La importancia de un área que debe conservar su peso propio

Los escasos fondos que Kirchner dedicaba a la cultura en Santa Cruz no hace presuponer que vaya a ser la niña mimada de su gestión
Pablo Sirvén
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25 de mayo de 2003  

Cultura y política siempre fueron mundos de galaxias alejadas años luz entre sí. Y mucho más desde que el mandato de economizar se convirtió en un letal y creciente agujero negro entre esas dos paralelas que nunca se tocan. Sólo ver la insignificancia que Néstor Kirchner dedicaba a la cultura cuando gobernaba Santa Cruz -apenas 0,55 por ciento de su presupuesto (en el nivel nacional, ese porcentaje sube a 1,7)-, no hace suponer que ella, precisamente, pueda ser la niña mimada del nuevo mandatario.

Pero, por otro lado, resulta ciertamente auspicioso el nombramiento de Daniel Filmus al frente del Ministerio de Educación, y los recientes acercamientos mediáticos del matrimonio Kirchner a Miguel Angel Estrella y a Mercedes Sosa, tanto como la posibilidad de que Tomás Eloy Martínez ocupe la embajada argentina en Estados Unidos, marcan movimientos inusuales que pueden quedar en meros gestos o fructificar en bienvenidas acciones que instalen de una vez a la cultura como una de las herramientas principales del cambio en profundidad que necesita la Argentina.

Es bueno también que, contra lo que se vaticinaba, la Secretaría de Cultura no haya perdido su rango cuasiministerial -desde 1996 para acá funciona en la órbita presidencial y su titular participa de las reuniones de gabinete- para volver a depender del ministro de Educación. Esto en principio no habría permitido avizorar un mayor protagonismo para el área y ni siquiera su mantenimiento en el nivel que le conocimos en estos años (con los perfiles altísimos de Pacho O´Donnell y Darío Lopérfido o, más austero, de Rubén Stella) y amenazaba con causar gran malestar entre figuras y trabajadores de este ámbito.

Cultura, ya de por sí, comprende demasiados temas -institutos de cine y de teatro, bibliotecas, museos, cuerpos musicales, el Teatro Cervantes, premios nacionales y edición de obras, entre otras funciones- como para perder su autonomía y pasar a ser una secretaría más dentro de un ministerio a su vez gigantesco y con requerimientos más acuciantes.

En relación al área cultural, habrá que ver también si una vez instalado en lo más alto del poder, Néstor Kirchner respetará o no la autonomía del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, que no sólo incluye el manejo de sus propios recursos -un logro de la gestión saliente-, sino el mantenimiento en su puesto de Jorge Coscia, nombrado por cuatro años recientemente. Y más interesante que ello será ver cómo se resuelve la polémica aún abierta por el manejo del Instituto Nacional de Teatro: su autonomía todavía sigue en veremos -están en juego unos 13 millones de pesos anuales- y los amagos de cambios resistidos en su funcionamiento interno se mantienen latentes.

Un gran desafío que también enfrenta la nueva administración es motorizar una ley de radiodifusión de la democracia que, veinte años después de su restauración, no fue capaz todavía de implementar en reemplazo de la desgastada, autoritaria y anticuada norma que lleva la firma de Jorge Rafael Videla y que aún rige con desprolijas modificaciones decididas según la conveniencia del funcionario de turno. Qué sesgo pretende darse a Canal 7 y a Radio Nacional y saber si Kirchner convalidará o no el abrupto crecimiento del aparato estatal de medios provinciales y municipales, propiciado por Eduardo Duhalde en las últimas horas, es otra de las incógnitas a despejar.

Superar la inestabilidad contractual del Coro Polifónico; llamar a concurso para renovar y convalidar a los miembros de la Orquesta Sinfónica y dotar al Ballet Folklórico de estructura artística, tanto como una mejor difusión de los trabajos de estos cuerpos, completarán las acciones emprendidas en el último año y medio.

Las nuevas perspectivas políticas y económicas de esta coyuntura abren un espacio auspicioso al fortalecimiento de las industrias culturales, que favorecerá el diálogo y la complementación permanente entre el sector público y el privado, con vistas, además, a la imprescindible creación de polos de desarrollo audiovisual.

La inserción del cine argentino en los mercados internacionales y el crecimiento en un 5 por ciento en la venta de entradas en el primer cuatrimestre de 2003 en comparación con el mismo período del año pasado, plantea otra atractiva plataforma inicial de reactivación que, bien estimulada, podría suponer sustanciales logros en el corto y mediano plazo.

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