La empresa, herramienta de progreso

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6 de febrero de 2018  

No es raro escuchar comentarios despectivos sobre las empresas y los empresarios. Se los asocia con la riqueza excesiva, el aprovechamiento de los trabajadores, los abusos al consumidor, colocándolos como un símbolo de la desigualdad social.

Hoy es aceptado que el bienestar de la sociedad y el progreso de sus integrantes están ligados a la producción de riqueza. Las viejas teorías de la distribución estática de los bienes, sacando a unos para beneficiar a otros, han demostrado su fracaso. No alcanzan todos los bienes existentes para que todos vivamos bien, y la riqueza así repartida resulta improductiva y se agota rápidamente.

Si queremos mejorar el nivel de vida de una población, reducir la pobreza y crear posibilidades de progreso, resulta imprescindible contar con un sistema de creación constante de nuevos bienes, que se vuelquen a la sociedad para atender los requerimientos de los consumidores, realizar exportaciones que nos permitan importar aquellos bienes que no producimos competitivamente y que a su vez distribuyan el dinero que aquellos pagan, por el más eficaz de los mecanismos conocidos para ese fin que son los salarios, atiendan las necesidades del país por la vía de los impuestos y retribuyan a los inversores, que repetirán el proceso.

Hubo y habrá siempre en las sociedades una disputa sobre cuánto es correcto que reciba cada uno de los factores y múltiples teorías al respecto. Pero si no se produce nueva riqueza, toda esta discusión resulta inútil. Debemos preguntarnos con qué herramientas cuenta la sociedad para que ello ocurra. En la antigüedad, eran la tierra, propiedad de los príncipes y cultivada por labriegos, el aporte de artistas y artesanos, la minería, y tal vez la más importante era la guerra, para apoderarse de los bienes de otros pueblos o colonias.

Pero a partir de la Revolución Industrial aparece la empresa, formada por la conjunción del capital y el trabajo, multiplicados por el conocimiento, la tecnología y la innovación, y se convierte en la herramienta fundamental del progreso humano. Lentamente se van incorporando a la dinámica empresaria otras áreas como la agricultura moderna, que tiene su símbolo en Norman Borlaug y la Revolución Verde, y la transformación de la minería. Hasta las artes, la cultura y las ciencias requieren de las empresas para su producción, difusión y aplicación.

La empresa es hoy la única herramienta útil con la que cuenta la sociedad para su progreso, y cuantas más empresas esta tenga y cuanto más grandes sean, mayor será ese progreso. Resulta muy importante que asimilemos ese punto, eliminando viejos preconceptos. Veamos a la empresa como lo que es: la irreemplazable creadora de riqueza, dadora de empleo y contribuyente, algo que debemos valorar y fomentar en beneficio de todos.

La idea de que el Estado podría reemplazarla en la producción de bienes, que fue la bandera del marxismo, no dio el resultado que esperaban sus seguidores, y sus máximos exponentes, como Rusia y China, debieron virar y orientarse al desarrollo de empresas privadas, con buen suceso. Cuidemos a nuestros empresarios. Ayudémoslos a tener éxito. Miremos sus logros con simpatía y compartámoslos, porque en parte van a ser nuestros. Así lo hacen los países más adelantados, cuyos habitantes y formadores de opinión han comprendido este fenómeno. No permitamos que la puja de intereses que existe y debe existir nos nuble la vista y confundamos amigos con enemigos.

Presidente de la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa

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