La glorificación de los Montoneros

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
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25 de septiembre de 2019  • 02:18

Horacio González se equivocó de día. Sus dos comentarios estruendosos, el de que el kirchnerismo tratará de nuevo de reescribir la historia argentina y aquel que confirma que Cristina Kirchner no será una mera vicepresidenta, debieron ser hechos el lunes 28 de octubre o en los días subsiguientes, cuando se liberará (si el 27 gana el binomio Fernández ) otro cepo, el que para permitir que la campaña kirchnerista fluya amable mantiene inertes las más entusiastas iniciativas revolucionarias.

Todo el mundo sabe que las aguas del océano kirchnerista están mansas debido a la necesidad coyuntural de pescar votos del tipo ideologismo bajo, enojo con Macri alto. Es, nada menos, el perfil de votante para el que se inventó la fórmula más original de la historia, líder entre bambalinas, fórmula que ofrece la posibilidad, si uno quiere, de creer que ella no va a gobernar (el último vicepresidente que terminó gobernando el país fue Isabel Perón, pero a esa ex presidenta y a su gobierno ya nadie los recuerda, mucho menos el peronismo, que se ha esmerado como nadie por olvidarlos).

¿Y entonces? ¿Por qué el sociólogo González, reputado casi como principal intelectual K activo, en apariencia se desmadró? En buen romance, lo que González dijo es que habrá que reivindicar a los Montoneros (difícil que le importe el trotskismo del ERP con parejo entusiasmo) y que en el eventual gobierno albertista Cristina Kirchner va a tener el quiero. Conceptos que si hubieran sido proferidos por un opositor habrían sido tratados como petardos de campaña.

Para ensayar una respuesta a aquella pregunta sobre los posibles motivos hay una certeza y una hipótesis. La certeza, ratificada por la propia desafinación de González, es que el kirchnerismo no tiene organicidad alguna. Hasta el día de hoy se desconoce qué es el kirchnerismo: ¿una corriente interna del peronismo? ¿un partido? ¿una facción? ¿un dogma? Vaguedad agravada por escasez de bibliografía y, sobre todo, por esa ausencia de estructura orgánica: se trata de un grupo político ultraverticalista sin autoridades formales, cuya sede central es un "instituto", de adherencias espontáneas (no existe afiliación, estandarte, marcha ni nada parecido), en el que la pertenencia con diverso grado de acaloramiento (en general alto) es declamatoria: kirchnerista es aquel que dice ser kirchnerista. Claro, suena conocido. Reproduce los usos y costumbres del peronismo, movimiento en el que el kirchnerismo se incubó y con el que ahora concurre a elecciones en una sociedad capaz de desafiar la teoría de los conjuntos, técnicamente una alianza, sin cuotapartes ni reglas explícitas, donde el gran acertijo de la hora es descubrir quién contiene a quién.

El peronismo aprovechó de a ratos la organicidad del Partido Justicialista (también apelaba antiguamente a las "ramas" del Movimiento), lo cual no sucede hoy con los partidos ad hoc creados por Cristina Kirchner, como Unidad Ciudadana, de exclusiva aplicación institucional-electoral. Tan poroso es el envase que se puede entrar y salir según el día que uno tenga. Sirven de ejemplo las veces que el inquieto Juan Grabois, acompañante judicial de Cristina Kirchner, repitió que él no es kirchnerista. O la insistencia del candidato del kirchnerismo en Capital, Matías Lammens, en presentarse como tan "no kirchnerista" que ni siquiera conocía a la líder, argumento éste que un día se venció -se la presentaron- y hubo que retirarlo del repertorio.

La señora Kirchner misma, hace dos años, durante una entrevista que le dio al diario El País, de Madrid, aseguró casi como si su interlocutor la hubiera ofendido que ella no es kirchnerista: "soy peronista", silabeó. En otros tiempos le tocó despotricar contra el "pejotismo". También ningunear a Perón, cuyo primer monumento en Buenos Aires, después de infinitas postergaciones de los sucesivos gobiernos peronistas, lo terminó inaugurando Mauricio Macri (con Hugo Moyano). País curioso.

La inexistencia de disciplina partidaria extraparlamentaria -cualidad del sistema político a la que los politólogos asignan considerable importancia- complica a quien necesite justipreciar el peso de ideas individuales en el conglomerado kirchnerista. La única vara, en definitiva, resulta el afecto o desafecto que la líder le dispensa a cada uno. Pero ahora la líder está en modo avión, o modo yo mejor hablo poco (descarga un estudiado par de frases estentóreas por fin de semana en el marco de un original proselitismo literario) y no reparte (ni deja saber) premios o castigos entre los seguidores que asoman su cabeza, como acaba de hacer González.

