La huelga de los acontecimientos

Enrique Valiente Noailles
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9 de diciembre de 2001  

Como un avión que hubiera detenido sus motores casi al comienzo del vuelo, y planeara desde entonces perdiendo altura, casi todo el mandato presidencial de De la Rúa ha estado caracterizado, hasta el momento, por ser un período inercial de la historia argentina, sin propulsión ni motorización propia.

A riesgo de simplificar, cabe dividir la presidencia de la Alianza en dos, cortados por el antes y el después de la renuncia de Chacho Alvarez a la vicepresidencia. El primer período estuvo insuflado por una modalidad altamente reactiva contra el menemismo, más que por una estrategia positiva de país. Este fue el carácter inercial de la primera etapa: buscar invertir en el espejo una imagen, en vez de acertar con la creación de otra.

Las dos motivaciones originales que alimentaron los discursos de acceso al poder fueron la lucha contra la corrupción y la promesa de crecimiento con justicia social. Muy pronto, sin embargo, se dieron los hechos que hirieron de muerte a ambas motivaciones: los impuestazos iniciales de la era Machinea, que acentuaron la depresión, y los sobornos en el Senado, que nunca se esclarecieron.

Estos hechos supusieron la contradicción material de los ideales originales, lo que convirtió a estos ideales, a partir de su desactivación, en un poderoso boomerang dirigido contra quienes los instalaron en el horizonte de la conciencia colectiva. A cierta altura, en síntesis, toda la fuerza motivadora de la gestión de la Alianza se volvió contra sí misma, como si le hubiera salido un tiro por la culata.

Desde allí en adelante,se produjo una verdadera una implosión de la ilusión de la población, y las motivaciones fundamentales que originaron la creación de la Alianza y el acceso de De la Rúa al poder entraron en una deflación de sentido, entendiendo el sentido como un vector que se dirige de un punto a otro. De golpe, de un día para el otro, despareció el punto hacia el cual dirigirse.

Esta deflación motivacional, agregada a la deflación económica imperante, tornó este segundo período de la historia reciente argentina en algo carente de rumbo, convertido en un mero ejercicio de escape a las calamidades que fueron asomando sucesivamente, como si fuéramos talibanes bombardeados desde el aire.

De allí que, más allá de posibles razones de personalidad del Presidente, que no exhibió a juicio de la población capacidad de liderazgo ni de decisión, de golpe se perdió la razón de ser, y junto con ello se perdió algo decisivo para gobernar: la voluntad de poder.

La gente aplaudió, al momento de asumir, la debilidad objetiva del Presidente, por el ejercicio de diálogo que supondría gobernar con las provincias y Cámaras en contra, pero no le perdonó su debilidad subjetiva. Hay que recordar que se aplaudió la atomización real de su poder, el hecho de que fuera a priori uno de los presidentes constitucionales que asumía en peores condiciones de ejercicio del poder, porque fue imaginado como un signo de madurez.

Pero no se le perdonó que no resolviera con celeridad los conflictos internos, que emitiera falsos gestos de autoridad como aquel con que designó a Alberto Flamarique en la secretaría general de la Presidencia, y que provocara la casi ya prehistórica renuncia de Alvarez, o que no mantuviera a Patricia Bullrich en el gabinete, soportando presiones e intereses creados. La autoridad misma se ejerció con los cables cruzados: exceso de autoridad donde no hacía falta, para intentar demostrar que esta existía, y falta de autoridad donde sí era necesaria.

A su vez, y a pesar de su dramatismo, todo el período de la segunda etapa de gobierno ha estado en realidad signado por lo que Macedonio Fernández denominó alguna vez, la huelga de los acontecimientos. Todos los eventos, aún los más dramáticos como la aproximación al default han ocurrido en sordina, de modo largamente anticipado, al punto que el evento en sí no es otra cosa que la rúbrica confirmatoria de lo que uno ya presume que va a ocurrir.

Esta huelga de acontecimientos se dio acompañada por una creciente virtualización de todas las variables, desde el poder mismo hasta la convertibilidad, que pasó de tener, a partir del secuestro de los depósitos, dólares que nadie puede ver ni tocar.

Hay algo así como una inversión del tiempo: es como si estuviéramos desde hace un año sintiendo los coletazos de un terremoto que aún no se ha producido, como si estuviéramos sufriendo por anticipado algo que no ha llegado y presintiéramos que el epicentro del problema está aún delante y no detrás.

Esa dislocación del tiempo se ve también en el hecho de que, así como antes corríamos hacia el futuro en una hiperinflación desbocada, en estos días de corrida de depositantes, de emisión de papel pintado como moneda y de falta el respeto por los derechos constitucionales de propiedad de la población, pareciera que hubiéramos tomado un tren que se encamina, en cámara lenta, hacia el pasado.

Asimismo, no nos podemos permitir como población un nuevo fracaso institucional de acortamiento de un mandato, y tal vez no sea enteramente pertinente la comparación con la época final de Raúl Alfonsín. Si bien en ambos momentos hubo terremotos, los de aquella época tenían epicentro en una economía desquiciada que clamaba a gritos una reforma.

Los de la era De la Rúa, además del problema de depresión económica, tienen un epicentro de otro orden: una política completamente desquiciada, que es la nueva tarea de reforma que clama a gritos, la verdadera tarea que queda por asumir junto con el hallazgo de la fórmula que acierte con hacer crecer nuevamente a la Argentina.

No es tarde para retomar el vuelo, ni es tarde para retomar la motivación de la vida colectiva. Pero la erosión de la representación ha llegado al límite, como lo mostró la reciente votación, y de este motor apagado no tomaron nota aún aquellos que luchan denodadamente en la cabina por un espacio mayor de poder.

No es un partido solo ya el que puede retomar el control de los acontecimientos y no puede hacerse ya sin un congelamiento de los desacuerdos entre los que hoy tienen la responsabilidad del sistema político, donde tenemos depositado, también forzosamente, nuestro destino inmediato.

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