heridas, 756 secuestradas, además de 4380 atentados con bombas, sumando un total de 17.380 ciudadanos directamente agredidos de diversas maneras entre los trágicos años 1969 a 1979 por las organizaciones armadas terroristas que buscaban llegar al poder.

Los viles agresores siguen amparados por un perverso entramado de doctrina y jurisprudencia que ignora y contradice el derecho internacional al punto de que a ninguno de los damnificados se les ha reconocido su derecho como tales.

Vale la pena, pues, a 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, recordar que su artículo 7° consagra la igualdad ante la ley. Vale la pena, también, homenajear a tantas madres que, ante la adversidad, la denegación de sus derechos humanos por parte del Estado y el olvido al que la sociedad ha sometido estos hechos, no se rindieron ni dejaron nunca de luchar por la memoria de sus valientes hijos.

Las madres de los soldados abatidos en 1975 en el copamiento del Regimiento de Infantería de Monte 29 en Formosa, desde la humildad de sus recursos, reclaman para ellos desde entonces que se reconozca la verdad y que, en justicia, se asigne la reparación que les corresponde. Estas incansables mujeres, hoy ya ancianas, sumaron firmas bajo el sol formoseño reclamando reparación por la vida perdida de sus hijos en cumplimiento del deber. Viajaron cientos de kilómetros a Buenos Aires y visitaron políticos en su necesidad de ser escuchadas por quienes representan la voluntad popular. Son ellos quienes tienen el poder de cambiar el rumbo ante tanta impunidad, ante una inequidad que lastima, que ha premiado en sus narices a quienes mataron a sus seres queridos mientras ignoraba a los inocentes. Estas madres y esposas dieron testimonio, junto con otras mujeres anónimas, de que el terror que esgrimieron Montoneros y el ERP no podía contra el amor de quien clama por justicia frente a la adversidad.

Catalina Sosa (madre del soldado Edmundo Sosa) , Castula Torales (madre del soldado Marcelino Torales), Celina González (madre del soldado Ismael Sánchez), Francisca Coronel (madre del soldado José Coronel), Amalia Osuna Rojas (madre del soldado Tomás Sánchez) y la fallecida Dora Sanabria, esposa del sargento Víctor Sanabria, se sobrepusieron al dolor, la incomprensión y la agobiante impunidad para continuar luchando tan valientemente como lo hicieron sus familiares por el reconocimiento de sus derechos. No pueden resignarse a aceptar que para esta sociedad que las ignora y las silencia la sangre de sus seres amados se haya derramado en vano.

Vaya en ellas nuestro reconocimiento a todos los ciudadanos que no se rindieron, a quienes piden y continúan pidiendo igualdad ante la ley y las penas que correspondan también a aquellos que atacaron a la República, a sus instituciones y a su pueblo. El tiempo transcurre implacable, pero estas mujeres no claudican. Su reclamo de reconocimiento debería ser el de todos. Las numerosas víctimas del terrorismo, tan largamente ignoradas y silenciadas, no descansarán en paz hasta que esto ocurra.

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