La hipótesis es que González no instrumentó una movida destinada a forzar al sector moderado del Frente de Todos (¿Alberto Fernández?) a "valorar positivamente" a la guerrilla sino que expresó un pensamiento crudo sin preocuparse por eventuales efectos colaterales. Es que a diferencia de la reforma agraria con la que Grabois practicó la agitación urbi et orbi hace veinte días, "reescribir la historia" no significa proponer nada que no se hubiera hecho ya. Pese a que quien como director de la Biblioteca Nacional era anfitrión del grupo Carta Abierta habla del tema como si no hubiera existido durante doce años y medio la reescritura de la historia desde el Estado (que llegó al extremo de ser reescritura literal en el caso del prólogo del libro "Nunca más"), él no está proponiendo sumar un plato nuevo al menú kirchnerista, sólo habla de cocinar lo que quedó en la heladera.

Aparte de redecorar la Casa Rosada con la imagen del Che Guevara, héroe icónico de la izquierda, y de replantear los feriados nacionales con sesgo revisionista, el kirchnerismo suprimió de cuanta evocación historiográfica hubiera las dos grandes incomodidades del peronismo, la dictadura del 43 (con el coronel Perón, su materia gris, como autócrata) y el gobierno de Isabel Perón y López Rega (que inició el terrorismo de Estado). Le dio otra blanqueada a Rosas (cuyo retrato también llegó a la Rosada), glorificó con énfasis a Dorrego, depreció a los presidentes fundadores (Mitre, Sarmiento, Avellaneda), vilipendió a Roca, escondió la responsabilidad del peronismo durante el "neoliberalismo" de Menem y, por sobre todas las cosas, intercaló entre los héroes nacionales, sin pudor alguno, a los propios líderes políticos, los dos Kirchner, tal como se pudo apreciar en el Cabildo, por ejemplo, durante los festejos del Bicentenario.

Mientras enseñaba en la escuela a jugar al Néstornauta y el secretario de Pensamiento Nacional Ricardo Forster pensaba, erigía el Instituto Dorrego para revisar el revisionismo y acaso acentuarlo, tarea en la que el gobierno, eso sí, daba el ejemplo: la tarea quedaba a cargo de Pacho O’Donnell, secretario de Cultura bajo el nefasto "neoliberalismo" de Menem.

González será inorgánico (extraña paradoja, porque hasta 2015 lo que se le reprochaba a Carta Abierta era un alineamiento acrítico indigno de intelectuales), pero a la vez armoniza con la campaña kirchnerista en cuanto a la pauta sincronizada de hablar del futuro como si no hubiera habido pasado. Veamos el párrafo completo de lo que dijo sobre la rescritura de la historia y la valoración de la guerrilla en sus declaraciones a la agencia "Paco Urondo / Periodismo militante": "Hay que reescribir la historia argentina pero no en esa especie de neoliberalismo inspirado en las academias norteamericanas de los estudios culturales, donde hay una multiplicidad graciosa y finita. Sino que tiene que ser una historia dura y dramática, que incorpore una valoración te diría positiva de la guerrilla de los años 70 y que escape un poco de los estudios sociales que hoy la ven como una elección desviada, peligrosa e inaceptable".

La escala de valores de González no difiere demasiado de la que predomina en el kirchnerismo. Mientras recorre los siglos XIX, XX y XXI, él guarda la expresión "época tenebrosa" para referirse al gobierno de Macri. ¿Asombra? Basta recordar el acto del 24 de marzo de 2017 en Plaza de Mayo, donde el kirchnerismo, mimetizado con organismos de derechos humanos, estuvo dedicado a insultar a Macri mientras Videla -era el Día de la Memoria- quedaba prácticamente olvidado. El documento leído entonces rendía homenaje, entre otros, al "Peronismo Revolucionario, UES, Montoneros, FAP, Sacerdotes por el Tercer Mundo y FAL, la tradición guevarista del PRT, Ejército Revolucionario del Pueblo (…), tantos espacios en los que miles de compañeras y compañeros lucharon por una Patria justa, libre y solidaria".

A González tal vez habría que preguntarle ¿qué hay de nuevo, Viejo?

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