La herencia recibida de Cristina fue peor que la que dejó la Alianza

Fernando Iglesias
Fernando Iglesias PARA LA NACION
Sentar las bases institucionales para un país normal y hacerlo sustentable mediante la racionalización de la economía ha sido el objetivo de este gobierno de transición
Fuente: LA NACION
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15 de noviembre de 2018  

"Evaluar bien las posibilidades es el primer paso para el éxito. Si prometés el campeonato cuando estás para mitad de tabla, todos los resultados que obtengas parecerán malos". El concepto le pertenece a uno de los mejores entrenadores de la historia del voleibol mundial, cuyo nombre no menciono porque lo cito sin permiso y de memoria.

Lo traigo aquí para señalar el pecado original de este gobierno: el optimismo exagerado sobre la economía. Una piedra con la que ha tropezado más de una vez. Sobre este mismo tema escribí en este diario en 2016, e insisto hoy porque me parece la única manera de comprender por qué, en un país donde están sucediendo hechos históricos en la lucha contra el narco y la corrupción, la construcción de infraestructura y la reversión de la crisis energética, el Gobierno pierde pie en las encuestas. ¡Es la economía, estúpido!, desde luego. Sin embargo, ¿es razonable hablar de fracaso o es solo un diagnóstico derivado del exagerado optimismo gubernamental?

Quienes creen que en tres años de minorías parlamentarias, contexto internacional desfavorable, sindicatos mafiosos, grupos piqueteros, una oposición destructiva, el Papa en contra y un Club del Helicóptero dispuesto a todo es posible remontar décadas de populismo se enojarán conmigo. Pero no hay manera de responder a esta cuestión sin repasar la herencia recibida. Porque el país cómodo que dejó Cristina era peor que el que dejó la Alianza, con una excepción: en 2015, el peronismo saqueaba desde el poder y no en los supermercados, lo que garantizó la gobernabilidad y fue la clave explicativa del cuarto de siglo de hegemonía pejotista que supimos conseguir entre 1989 y 2015. Y bien, Cambiemos dejará atrás este estigma cuando se convierta en el primer gobierno civil no peronista que termina su mandato desde 1928. Nueve décadas pasaron desde entonces. Las que marcaron la decadencia nacional.

Del último diciembre de la Alianza recordamos las imágenes cinematográficas de violencia en las calles y pensamos en "los 38 muertos de De la Rúa". Sin embargo, 31 de ellos cayeron en provincias gobernadas por el peronismo, cuya intervención fue decisiva tanto en la organización de los saqueos como en su represión a manos de policías provinciales. Con la situación macroeconómica y social pasó lo mismo: el sesgo peronista deformó la realidad a favor de los sospechosos de siempre. Pero los datos son contundentes.

En el país cómodo que dejó Cristina, el déficit consolidado Nación-provincias era del 7% del PBI, como en diciembre 2001; el saldo negativo de la cuenta corriente era cuatro veces mayor (US$15.944 millones, contra US$3780) y el de la cuenta de bienes y servicios era deficitario en US$4.312 millones en 2015, cuando había sido positivo en US$3522 millones en 2001. En cuanto a la recesión, el PBI per cápita cayó 2,2% promedio entre 1998 y 2001, y 0,7% promedio entre 2012 y 2015. Dos fracasos de magnitud similar si se considera que la soja valía US$120 en 2001 y promedió cuatro veces más (US$470) durante los doce años K. Otros puntos a favor de 2001: no había inflación, ni atraso tarifario, ni precios relativos distorsionados, y la presión tributaria era del 21,2% del PBI contra el 34,8% que nos dejó Cris. Dato mata relato.

En 2015 el Banco Central estaba quebrado. Las reservas netas eran negativas y hasta las brutas eran menores que las que dejó De la Rúa (4% del PBI en 2015, contra 5,2% en 2001). El 29% de pobreza dejado por Cristina (UCA) no dista mucho del 35% de la Alianza (Indec), sobre todo si se considera que el precio promedio de las exportaciones se duplicó entre 2001 y 2015. En la Argentina productiva que la arquitecta egipcia nos legó había diez millones de personas en edad laboral sin empleo, más dos millones de empleados en planes; mientras que en 2001 eran once millones sin empleo y ocho millones de planeros. ¿Sustentabilidad? En 2001, cada asalariado privado sostenía a dos personas que recibían cheques del Estado. Para 2015, ya eran tres.

