La fatiga ideológica también votó

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
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24 de octubre de 2017  

A tono con la época, el presidente Macri dedicó poco espacio en sus discursos de campaña a expresar lo que habitualmente se conoce como ideas políticas. Una y otra vez levantó la voz para entonar el eslogan de cabecera, que no es un rezo laico, una condena de la injusticia, tampoco la apología de la libertad, ninguna metáfora, sino, en términos llanos, la quintaesencia de la practicidad. Palabra de ingeniero: "¡Sí, se puede!". Con formato de respuesta, fuera de la obra la frase retumbará como un himno al posibilismo, antídoto expurgatorio de una presunta tendencia argentina a la resignación.

Suele haber en los partidos marchas, banderas, imágenes (valga la connotación religiosa de la palabra) que ayudan a reconocer dogmas, a orientarse en el jardín de la política. Los radicales cuelgan el retrato de Yrigoyen, los socialistas tienen a Alfredo Palacios, los peronistas se retemplan con Perón y Evita. Pero en el partido del Gobierno -el que lidera Cambiemos- no hay próceres oficiales. Tampoco autores propios para condimentar las bibliotecas.

Cualquiera sea la opinión que se tenga sobre la muerte de las ideologías a nivel planetario, gracias al kirchnerismo en la Argentina parece haberse desarrollado con ellas un encono adicional. Durante su larga temporada en el poder (nunca está de más recordarlo: la más larga de la historia), los Kirchner se propusieron higienizar ideológicamente el campo, el fútbol, las estadísticas, el periodismo, los barrios cerrados, la televisión infantil, los centros de estudiantes, las cárceles, el vicariato castrense, el idioma, la historia, la Justicia, los clubes de barrio... Nada les fue ajeno. Partidizaron, se sabe, hasta los derechos humanos, idealizaron la subjetividad, habilitaron la militancia comprometida del mismísimo señor juez.

Pues bien, acaba de ganar las elecciones un gobierno consciente de la sensación de asfixia que llegó a producir en gran parte de la sociedad esa sobredosis de agitación política permanente. De allí que en la noche del domingo el discurso triunfal del Presidente hubiera repetido aquel tradicional optimismo pastoral de flaca contextura ideológica: aspiramos a vivir mejor, vamos muy bien porque vamos juntos, somos la generación que está cambiando la historia, no tenemos otra agenda que trabajar para que todos los argentinos vivamos mejor. La meta del bienestar individual multiplicado. Macri no menciona un destino nacional ni un modelo preciso de país, no dice qué cosa abonará con el voluminoso respaldo obtenido en las urnas. Está coronando un proceso electoral en el que, eso sí, la obra pública visible ocupó un lugar preponderante. Es toda una revolución, porque la obra pública ya no está hecha de cartón ni de promesas, sino de cemento. Con los antecedentes a la vista, un logro.

Fuente: LA NACION

Pero, ¿y Frondizi? ¿Qué se hizo del neodesarrollismo de la campaña electoral anterior? Las menciones del largo plazo, el desarrollo de la industria pesada o lo que fuere hoy la adaptación del desarrollismo de Frondizi y Frigerio (el abuelo del actual ministro del Interior) no forman parte del debate. Entre otras cosas porque casi no hay debate.

Pero el hecho de que las ideas políticas o los proyectos no sean mencionados en público, o se los nombre menos debido a que no hacen juego con los escenarios circulares, no significa que al final del día el Gobierno carezca de posición ideológica. Y mucho menos que no deba plantearse la cuestión: ¿qué piensa hacer Macri exactamente con su capital electoral?

Muchos opositores, sobre todo del kirchnerismo y la izquierda, están convencidos de que el gobierno de Cambiemos es una reposición del neoliberalismo (por eso festejan como una profecía cumplida cuando Domingo Cavallo dice que la actual política le recuerda los años noventa). Algunos oficialistas son usuarios intensivos de la palabra desarrollo, quién sabe si por convicción o por nostalgia. Sin embargo, el ejercicio contrafóbico practicado durante la campaña parece ocupar, por ahora, el lugar de la planificación, más allá de los asuntos metodológicos para gobernar el país con un peronismo huérfano que no sólo busca liderazgo. También un proyecto con mayor vuelo que el de "parar el ajuste".

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