La física aplicada a la política

Por Alejandro Poli Para LA NACION
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28 de octubre de 2000  

"TODO cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del fluido desplazado." Un cuerpo sumergido en un fluido como el agua, por ejemplo, se mantiene a flote sólo si el peso del cuerpo es menor que el peso del agua que desplaza. Si el peso del cuerpo es mayor que el del fluido desalojado, se hunde. Éste es el famoso principio de Arquímedes, que describe la fuerza de flotación y es el fundamento teórico de las construcciones navales.

Ahora bien, se sabe que los principios aplicables a la naturaleza no siempre son por igual aplicables a las realidades sociales. El caso que nos ocupa es uno de ellos. Traducido al ámbito político, el principio de Arquímedes se aplica en forma inversamente proporcional: todo presidente argentino sumergido en un medio político de densidad mayor que su peso específico no se mantiene a flote si no logra un empuje hacia arriba superior al peso del medio que lo resiste. Es un principio de navegabilidad presidencial probado muchas veces en la historia argentina.

En la historia argentina

El problema de interpretar correctamente el principio de Arquímedes cuando se lo aplica a la política radica en establecer cuáles son los elementos decisivos del escenario. Sólo así se sabrá cuál es la línea de flotación en cada circunstancia histórica. Una interpretación será exitosa cuando acierte a determinar si la autoridad presidencial recibe su peso específico de la opinión pública, de un único partido político, de una coalición -formalizada o de hecho- de partidos políticos, de una conjunción espontánea de sectores sociales, del apoyo de personalidades políticas o de su propio liderazgo personal. Pero a ello habrá que añadir la pericia del presidente para gobernar: la caída de un presidente argentino nunca se ha debido a la exclusiva presión de las fuerzas opositoras sino a la combinación de éstas con sus propios errores.

Dejando de lado los golpes militares, las renuncias de los presidentes Juárez Celman (1886-1890) y Luis Sáenz Peña (1892-1895) se debieron a sus errores y a que no lograron independizarse de la tutela de Roca y Pellegrini. Más recientemente, la caída de Frondizi o la salida a los apurones del presidente Alfonsín se debieron al cumplimiento inexorable del principio. En todos estos casos, la autoridad presidencial cometió serios errores y no tuvo el peso suficiente para sostenerse sobre las crestas embravecidas de la política y de la realidad social. Resultado: se hundieron.

¿Un ejemplo por seguir?

El ejemplo histórico del presidente Figueroa Alcorta (cordobés, gobernó durante el período 1906-1910 coronando una larga carrera política en la que además fue gobernador de Córdoba, senador nacional, presidente de la Cámara de Diputados y presidente de la Corte Suprema de Justicia) es la otra cara de la moneda: sin apoyos iniciales de ningún tipo logró imponerse sobre el medio político de su época y desembarazarse de la influencia omnipresente de Roca. Claro está, Figueroa Alcorta no tuvo reparo alguno en tomar medidas drásticas, como amnistiar a los radicales rebeldes de 1905, licenciar el Congreso, intervenir provincias por decreto, gobernar sin presupuesto aprobado, combatir el movimiento anarquista, entre otras dulzuras políticas. No obstante sus métodos, que ciertamente eran los mismos que utilizaban sus opositores, la opinión pública lo acompañó porque estaba harta de la dirigencia política, y su gestión fue un punto de inflexión decisivo en la transición del régimen hacia la apertura democrática que instauró la ley Sáenz Peña en 1912. Figueroa Alcorta presidió la Argentina del Centenario, una nación en ascenso, orgullosa de sus logros y esperanzada por su futuro, y encarnó el poder presidencial al servicio de una transformación estructural de la Argentina: la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos. En realidad, de la presidencia de Figueroa Alcorta rescatamos una lección histórica: cuando el barco amenaza con zozobrar, aplíquese de inmediato otro famoso lema de Arquímedes, "denme un punto de apoyo y moveré el mundo". El secreto de la alta política es descubrir cuál es ese punto de apoyo y utilizarlo para impulsar la nave nacional hacia las transformaciones estructurales que la ciudadanía espera.

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