Anticipo. Fragmentos de El siglo del populismo (Manantial), de Pierre Rosanvallon

Pierre Rosanvallon
Pierre Rosanvallon Crédito: Patricio Pidal/AFV
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25 de julio de 2020  • 00:00

¡Que se vayan todos! La consigna de los populismos latinoamericanos en las campañas electorales de los años 2000 y que llevó al poder a los Kirchner (Argentina), Chávez (Venezuela), Correa (Ecuador) y Morales (Bolivia) fue luego una referencia en todo el mundo. Beppe Grillo, del Movimiento 5 estrellas en Italia, o Pablo Iglesias de Podemos en España, la adoptaron, como también lo hizo Marine Le Pen en Francia; entre tanto, Jean-Luc Mélenchon se adueñaba de ella a su vez utilizándola como título de uno de sus escritos programáticos. Los movimientos populistas tienen sin duda sus programas en cuanto a una gestión más soberana de la economía, en cuanto a las modalidades con que pueden encararse el fortalecimiento de la democracia o las formas de una mayor justicia social. Pero el elemento clave de sus propuestas políticas reside finalmente en la invitación a desalojar a los gobiernos establecidos. Su resorte principal es la desconfianza. Puede hablarse en este caso de una política negativa, que encuentra algunos de sus elementos en el ideal contrademocrático de vigilancia y control de los poderes, pero radicalizándolo y absolutizándolo en forma de rechazo indiscriminado e innegociable. Si la política consiste en proporcionar un lenguaje a lo que viven los individuos, es forzoso constatar que el populismo habla entonces enérgicamente solo la lengua de la repulsa. Encierra de este modo al pueblo en una soberanía negativa que puede retumbar en la calle o en las urnas sin constituir una fuerza capaz de reinventar el mundo. Es una soberanía que podríamos llamar "destituyente", que tiende mecánicamente a reducir al pueblo a una comunidad de repulsión y frustración.

Se injertó en esta política negativa una moral del asco (dégoût) que exime de cualquier precisión a las críticas y desecha la tarea de argumentar. Con ella, la ira reúne violencia e irresolución, radicalidad e impotencia. En este marco, no queda espacio para la deliberación. Ya no hay espacio para una argumentación fundada en la idea de que puede existir una "comunidad efectiva de personas". Cuando se descalifica semejante posibilidad de un auditorio universal, la democracia está amenazada. Subsiste entonces, solitaria y repetitiva, la actitud de acusación permanente en espera de una catarsis final. La grieta se profundiza tanto más cuanto que simultáneamente la propia noción de verdad se desvanece en un mundo en el que prosperan, en consecuencia, las fake news.

Polarización y politización de las instituciones. Hemos utilizado la expresión "democracia polarizada" en nuestro capítulo "Anatomía del populismo". Lo que caracteriza a los regímenes populistas es pasar enérgicamente al acto sobre este punto. Ello, según modalidades sin duda diferentes. Podemos distinguir así entre los procesos de brutalización directa de las instituciones y las estrategias de desvitalización progresiva. Los populismos latinoamericanos y el régimen húngaro ofrecen cada uno de ellos una ilustración de estas dos variantes, con la domesticación de las cortes constitucionales imponiéndose en cada caso como elemento clave de un cambio total destinado a suprimir los diferentes contrapesos al poder del Ejecutivo existentes. [...]

De modo paralelo, la politización del Estado caracterizó a los regímenes populistas. Los funcionarios recalcitrantes fueron excluidos de diversas maneras y sustituidos por fieles. Así pues, politización de las funciones y polarización de las instituciones se aunaron para que todos los poderes quedaran en manos de un Ejecutivo que tuviera, por otra parte, al Poder Legislativo a sus órdenes.[...]

Epistemología y moral de la politización generalizada. Para los líderes populistas, no se trata únicamente de defender sus opiniones y proyectos. Ellos se presentan como celosos servidores de la verdad asediados por las mentiras de sus oponentes. Este desplazamiento del campo de confrontación con sus adversarios los conduce a poner en escena un universo dominado por poderes disimulados de manipulación de la opinión pública, de modo tal que los actos quedan borrados tras las intenciones y las sospechas. Esta concepción estructura el lenguaje y los argumentos de los movimientos populistas, que se fortalecen en proporción a su capacidad para convencer de que un "gobierno de la sombra" (un deep state en el vocabulario de Trump) engaña a los ciudadanos y les disimula inquietantes realidades (siendo el tema de la inmigración especialmente propicio para esta práctica). Los conflictos de intereses se ven así encastrados en lo que se describe como el combate verdaderamente decisivo, el de la verdad y la mentira, que traza una línea divisoria en la opinión pública. Los hechos y los argumentos tienden entonces a borrarse tras lo que es del orden de una creencia organizadora de los razonamientos, dificultando el menor intercambio racional. En la era de los populismos, de este modo progresivamente se radicaliza la polarización de los enfrentamientos.

Cuando un líder populista toma el poder, lo que era propio de una estrategia electoral pasa a ser una política de Estado. Viktor Orbán organizó de esta manera un instituto que fue llamado "Veritas", al que le incumbe la tarea de "reforzar la identidad húngara" estableciendo una verdad oficial acerca de la enmarañada historia del país (sobre todo en el período de entreguerras). De un modo más confuso, pero todavía más espectacular, Donald Trump convirtió la enunciación de contraverdades en elemento permanente de sus intervenciones políticas. El Washington Post hizo saber que, en su primer año de mandato, había proferido más de 2000 mentiras o afirmaciones engañosas. Al introducir una confusión cada vez mayor sobre la índole de los problemas que es preciso encarar en un país, esas prácticas envenenan el debate político y lo desestructuran profundamente. Asociadas a un odio, estimado saludable, a los medios de comunicación, esas mentiras contribuyen, para decirlo con otras palabras, a una auténtica "corrupción cognitiva" del debate democrático. En efecto, no hay vida democrática posible sin que existan elementos de lenguaje comunes así como la idea de que es posible oponer argumentos basados en una descripción compartida de los hechos. Los movimientos y regímenes populistas prosperan entonces sobre una tendencia preocupante de las sociedades contemporáneas a disolver la distinción entre hechos y opiniones bajo la bandera de una politización general y extrema.

Los regímenes populistas radicalizan también la percepción de los opositores políticos como personas inmorales y corruptas, a sueldo de intereses apátridas. Oponen así el pueblo-autenticidad y el pueblo-virtud, con los que dicen identificarse, a un adversario-enemigo arrojado al exterior de la comunidad nacional. La legitimidad de la que presumen es excluyente, uniendo indisociablemente política y moral. También en este caso, más allá de los hechos, los regímenes populistas se embanderan en la pretensión de encarnar el bien para justificar sus actos y su relación distante con el Estado de derecho, disolviendo con ello lo que constituye la esencia de la democracia como tipo de comunidad política abierta y pluralista.

El siglo del populismo (Manantial), de Pierre Rosanvallon

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