La dimensión paranoica

Más que definir a un sector social, la palabra oligarquía hoy sirve para fortalecer un modo de hacer política que descarta el pluralismo y la discusión
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20 de julio de 2008  

Hay que distinguir entre el uso de "oligarquía" en relación con un sector social y el uso de la misma palabra en el discurso político. Fue común otrora usar ese término en referencia a los grandes propietarios agrarios, en un país con una alta concentración de la propiedad y una masa grande de arrendatarios que alquilaban las tierras a los propietarios. Por eso se hablaba de oligarquía terrateniente.

Se aludía también a que la producción agropecuaria era la rueda maestra de la economía. Desde hace cincuenta años, ese lugar fue ocupado también, y de manera creciente, por el sector industrial y el financiero. Por otra parte, los arrendatarios se convirtieron en propietarios, las grandes propiedades agrarias se dividieron, y en conjunto la propiedad está mucho más repartida: hay un sector grande, otro de pequeños productores, y muchos estratos en el medio.

En cambio, en el sector industrial, financiero y comercial se produjo una enorme concentración, sobre todo desde mediados de la década de 1970. Un pequeño grupo de empresas concentra una porción muy grande del ingreso. Si hemos de hablar de oligarquía, hay que ubicarla allí.

Ese sector creció y crece en estrechísima relación con el Estado: los regímenes preferenciales, las concesiones y las prebendas, y luego las privatizaciones son un componente esencial de esa concentración. En lo que suele llamarse el "capitalismo prebendario", el sector oligárquico está hoy estrechamente entrelazado con el Estado. Por eso es tan fácil, a partir de una posición política, incorporarse a ese sector. Los años de vigencia de la democracia nos ofrecen muchos casos y ejemplos. Por otro lado, es un sector vulnerable al poder, que concede y exige.

Esa oligarquía es la que se alinea, más o menos groseramente, con el actual Gobierno, que usa con mucha eficiencia los mecanismos de presión y control. A la vez, desde el Gobierno se catapulta a nuevos miembros del club oligárquico. Son ellos uno de los destinatarios principales de los subsidios y de lo que, de manera eufemística, se llama la "redistribución" (de la que también participan otras corporaciones organizadas, como los sindicatos o las llamadas "organizaciones sociales").

La vieja oligarquía terrateniente -lo poco que queda de ella- unió sus destinos al conjunto de los productores agrarios. La espectacular explosión productiva, que se inicia precisamente en los años setenta, los ha convertido en el sector que menos necesita prebendas y subsidios. Quizá por eso es el único que conserva la posibilidad de expresar libremente qué es lo que quiere.

Otra cosa es el discurso político, es decir, las palabras con las que cada uno construye el campo, se posiciona y define al otro. Allí, la "oligarquía" existe, como categoría y como posición negativa, desde tiempos del radicalismo yrigoyenista (Yrigoyen la llamaba "el régimen falaz y descreído"), y desde el primer peronismo, que hizo amplio uso de ella, agregando frecuentemente el adjetivo "antipatria". La palabra tiene resonancias sociales, pero en términos políticos simplemente denomina al otro en relación con uno mismo. Ese uno que define es identificado, también desde el principio del siglo XX, como el "pueblo" o "la nación", casi indistintamente. La oligarquía es sencillamente el enemigo del pueblo y de la nación, y en ese sentido es especialmente plástica y ubicua. Cualquier dificultad o traspié de quien se adjudica la representación única del pueblo puede ser atribuida a ella, una y muchas a la vez.

Un resultado paradójico

No es un invento argentino. Así funcionó en tiempos de la Revolución Francesa el llamado "complot aristocrático". Desde entonces, muchas veces, ha sido propio de una manera de hacer política que descarta el pluralismo y la discusión con otro que puede ser, simplemente, adversario, o expresión de un interés tan legítimo como el propio.

Este discurso político, que divide la realidad entre "pueblo" y "oligarquía", está ampliamente emparentado con el discurso nacionalista, que las divide en "nación" y "enemigos de la nación". Los constructores de discursos políticos generalmente asocian una con otra. Comparten la misma dimensión paranoica: el otro, el de afuera, es culpable de nuestros males, porque su único interés es destruirnos.

Sumando las dos cosas, tenemos este resultado paradójico: un gobierno que se apoya -aunque no solamente- en la oligarquía económico-social acusa de oligárquicos a otros, entre ellos a conjuntos sociales, como el llamado "campo", que cualquiera, sin prevención, consideraría predominantemente "populares".

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