La incertidumbre ahora es la gobernabilidad

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
El abrumador respaldo a la fórmula de la oposición y el durísimo revés del Gobierno reconfiguran el escenario político, con un complejo camino hacia las elecciones de octubre
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12 de agosto de 2019  

La enorme incertidumbre política que había hasta ayer en la Argentina, y que entre otras cosas tenía efectos sobre la economía, no desapareció, mutó. Ahora el primer motivo de incertidumbre ya no se refiere al favorito para las elecciones, sino a la gobernabilidad, asunto todavía más serio.

A lo mejor era lo que faltaba para que la dirigencia política se convenciera de una vez de que las PASO no deberían existir. No es que sobran. Mucho peor, son un problema, porque no armonizan con las rigideces del sistema presidencialista. Distraídos tal vez con la discusión lateral de si las PASO son caras o no, nadie había previsto lo que ocurrió anoche: un presidente sin contrincante intrapartidario que tras las "primarias" admite (caballerosamente, dicho sea de paso) que fue derrotado. De algún modo -los críticos dirán que es por la envergadura de la derrota- es un presidente que confiesa su debilidad. Dice que hay que seguir trabajando, pero nadie sabe muy bien cómo. "Es responsabilidad de todos", explica cuando le preguntan por el impacto en la economía. ¿Cómo se pasa en la Argentina de la grieta a la categoría todos cuando todavía ni siquiera se celebraron las elecciones verdaderas? ¿Qué margen político hay en plena campaña electoral principal (la que empieza hoy) para hacer acuerdos, por lo demás desacostumbrados en un país en el que se llegó a boicotear la trasmisión del mando?

Podría decirse que lo que hubo en las urnas fue un simulacro, pero en todo caso funcionó -así es leído- como ensayo general. Aunque a nivel presidencial no se eligió a nadie ni hubo ninguna interna quedó delineado un futuro probable que, en caso de verificarse, tardará tres meses y medio en llegar. Hasta el 10 de diciembre hay 121 días: en términos argentinos, un siglo.

No es novedad que las PASO fueron inventadas para una cosa y resultaron otra. Lo novedoso es que esa tergiversación se combinó con un resultado inesperado que adelanta la presunción de que cambiará el gobierno. Es decir, que el gobierno que debe seguir gobernando perdió el respaldo 76 días antes de que el humor popular se exprese en términos electoralmente válidos.

En los regímenes parlamentarios cuando un gobierno pierde el respaldo popular se lo despacha lo antes posible. De inmediato se les encomienda a los principales opositores que formen un gobierno nuevo. Pero en el presidencialismo eso no es posible, porque los mandatos tienen una duración fija. Y no hay forma de que una alteración de ese principio no sea traumática. En 1989 Alfonsín se vio obligado a renunciar después de las elecciones del 14 de mayo, en las que su partido perdió, porque no pudo controlar la economía pero también por un error del cronograma, debido a que se había proyectado una transición de medio año con dos presidentes simultáneos, el saliente y el entrante. Esa mala experiencia nunca fue relacionada con las PASO y sin embargo ahora su recuerdo resucita.

En la democracia de manual la alternancia es algo rutinario y la convivencia, una costumbre. Pero en la Argentina no, mucho menos en la Argentina agrietada. La reposición de un gobierno kirchnerista significaría un giro para el país en muchos órdenes. Pero lo que viene todavía no es eso, sino la continuidad de un Macri derrotado por un kirchnerismo que se percibe gobernando.

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