La FUBA neoliberal

Por Fernando A. Iglesias Para LA NACION
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18 de diciembre de 2006  

¿Qué bulle en los cerebros de los chicos de la FUBA? ¿Qué pensamientos se agitan detrás de esos anteojos cuya paternidad estética no se sabe si atribuir a John Lennon o a Trotsky, León? Si se los escucha, esgrimen una confusa mezcla de leninismo maoísta y castrismo nahuelmorenista, pero, si se mira lo que hacen, defienden, sin dudas, lo más rancio del laissez-faire neoliberal.

Digámoslo así: 200 muchachones de clase media y media-alta, que se arrogan la representatividad de 300.000 alumnos de clase media y media-alta pero fueron elegidos por pocos miles de ellos, pretenden decidir -por sí solos y con la excusa del derecho del pueblo a la educación- qué hacer con una universidad financiada con los impuestos que pagan ciudadanos mucho más pobres que ellos. ¿No es esto una privatización? No contentos con ella, en nombre de una autonomía absoluta que no existe en ningún lugar del mundo, rechazan toda intervención del Estado democrático en los asuntos de la universidad. Después, en nombre de la democracia, deciden qué instituciones son democráticas y cuáles no, y en nombre de la libertad de asociación y reunión impiden que las que a su parecer no lo son se reúnan, lo que ha paralizado el funcionamiento normal de la principal institución educativa del país, cuya asamblea nadie sabe si podrá hoy deliberar a pesar de haber sido citada en el Congreso de la Nación.

Astutamente camuflados detrás de sus anteojos trotsko-lennonistas , los revolucionarios chicos de la FUBA no sólo quieren que el Estado de un país arruinado les ofrezca acceso gratuito a la educación universitaria, sino que obtienen el derecho a elegir la carrera que prefieren con arreglo a sus gustos y no de acuerdo con las necesidades del país. Cualquier otra organización social que tuviera pretensiones semejantes sería tachada de neoliberal. ¿Por qué no los revolucionarios chic de la FUBA, que confunden el derecho a la educación superior con sus preferencias vocacionales, en un arbitrario oportunismo que en el caso de ser esgrimido por cualquier otro sector de la sociedad ellos no dudarían en calificar de capricho pequeño burgués?

El perfil de los egresados de las universidades públicas lo dice todo sobre un país que prefiere la fácil jerigonza lacaniana al duro análisis físico-matemático: entre ciencias aplicadas, ciencias básicas, ingeniería e informática, suman apenas el 29% del total, mientras que ciencias médicas, arquitectura, derecho, economía, ciencias humanas y sociales hacen el 71% restante. Se trata de una orientación a contramano de los tiempos que corren, en los que la revolución tecnológica se ha transformado en el centro generador de riqueza en todos los países que funcionan bien.

Basta comparar esta proporción de 7 a 3 de los egresados universitarios argentinos con la inversa que existe en todos los países emergentes de Asia para comprobar las consecuencias. Algunas preguntas se hacen necesarias: ¿es racional que un Estado que carece de recursos para garantizar una adecuada educación primaria y secundaria a toda la población, para no hablar de su alimentación y sanidad, deba seguir financiando las elecciones vocacionales de los neoliberales chicos de la FUBA, sin importar el aporte que las carreras que elijan pueden hacer al futuro del país? ¿No sería más democrático que el Estado, convenientemente asesorado por comités de expertos, ONG del sector educativo, la propia universidad y un sector empresario que carece hoy de mano de obra con capacitación suficiente para desarrollar todo su potencial, se concentrara en garantizar una excelente formación universitaria gratuita en las carreras en las que la Argentina se juega su destino como país posindustrial? ¿No sería lógico que quienes quieren estudiar -digamos- antropología o escultura, y poseen los recursos económicos suficientes, se pagaran su carrera en universidades privadas o, al menos, financiaran con aranceles y créditos por devolver al recibirse los gastos que ocasionan a la universidad estatal? ¿No se completaría bien esta estrategia con becas para el 20% de estudiantes de escasos recursos que obtengan las mejores notas en todas las carreras, sin distinción? Pueden ser éstas buenas o malas ideas. En todo caso, son intentos perfectibles de compatibilizar el derecho a la educación y a la libertad de elección con las necesidades de una sociedad empobrecida y fragmentada. Pero lo esencial es que el derecho de todos a acceder a la universidad no puede confundirse ya, como los neoliberales chicos de la FUBA pretenden, con el privilegio de estudiar cualquier cosa a cuenta de los impuestos pagados por sectores cuyo acceso a la universidad es nulo. Mucho menos admisible es que, en nombre de una autonomía convertida en autismo, los chicos de la FUBA decidan qué programas se dictan, qué profesores los dictan y qué autoridades administran las universidades públicas, uno de los principales recursos económicos de todo país en el contexto de la sociedad del conocimiento y la información.

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