¿Desendeudamiento? A pesar del pagadiós de Néstor, Lavagna y Nielsen (2005), al final del ciclo K, con cepo cambiario y default, la deuda pública ascendía al 43% del PBI; poco menos que el 53% de 2001. Pero en 2001 no existían los 460.000 juicios jubilatorios con fallo favorable de la Corte que dejó Cristina ni había que rehacer rutas, puentes, puertos, redes de electricidad, gas y telefonía celular. La infraestructura, que estaba en condiciones aceptables en 2001, había ya provocado las masacres de Once y La Plata en 2015, y estaba en ruinas. En 2001 tuvimos un superávit energético de US$3900 millones, pero en 2015 hubo un déficit de US$4600 millones. Soberanía energética. ¿Atraso cambiario? Para fines de 2015, el cambio real multilateral (73,4) era similar al de la convertibilidad 2001 (68,9). ¿Crédito? El hipotecario era del 6% del PBI, contra el 1% que nos dejó la abogada exitosa. ¿Economicismo? El índice de desarrollo humano más prestigioso (PNUD-ONU), que condensa datos de ingresos, salud y educación, mostraba a la Argentina de 2001 en el 34º lugar mundial, contra el 45º puesto de 2015. Once puestos de retroceso durante la mejor década de la historia nacional.

Aun si se cumpliera el pronóstico pesimista de variables económicas similares en 2019 y 2015, el de Cambiemos sería el primer gobierno en nuestra historia capaz de dejar superávits gemelos sin recurrir a un dramático ajuste social. Basta darle un vistazo al mayor ajustazo de la historia. Partiendo de una herencia similar a la de 2015, como hemos mostrado, Duhalde logró superávits gemelos llevando la inflación de 2002 al 41%, mientras las jubilaciones y los salarios estaban congelados por una recesión del -11% del PBI (contra el -2,6% estimado para 2018). La actualización fue del 2,3% y 0,7%, respectivamente. Una pérdida monumental, cercana a los 40 puntos porcentuales en un año, a la que se sumaron la apropiación definitiva de los ahorros mediante el corralón y el hecho de que quienes habían puesto dólares recibieron papel picado.

Nuestros peores días fueron peronistas. En el anno sensibilisimus de Duhalde, Camaño, Pignanelli y De Mendiguren, la pobreza aumentó 50%, lo que sin salvadores de la patria solo se logra con tsunamis; la indigencia alcanzó el 24,7% (¡un cuarto de la población no tenía para comer!) y la desocupación llegó al 21,5%. Récords históricos absolutos en el país. Salimos de la recesión rápidamente, claro, por el sensibilísimo método de licuar salarios y jubilaciones mientras se canta la marchita, elevando 170% en términos reales las ganancias de las 500 empresas privadas más grandes del país.

Evitar las crisis que siguieron a todos los ciclos peronistas (1955, 1976 y 1999), terminar el mandato por primera vez en nueve décadas, sentar las bases institucionales para un país normal, hacerlo viable mediante la racionalización de las variables económicas, disminuir en lo posible el impacto sobre la clase media y los pobres. Han sido las políticas de este gobierno inevitablemente de transición, acusado de gobernar para los ricos por los muchachos sensibles que dieron el mal paso. ¿Fracaso? El Gobierno ha logrado evitar un ajustazo como el de 2002. Con el gradualismo que le permitía el endeudamiento al 4-5% anual en dólares, mientras fue posible. Recurriendo al FMI y acelerando el pasaje al déficit primario cero, cuando la suba de tasas internacionales y la peor sequía del último medio siglo impidieron continuar con el plan original. Es un momento duro; lo sabemos, pero no es 1975, ni 1982, ni 1989, ni 2001, ni 2002. Señalarlo no es justificar errores que el propio Presidente ha admitido, en un hecho inédito en la historia nacional, sino poner las cosas en su justa perspectiva. Cuando se conduce una Ferrari por la autopista de siete carriles de las tasas internacionales más bajas de la historia, la soja por las nubes, mayoría en ambas cámaras, control de las provincias, los sindicatos y los movimientos sociales, y una oposición no golpista, hasta el error más grosero pasa inadvertido. Cuando se maneja el Fitito con las gomas recauchutadas y el motor fundido que a uno le dejaron por el caminito de ripio que construyó Lázaro Báez y se desata una tormenta internacional, no.

Diputado nacional de Cambiemos

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