La guerra silenciosa de los adolescentes

Hinde Pomeraniec
Hinde Pomeraniec PARA LA NACION
Víctimas habituales del robo en la calle, los varones alimentan con cada apriete un recelo que los enfrenta con quienes los agreden, chicos como ellos pero caídos del mapa social, a los que la escuela les ha soltado la mano
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27 de marzo de 2014  

Salen de casa contemplando una modesta logística de guerra: verifican los cierres de la mochila, de las camperas y de los pantalones que tienen bolsillos. Chequean dónde llevan la llave, los billetes, las monedas; dónde la tarjeta SUBE, a la que cargan con no más de 50 pesos, por si se la roban. Guardan de manera prudente el celular y se preguntan varias veces si se ponen o no los auriculares, en función del itinerario que tienen que seguir hasta llegar al subte o al colectivo. Si se los ponen, acomodan el iPod o el dispositivo que sea debajo de la ropa, previendo el manotazo que puede llegar en cualquier momento.

Pasa todos los días en los alrededores de los colegios (públicos o privados), clubes y plazas. Algunas veces (pocas) es uno contra uno; en la mayoría de los casos hay grupos de uno y otro lado.

Tienen entre 12 y 16 años, y aunque su edad indicaría que son pares, no lo son. Se desconfían: no se agarran a piñas, no se gritan ni se tiran con cosas. Unos les roban a los otros; les roban lo que sea, lo que se ve. A veces llevan armas, generalmente navajas.

Ambos bandos diseñan tácticas y estrategias. Mientras de un lado estudian cómo encarar y apretar para robar y definen quién se acerca y quién hace de "campana", del otro planifican distracciones, huidas en masa o avanzadas de exploración de campo, con consignas para los que esperan detrás. Se respira bronca, tensión y resentimiento.

Los que roban burlan al otro, le pasan el brazo por los hombros, lo intimidan lo suficiente para sacarle algo a quien suponen que le sobra todo porque imaginan que en casa volverán a comprarle lo que esa mañana o esa tarde se convirtió en botín. El que es robado salió a la calle bajo la consigna familiar de "les das todo, no te resistís y te callás; lo importante es que no te lastimen". Siente la furia de haber sido despojado de objetos queridos sin poder pelear por ellos y la impotencia de sentirse derrotado a una edad en la que sólo se piensa en ganar en cualquier terreno. No le alcanza con saber que los chicos que le robaron -como seguramente sus padres antes- conocieron la humillación desde el principio de sus días, cuando nacieron derrotados por la exclusión social y la falta de oportunidad que los convirtieron en esas "bombas pequeñitas" de las que hablaba el Indio Solari. No le alcanza y no le importa: sólo pregunta por qué no puede salir tranquilo a la calle y debe entregar sus objetos como un "peaje" para circular.

Sucede entre los varones, casi no se meten con las chicas, que sí pueden ser víctimas de arrebatos o asaltos como el resto de los adultos, pero que están excluidas de estos encontronazos que viven los varones jóvenes en cualquier punto de la ciudad o el Gran Buenos Aires. A veces es sólo la pérdida de objetos y el mal momento. Otras veces los chicos robados terminan sufriendo con su cuerpo, porque el miedo después de un robo no les permite salir solos por bastante tiempo. O porque los mismos que le robaron siguen dando vueltas todos los días por las calles de su escuela. No parece una tragedia si se compara a ese chico con pánico con aquellos que tienen hambre o padecen enfermedades a causa de la miseria, pero tampoco es una frivolidad ni se reduce a un tema de clase: en los estratos sociales más bajos los chicos también son robados por sus pares, por lo que este tipo de episodios ya es un síntoma, un doloroso síntoma instalado con la naturalidad de las marcas de época.

Hay estudios en todo el mundo que vinculan deserción escolar con el delito y otros que, aunque discuten la relación directa de ese vínculo, reconocen que quienes están fuera de la escuela están más cerca de transgredir las normas. A veces no es tan claro ese "estar fuera de la escuela", ya que muchos de los adolescentes que delinquen declaran asistir a clase, pero esa asistencia es irregular y no necesariamente indica un camino hacia la educación y sus efectos civilizatorios. El Nobel de Economía James Heckman viene trabajando sobre el impacto que tiene en la vida de las personas haber recibido o no educación entre los 0 y los 5 años, por la relevancia que adquiere la escolarización en aquellos chicos que no están en condiciones de heredar un capital cultural y social en su hogar. Según el último censo de 2010, en la Argentina el 10% de los mayores de 15 años no terminó la escuela primaria. Cifras del Ministerio de Educación sostienen que el 56% de los argentinos no termina los estudios secundarios y que del 44% de estudiantes que sí lo hace, casi la mitad tiene rendimiento bajo y hay un alto porcentaje que no comprende lo que lee. Esto se ve en los resultados que la prueba internacional PISA (tan cuestionada por las autoridades nacionales) viene informando desde 2000, cuando asegura que el 52% de los chicos argentinos de 15 años no entiende lo que lee.

Por momentos no puedo dejar de pensar que estos pequeños combates urbanos que arrancaron en los 90 y que, en lugar de retraerse después del cataclismo de 2001, se hicieron más pronunciados en los últimos años, se dan entre los que van regularmente a la escuela y aquellos que no. Este comportamiento de bandas adolescentes también se ve en el interior y en otras capitales latinoamericanas. No es un consuelo, debería ser obligación de nuestros gobiernos terminar con estos escenarios comunes de delito y frustración que socavan toda posibilidad de desarrollo y progreso. La inversión económica es clave, pero no siempre alcanza: en la Argentina, el aporte a la educación se triplicó, pero falta un seguimiento férreo de esa inversión y su correlato en la calidad, así como falta velar por el cumplimiento de las leyes que obligan a tener preescolar, primaria y secundaria completos.

Es nuestra responsabilidad que estos chicos caídos del mapa social que pasan sus días en la calle hostigando a otros de su edad no estén donde deberían: en la escuela, pero del lado de adentro, y más tarde en la universidad, para alcanzar la promoción social que la Argentina necesita con urgencia. Soy hija de la escuela y la universidad públicas, como lo fueron mis padres, mi hermana y luego mis hijos. Conocí la integración social y la superación profesional e intelectual de los hijos de padres analfabetos o de inmigrantes con formación precaria. Por eso estoy convencida de que la única manera de incluir a todos en una sociedad y desarrollarla es a través de la igualdad de oportunidades y de políticas educativas a largo plazo -con el foco puesto en los sectores más vulnerables-, que incluyen salarios adecuados para los docentes, pero también la exigencia en sus competencias y su capacitación. Es el único horizonte posible para que los chicos vuelvan a ser pares en espacios comunes como la escuela, en lugar de mirarse para siempre como enemigos irreconciliables.

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