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La "dueña" de Nicaragua

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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8 de septiembre de 2016  • 02:07

Ella está siempre presente en los actos públicos. No en un lugar secundario, ni discreto, sino en el centro mismo de la escena. Cual dueña de Nicaragua , cuya historia en las últimas décadas ha sido turbulenta. Es Rosario Murillo, la esposa de Daniel Ortega . Tiene 65 años. Se la supone cercana ideológicamente al controvertido Cardenal Miguel Obando, que suele sentarse junto a ella en las ceremonias, cual silencioso endoso. Como acaba de suceder en oportunidad de las pomposas celebraciones del 37 aniversario de la revolución sandinista. La primera dama se proclama amiga de Jane Fonda y Yoko Ono.

Hasta ahora, Rosario Murillo, de estilo hippie, ha sido formalmente secretaria del Consejo de Comunicación y Ciudadanía, creado “a su medida”. Probablemente hasta diseñado por ella misma. Desde allí ha ejercido el poder en Nicaragua a partir de enero de 2007. Por una década. La vieja guardia del sandinismo la detesta y le teme, a la vez. Y no lo oculta. Y ella resiente de ellos. Especialmente de Lenín Cerna. Hasta el mismo Edén Pastora evade las respuestas cuando las preguntas tienen que ver con Rosario Murillo. Por prudencia y hasta por algo de resquemor.

Murillo, sobrina nieta del general Sandino, que alguna vez fuera secretaria de Pedro Chamorro en “La Prensa” de Nicaragua, estuvo encarcelada en tiempos de la lucha del sandinismo contra el somocismo. Cuando se exiliara en Costa Rica, en los 70, su casa fue la activa oficina de propaganda del Frente Sandinista. Como periodista disidente y poeta, su actividad fue siempre intensa. Está curtida entonces por su experiencia de vida. Y sabe ser cruel.

Daniel Ortega, con sus 71 años a cuestas, sigue los pasos de Fidel Castro y supone que nunca dejará de encabezar un país que sabe que hoy es casi suyo, en más de un sentido. Inmensamente rico, Ortega es dueño de varios medios de comunicación con los que controla la opinión pública y sus empresas familiares tienen el monopolio de la exportación de alimentos a Venezuela y el de todos los hidrocarburos que se importan de Venezuela, que es el principal socio comercial de Nicaragua y su sostenedor político. Dos negocios casi sin riesgo.

Daniel Ortega acaba de anunciar que será nuevamente candidato presidencial en las elecciones del próximo mes de noviembre. Y la candidata a vice-presidente será Rosario Murillo, cada vez más cerca del poder sobre todo –y todos- en Nicaragua. Ella reemplazará al general Omar Halles, vicepresidente desde el 2011. Es un paso que seguramente tiene que ver con consolidar en la propia familia la sucesión de un Daniel Ortega, visiblemente envejecido y que tiene antecedentes cardíacos que incluyen un infarto, en 1994.

Rosario Murillo es autoritaria. Severa. Y vegetariana. Pero es también muy trabajadora e hiperactiva. Le gusta humillar a todos, incluyendo a sus funcionarios. A veces, públicamente. Ama la tribuna y no para nunca de hablar. Sabe todo, cree. Y locuaz, opina sobre cualquier tema. Sólo ella brilla. Nunca sus ministros, ni sus subordinados o asesores. Todo es, presuntamente, obra de ella, menos los fracasos.

Políglota, cada mediodía aparece hablando “en cadena” a su país en los medios nicaragüenses para informar acerca de la marcha de la gestión del gobierno. Detalladamente. Es una suerte de “Maestra Siruela”, diríamos en la Argentina. Pero lo cierto es que no para de hablar, para que se sepa quién manda y decide en Nicaragua.

Rosario Murillo supone que todos los poderes del Estado, sin excepción, reportan a ella. Incluyendo el Poder Judicial, que –en muchos casos elegido “a dedo”- convalida –sin independencia- lo que ella requiere.

Pretende –pese a todo- ser democrática, pero obviamente no lo es. Para ello, disfraza sus mensajes con un barniz legalista, aunque burdamente. Sigue al gurú indio Sai Baba, pero no obstante se dice católica. En los 80, con su esposo instalado en la presidencia, organizó una insólita conferencia internacional de brujos y curanderos en Nicaragua.

La realidad es una sola: Nicaragua vive hoy al compás de su ritmo. Y todo en Nicaragua es lo que ella quiere que sea. Pobre Nicaragua que, curiosamente, es hoy el socio más cercano de la Federación Rusa en nuestro hemisferio.

Mediante ardides, Ortega ha sacado del escenario de la próxima elección presidencial a la principal fuerza opositora y a su principal candidato. Ello incluyó la remoción de 28 legisladores de la oposición. Los del único partido que podía seriamente hacerle fuerza. Con perversidad disimulada, pero evidente. Y, en cambio, ha llenado el ambiente de múltiples pequeños candidatos, cuya presencia inocua pretende sugerir que existe diversidad, lo que ciertamente no es así.

Nicaragua es –entonces- de Rosario Murillo. De alguna manera, le pertenece. Y ella está convencida de que así debe ser. Por mandato de su esposo, al que ella domina. Y protege, más allá de todo. Como cuando, ante la gravísima acusación de su hija, Zoilamérica, de que Daniel Ortega la había violado, Rosario Murillo se volcó públicamente a favor de su marido sin reconocer en modo alguno las graves acusaciones en su contra de su propia hija, a quien descalificó y rotuló de mitómana, sin empacho alguno.

Hoy Rosario Murillo encarna la dinastía familiar que Daniel Ortega ha decidido estructurar de modo de que se mantenga aferrada al poder, por el mayor tiempo posible.

El rojo y negro que caracterizaron a la revolución sandinista han sido reemplazados por el –más suave- rosado, que simboliza discretamente a Rosario Murillo. Y, a pedido de ella, Daniel Ortega hasta ha dejado de usar su proverbial camisa negra. La del aspecto de matón. Ahora, ataviado con camisas inmaculadamente blancas, asume un rol algo más flexible. Quizás, porque –como hemos dicho- es la dueña real de Nicaragua. Inmensamente rica. Y no lo oculta.

Esto sigue siendo posible porque Daniel Ortega dejó sin efecto, en 2014, la prohibición de una elección presidencial indefinida. Cada período presidencial nicaragüense es de cinco años. Y pueden ahora reiterarse, sin límites.

Para completar el cuadro de nepotismo generalizado, cabe agregar que los hijos de Daniel Ortega y Rosario Murillo están también visiblemente encaramados en el poder. Rafael preside la Distribuidora Nicaragüense de Petróleo; Laureano conduce Pro-Nicaragua, el ente que negocia la construcción de un canal bi-oceánico a través del país; Luciana y Camila, son, ambas, asesoras presidenciales, y Maurice, Daniel y Juan Carlos lideran canales privados de televisión, así como el Canal 6, de propiedad del Estado, y tres radios. Todo queda “en familia”. Como bien pudo ser entre nosotros.

El autor es ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

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