La iniciación en el hábito de fumar

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6 de diciembre de 2001  

Una información reciente, fruto de una investigación emprendida por la Comisión Tabaco y Salud, dependiente de la Secretaría del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y de la Facultad de Medicina de la UBA, indica que ya en el último año de la escuela primaria el 4.6% de los alumnos comienza a fumar. Un año después, en el primero de la escuela media, ese porcentaje crece al 22% y, hacia el fin del secundario trepa al 42%.

Esta precoz iniciación de un hábito que, cuando se establece cuesta mucho desarraigar, confirma otros estudios realizados en nuestro medio en los que se ha venido verificando que la mayoría de las adicciones empieza cada vez más tempranamente. Así ocurre con la marihuana, la ingestión de bebidas alcohólicas o el acostumbramiento a otras drogas que entrañan los mayores peligros para la salud.

Conviene recordar estudios realizados en Francia, en el último bienio del siglo pasado, que reafirmaron el conocimiento acerca de los daños que producía el tabaquismo, adicción que ubicaron junto a la de los psicotrópicos y alucinógenos por la severidad de sus efectos. Aunque se ubicaba en un primer lugar de riesgo a la heroína, el alcohol y la cocaína, la investigación subrayó que el perjuicio del cigarrillo derivaba de la facilidad con que se establecía con carácter de dependencia adictiva y por la gravedad que asumían sus consecuencias para los aparatos circulatorio y respiratorio.

Puede agregarse otro efecto indeseable, formulado por el coordinador del estudio cumplido en el país. El consumo de tabaco hace que quien fume multiplique sus posibilidades de caer en el alcoholismo, de acceder a la marihuana o de acudir a otras adicciones de drogas.

Esta realidad de conductas no deseables también se dan en la escuela, de manera clandestina, a pesar de los controles que se establezcan. ¿Qué hacer ante esta circunstancia cuando se ponen en evidencia? Las penas disciplinarias de otrora -de dudosa eficacia- ya han sido abolidas. Las sanciones que acuerden los consejos constituidos para cuidar la convivencia institucional poseen un efecto relativo. El camino más firme para combatir el tabaquismo es la prevención.

En ese sentido cabe anotar que los alumnos tienen insuficiente información que, por otra parte, a veces rechazan porque la vinculan con el mero afán de asustarlos y desalentarlos en el desarrollo del hábito. De ahí que la metodología de la comunicación por seguir con los adolescentes tiene que estar dotada de inteligencia y equilibrio y unir la prevención fundada en los riesgos con la propuesta oportuna de actividades positivas, de práctica deportiva, ejercicio de habilidades técnicas o artísticas, u otros modos efectivos de alejar al joven del cigarrillo.

Desde luego, más allá de los límites escolares, en el seno de la familia debe existir una preocupación de la misma índole y así, también, en la sociedad, cuya preocupación se ha ido extendiendo a través de la aplicación de criterios de protección para los no fumadores, mediante la determinación de ámbitos de "aire limpio". Se puede percibir directamente cuán significativo es cooperar en medidas destinadas a cuidar del aire que respiramos y que el cigarrillo contamina. Este concepto, de raíz ambientalista, es una invitación a que los adolescentes se conviertan en activos cultores de la prevención.

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