La época del desmadre

Por Malena Gainza Para LA NACION
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22 de noviembre de 2002  

En el siglo XXI, tanto el Día de la Madre como el Día del Padre merecerían ser reemplazados por el Día de la Televisión y el Día de la Computadora.

Porque ambos progenitores, movilizados por sus muchas necesidades económicas o de realización personal, pasan la mayor parte del día fuera del hogar, depositando la crianza y educación de sus hijos ante las pantallas de niñeras electrónicas y maestras cibernéticas, inmediata y permanentemente disponibles con sólo pulsar una tecla u oprimir un botón.

Antes, la transmisión de valores era oral: de padres a hijos, de generación en generación. Con el enriquecedor feedback que toda comunicación interpersonal genera, para esclarecer ideas y reforzar conceptos, en ambas puntas de la relación.

Expertos en comunicación han demostrado cómo las palabras en sí apenas representan un siete por ciento del mensaje transmitido. El 38 por ciento llega a través de la calidad de la voz (tono, intensidad, ritmo, volumen), y el 55 por ciento corresponde a elementos fisiológicos como la respiración, la postura de la persona al hablar, el movimiento de sus ojos y otras manifestaciones sutiles del lenguaje del cuerpo, que revelan los sentimientos detrás de las palabras.

La pantalla como maestra

Una pantalla sólo refleja sensaciones: imágenes, sonidos. No dialoga ni crea vínculos de afecto: es imposible el feedback . Impone valores y conceptos que ayudan a vender, no necesariamente aquellos que ayudan a crecer. Porque su finalidad no es crear mejores personas, sino generar dinero.

Así es como los jóvenes que crecieron bajo su tutela ya no reflejan la imagen paterna o materna que antaño desveló a Freud, sino la imagen de un mundo que es mezcla de realidad y ficción, donde todo se compra y todo se vende, donde todo es posible e instantáneo, y los límites no los marcan los padres sino uno mismo, desde un control remoto o un ratón.

Quizá para llenar un vacío de afecto en su historia, exacerbada por la dificultad de expresar sentimientos que apenas mamó, esta generación de jóvenes hizo carne el mundo de sensaciones gratificantes irradiado por la pantalla, traduciéndolo en una forma desenfrenada de vivir, sin contemplar los riesgos.

Hoy asombran los excesos cometidos en viajes y fiestas de egresados, donde la alegría natural de la adolescencia necesita el estímulo del alcohol y otras yerbas para expresarse, como si para disfrutar la vida fuese indispensable caer en el descontrol. Dicen los padres: "¡Esto no lo aprendieron de nosotros!"

Sin duda, el aprendizaje provino de la televisión, de la reiteración de imágenes para promover el consumo que, subrepticiamente, incitan al abuso. Además, aunque la pantalla condena de palabra las conductas abusivas, la imagen refleja un mundo de diversión permanente, donde reina el exceso y todo vale, con cuerpos perfectos y cerebros obnubilados, dueños del éxito, sexo y dinero.

Y a una edad en que las hormonas suelen ser más ágiles que las neuronas, con la omnipotencia propia de la adolescencia y desconfiando del consejo de padres a los que ven como extraños porque no acompañaron su crecimiento, ¿cómo pretender ahora que quienes fueron criados sin límites acepten la imposición repentina de límites, para resistir la seducción de este espejismo vengativo que lleva a la destrucción?

Apagar la pantalla no es la solución; recuperar el vínculo de los padres con sus hijos sí lo es. Quizá los desmanes juveniles sean la voz desesperada de cuerpos que claman por ser escuchados. Que detrás de frases contestatarias y palabras soeces aprendidas de la pantalla habla una necesidad profunda, sin palabras, de abrazar al padre y a la madre que no escucharon su infancia, de recibir ese feedback de amor y comprensión que hubieran necesitado para fortalecerse mientras crecían.

No se trata de endilgar culpas: cada uno hace lo mejor que puede. Pero tampoco el desmadre de los egresados es culpa de la televisión o la computadora. La responsabilidad es de padres y madres que privilegiaron el bienestar económico, o su narcisismo, a expensas de la protección afectiva de los hijos en las primeras etapas de la vida, sin prever las consecuencias. Quizá porque alguna pantalla hipnótica también logró convencerlos a ellos de que su afecto y su tiempo valían menos para sus hijos que un televisor o una computadora.

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