La imagen erotizada de las adolescentes en la TV y los adultos abusadores

Andrea Aghazarian
Andrea Aghazarian PARA LA NACION
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12 de diciembre de 2018  • 22:12

Salió a la luz una denuncia de abuso sexual de un adulto hacia una adolescente. Este hecho plantea y abre un abanico de situaciones donde lo que queda en evidencia es la vulnerabilidad de los niños, niñas y adolescentes ante el abuso de poder que se da en los casos de abuso sexual a menores.

El poder de un adulto está dado por definición frente a un menor, aún más cuando se trata de un marco de "trabajo infantil y/o adolescente". Trabajar siendo menor, adolescente y mujer es una de las situaciones de mayor exposición. En particular porque se tiende a generar una imagen erotizada de las chicas, que incluso ellas mismas intentan con esfuerzo sostener. Esto no significa que esa adolescente tenga la madurez necesaria para enfrentarse con su sexualidad en forma madura y mucho menos con la de un otro.

Ser mujer en un trabajo, siempre fue y espero que lo sea cada vez menos, objeto de distinto tipo de presiones, acosos, extorsiones por la propia condición de mujer. Decir "no", podría costar la pérdida de un trabajo; si no, las consecuencias de una acusación invertida sobre la mujer: "Ella es la responsable de no evitarlo". Esto, contando con la casi garantía de que no llegaría a conformarse la denuncia, ni en su entorno más cercano, poco o nada solidario con la víctima. Y mucho menos en la Justicia con un poder judicial machista y patriarcal, por miedo a ser doblemente victimizadas.

Una adolescente ante un hecho de abuso sexual, de acoso, de extorsión no tiene la personalidad suficientemente formada para garantizar evitarlo, no cuenta con el apoyo del entorno y lo que es aún peor siente mucha vergüenza de denunciar lo que ha sufrido, dado que se ve involucrado un rasgo de su identidad, central, su propia sexualidad, que aún se está conformando. Esto sumado a que no termina de reprocharse cómo es que no pudo evitarlo y detener al abusador.

Los adolescentes necesitan demostrarse a sí mismos que pueden con todo. Como un espejismo que los ayuda a enfrentar las muchas novedades, propias de esa etapa, así, no sólo con la exacerbación de su imagen, la necesidad de erotizarla, con juegos que comienzan a involucrar el propio erotismo, con el consumo excesivo de alcohol, en ocasiones, o drogas en otras, van enfrentando aquello que en realidad los aterra. Necesitan creer que pueden, para poder. Incluso así, no pueden y van probando a prueba y error.

Que un adulto aproveche esta explosión hormonal, la exacerbación de la imagen corporal, los miedos y una personalidad en formación para satisfacer sus deseos sexuales es hacer uso de un sujeto en forma de objeto, sin ninguna consideración de sus derechos y del estado de vulnerabilidad.

El hombre que hace uso del cuerpo de una adolescente abusándola sexualmente es una persona que no se sabe involucrar satisfactoriamente con sus pares. Necesita esta asimetría que le da la edad, la experiencia, incluso haciendo uso de la admiración que podría generar en la menor, lo que le otorga una posición de poder privilegiado. En los más violentos de los casos, incluso amenazando o haciendo uso de la fuerza física que genera pánico por el riesgo que representa.

Varias cuestiones se cruzan en cada caso: la ley, la conformación del poder judicial, el mercado laboral que cada vez involucra más a niñas/os y adolescentes erotizando su imagen y la fantasía de que una gran empresa podría protegerlos y cuidarlos los alejan de las familias, así los padres depositan la confianza y el cuidado en otros, a veces, olvidando que sus hijos e hijas adolescentes aún son menores y no están en condiciones de enfrentar semejante afrenta. No sólo por su edad, sino también por la falta de formación apropiada desde las instituciones escolares y las familias sobre la vida sexual. En este sentido, la implementación de la ESI sería de gran ayuda, información para elegir, cuidarse y no ignorar.

La sororidad, solidaridad entre mujeres, es un camino de apertura para denunciar, expresarse y mostrarnos mujeres en nuestros aspectos más vulnerables.

Si la imagen de la "mujer fatal", que todo lo puede, que atrae por su aspecto físico, era un lugar de fantasía sexual de muchos hombres, la de una adolescente le da la posibilidad al hombre de pensar que puede apoderarse de ella, sin grandes costos.

El abuso sexual siempre es un abuso de poder. Es cierto que hay adolescentes que han iniciado una vida sexual activa pero con su propio consentimiento, con su deseo en juego, con sus límites y con sus elecciones de un otro que la respete, teniendo aún un largo camino por recorrer.

"No es no" parece aún no respetarse, fundamentalmente cuando se trata de mujeres, niñas o adolescentes. El abuso sexual a menores es un ultraje, no sólo sobre el cuerpo, sino sobre la infancia y la adolescencia vivida en forma normal, a los tiempos de cada niño, pero fundamentalmente a ser un sujeto de derecho, a decidir cuándo, cómo y con quién. Cuando ocurre una violación el efecto es tan traumático que requiere de un tiempo para que esa menor lo pueda siquiera pronunciar.

Acortar esos tiempos, buscar personas formadas en el tema, siempre va a mejor el pronóstico para la vida adulta.

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