La hora de la flotación

(0)
16 de diciembre de 2001  

Las dificultades de la hora actual no permiten que los economistas sigamos practicando la autocensura que hacemos desde hace años, con el propósito de no deteriorar la confianza en el sistema financiero y en el plan de convertibilidad.

Hoy ya todo el mundo sabe que la convertibilidad está agonizando y que sólo falta enterrarla oficialmente. Lamentablemente, las autoridades insisten en negarlo y diariamente están dispuestas a tomar medidas que tienen un costo muchísimo mayor que el abandono de la paridad 1 a 1.

Recordemos por un instante que la convertibilidad fue impuesta hace más de 10 años para acelerar la reconstrucción de la confianza en la moneda y el sistema financiero, después de los manotazos del Plan Bonex de diciembre de 1989. Hoy, para preservar ese proceso, se han casi congelado los depósitos y restablecido los controles cambiarios, que con tanto esfuerzo fueron eliminados en 1990.

Y claramente estas medidas no alcanzan para equilibrar el sistema financiero, que sigue perdiendo inexorablemente más de $ 1000 millones semanales.

¡Debemos dejar flotar el peso ya!

A la convertibilidad, como a todas las drogas, no es fácil abandonarla cuando han terminado de hacer sus efectos positivos. Hace ya muchos años que debió abandonarse la convertibilidad, probablemente en 1996, para que el balance de ésta fuera claramente positivo. Pero lamentablemente la Argentina carece de los estadistas que sean capaces de pensar en el bienestar del país a largo plazo, por encima de los impactos de sus medidas en las encuestas o en las elecciones inmediatas.

Como lo he sostenido en estas columnas reiteradamente, no hay solución al problema fiscal sin recuperar la competitividad de nuestra actividad productiva, porque todos los ajustes son compensados por la caída en la recaudación impositiva. Y no habrá recuperación en la producción mientras no exista rentabilidad en las empresas y mientras todos los potenciales inversores estén temiendo un abandono de la paridad fija.

La adhesión masiva a los sistemas de cambio flotante en el mundo civilizado no se basa en desarrollos teóricos ni en economistas ultracreativos como los que han abundado en la Argentina en estas décadas. Se basa en la convicción aprendida en la práctica de que los costos políticos y económicos de abandonar un sistema de cambio fijo casi siempre compensan los beneficios transitorios de sus primeras etapas de alta credibilidad.

Ventaja

La enorme ventaja de flotar el tipo de cambio es justamente que "deja atrás" el miedo a la devaluación, y además genera la menor devaluación creíble de nuestra moneda. Cualquier sistema de dolarización o nueva convertibilidad deberá arrancar y/o terminar con una desvalorización mucho mayor de nuestro peso.

Si flotamos cuando todavía tenemos $ 15.000 millones de dólares en el Banco Central, resultará sumamente simple mantener la devaluación en parámetros "europeos": no mucho mas del 25%. Obviamente, será así si se mantienen las políticas de austeridad fiscal y se aprueban los presupuestos para los próximos años, como se está proponiendo, y se concluye el inevitable y por ahora muy exitoso canje de la deuda externa. También debemos recuperar la independencia del Banco Central, que dentro de la actual Carta Orgánica debería ser, como en todos los países del Primer Mundo, el verdadero garante de la estabilidad de nuestra moneda.

Debemos recordar que, a diferencia de los años 80, ahora no tenemos el déficit fiscal primario ni el cuasi fiscal, que en aquellos años llegó al 10% del PBI, si consideramos la absorción generada por la reforma previsional. Hoy el sector público no genera emisión monetaria que pueda impulsar el alza de los precios. Seguramente tendremos algunas semanas de inestabilidad, que acompañen las duras negociaciones con los acreedores. Pero superada esta etapa, considerando la recesión y la escasez de pesos, y la abundancia de dólares públicos y privados, sobrevendría la calma que permitiría reducir las tasas de interés, y recuperar el sendero de crecimiento sin fantasmas a la vista que provoquen las permanentes desmentidas del presidente de la Nación.

La segunda ventaja de la flotación es que el Banco Central vuelve a ser un Banco Central. Hoy subsisten enormes dudas sobre la solvencia de algunos bancos nacionales, públicos y privados, que desaparecerían inmediatamente si se supiera que el Banco Central tiene suficientes reservas para socorrerlos ante un problema de liquidez, porque el público quiera llevar al exterior sus depósitos en dólares.

Los bancos extranjeros no tienen ese problema, porque pueden transferir a sus casas matrices esos depósitos o traer desde el exterior los fondos. ¿No era para hacer frente a este riesgo que Pedro Pou aceptó y alentó la desnacionalización de nuestra banca?

Sin restricciones

Si se flota la moneda en estos días, se pueden levantar el "corralito" y las restricciones al giro de fondos, y lo vivido en estas dos semanas será como una dura pesadilla, sin mayores consecuencias en el futuro: algo así como una broma televisiva.

Pero si se demora la flotación, y se pierden las reservas, sufriremos más limitaciones a las tenencias financieras y nos acercaremos a una devaluación "a la Argentina", que genere profundas alteraciones en las situaciones patrimoniales empresarias y pueda requerir de una nueva ronda de discrecionales decisiones sobre nuestros activos y pasivos. Sólo así es concebible que la Argentina retorne a un período de inflación e inestabilidad.

Yo creo que debemos flotar el peso, y no hacer nada más que preocuparnos por las reformas pendientes, incluyendo la de la política, que tantas veces mencionara en esta columna. A los deudores en dólares los atenderán los bancos, caso por caso, y no debería ser muy distinto de lo que pasó en los últimos 4 años, cuando también experimentamos un aumento relativo de nuestras deudas en dólares frente al valor de nuestros activos fijos, y de nuestros ingresos, y de nuestros salarios, que bajaron entre un 30 y un 50 por ciento.

La enorme diferencia con la flotación es que:

1. Habiendo dejado atrás el fantasma de la devaluación,

2. Habiendo eliminado los riesgos de insolvencia financiera,

3. Habiendo recuperado moderadamente el tipo de cambio real habremos creado las condiciones para recuperar la inversión, generar el tan necesario empleo y terminar con la deflación. Así nos podremos dedicar a los temas que verdaderamente afectan la productividad de los argentinos y nuestras posibilidades de vivir mejor en el futuro.

El autor fue presidente del Banco Central.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.