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La lectura, en capilla

Por Rodolfo Rabanal
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30 de marzo de 2000  

Aunque todo el mundo se alarma por la creciente pérdida del hábito de la lectura en las generaciones argentinas más jóvenes, nada indica, al menos hasta ahora, que la tendencia vaya a invertirse en los próximos tiempos. Por lo contrario, es más fácil sospechar una deserción de lectores aún mayor para el inmediato futuro, sobre todo si se tiene en cuenta el aplastante estado de la educación y el éxito irreversible del entretenimiento fugaz, audiovisual y fragmentario que parece estar en la base de una cultura marcada por la ansiedad, o la impaciencia. Semanas atrás, le preguntaron a María Elena Walsh qué razones encontraba ella que pudieran explicar la falta de interés que los chicos muestran hoy por la lectura y su respuesta fue contundente. A su juicio, los chicos no leen porque sus padres tampoco lo hacen y están, en cambio, más preocupados por llevarlos a Orlando que por guiarlos hacia los libros.

El desasosiego de los editores es igualmente significativo cuando añaden a la falta general de lecturas una indiferencia particular por los libros de ficción, y de manera inquietante, por los libros de ficción argentinos; en suma, ya no se leen novelas, cuentos, poemas, relato o teatro. Es suficiente observar las listas dominicales de best sellers para distinguir las abaratadas preferencias del público: libros de autoayuda, biografías sencillas, historias simplificadas que persiguen el propósito de ser rápidamente consumidas, rápidamente olvidadas e inmediatamente reemplazadas.

Personalmente ignoro de qué manera podría alentarse la lectura, pero intuyo que la enseñanza de la literatura en los colegios no pasa de ser un procedimiento formal desprovisto, salvo casos excepcionales, de la seducción y el entusiasmo que la práctica exige. Me pregunto si los profesores y los maestros explicarán la utilidad de las obras literarias de imaginación, si dispondrán ellos de los argumentos necesarios y eficaces que tornen apetecible un ejercicio en declive. Quienes hayan leído a Borges recordarán que identificaba a la lectura con el placer y que basaba sus clases en esa condición "hedónica" de las letras. Muy probablemente hayamos olvidado la notable vitalidad que contienen las mejoras obras de ficción, pero hasta tal punto son vivaces y envolventes que podemos no saber nada de la vida de José Hernández y sí, en cambio, recordar con emoción diversa la peripecia del gaucho Martín Fierro. Las obras de la literatura -un poema, una novela- tienen la facultad de instruir y enriquecer nuestra imaginación y también la compleja virtud de ampliar nuestra experiencia vital. No podemos imaginar qué pasaría con nuestra conciencia y qué pasaría con la noción que tenemos del mundo si ya nunca se leyera un libro y si ya nunca más se escribiera. Supongo que viviríamos en una tierra yerma. Sin educación es casi imposible leer, sin lectores es casi imposible escribir, y sin lecturas es imposible fundar y sostener una cultura.

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