La letra chica de otra frustración

Entregamos aquí fragmentos salientes de El sueño eterno (Planeta-LA NACION), de Joaquín Morales Solá
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16 de diciembre de 2001  

López Murphy era el candidato cantado desde el principio (tenía sobrados conocimientos en la materia), pero De la Rúa no dejó de hurgar aquí y allá, desconfiado, temeroso de que el entonces ministro de Defensa le hiciera un desplante.

El Gobierno afirmó que el numero dos del Fondo Monetario, Stanley Fischer, no intercedió por López Murphy. Sin embargo, puede asegurarse que Fischer le envió su opinión al Presidente y que esa opinión, que excluía a Colombo de la protección del Fondo, desembocaba directamente en favor de López Murphy o de Cavallo.

(...) Fischer debería, además, apadrinar los incumplimientos inminentes de la Argentina. En rigor, Machinea peleó para que el déficit del primer trimestre de 2001 fuera de unos 2500 millones de dólares; el Fondo presionó y consiguió que fuera sólo de 2100 millones. Pero la recaudación de diciembre había sido mucho peor que la esperada y el déficit real de esos tres meses ya se estimaba que superaría en unos 800 millones de dólares a la segunda de esas cifras. López Murphy no haría dibujos propios de economistas y venía dispuesto a difundir el déficit exacto.

De la Rúa conocía la posición de López Murphy y, por eso, nunca quiso del todo su aterrizaje en Economía. El día que renunció Machinea, López Murphy estaba en París. El Presidente encomendó a Machinea la tarea de convencerlo para que aceptara el cargo de ministro de Economía, después de escuchar una larga exposición del ministro que se iba en favor de López Murphy. Machinea habló por teléfono durante 45 minutos con el entonces ministro de Defensa y chocó en todo momento con una cerrada negativa de López Murphy a aceptar esas funciones.

Cuando Machinea le explicó a De la Rúa el rechazo de López Murphy, le aconsejó también que lo llamara personalmente. "Tenés que llamarlo vos", le dijo. "¿Para qué? Me va a decir que no", le respondió el Presidente, que seguía buscando el argumento para nombrar a la dupla Colombo-Cavallo. Machinea reaccionó casi de manera descortés ante De la Rúa, por primera vez en su corta relación: "¿Cómo que te va a decir que no? Para algo sos el presidente de la Nación", le replicó. De la Rúa lo llamó y López Murphy terminó aceptando el cargo.

Machinea, que siente respeto y afecto personal por el duro López Murphy, le había anticipado por lo menos en dos oportunidades, mucho antes de la renuncia, que debía prepararse para sucederlo. La respuesta de López Murphy consistió siempre en calificar como un "disparate" la alternativa que planteaba Machinea, porque él no tenía el apoyo político del que disponía el ministro de Economía. "No tiene sentido mi designación en tu lugar porque voy a tener serios problemas políticos", le dijo invariablemente.

López Murphy y su equipo no estaban dispuestos a hacer lo contrario de lo que creían. Su idea era meter mano, primero, en los gastos de la política que sobrellevaba el Estado, como los excesos del PAMI y de la Anses, y controlar las desmesuras de la Universidad de Buenos Aires.

Cavallo estaba más cerca de no ser nada que de recalar en el Banco Central. Su desencanto con los manejos políticos del Presidente quedó expresado en una frase lapidaria, que repitió varias veces: "Todo es muy desprolijo y poco serio", dijo sobre el exagerado fárrago de esos días. Sabía, además, que si a López Murphy lo abatían la fatiga y la decepción, el poder caería, irremediablemente, en sus manos.

El fin de la Alianza

El viernes 16 de marzo, López Murphy anunció sus medidas, que incluían un nuevo ajuste del orden de los 1860 millones de pesos en el gasto público. La noche de ese jadeante viernes, la Alianza caducó como experiencia de gobierno.

López Murphy sorprendió a muchos argentinos, pero no a su presidente. Le llevó el proyecto de sus medidas, le aclaró que podía rechazarlas y que, en ese caso, él tenía la renuncia preparada. De la Rúa le respondió que todas las medidas de su ministro contaban con su apoyo y le ordenó que saliera al ruedo a anunciarlas y a defenderlas.

La situación fiscal que había dejado Machinea era difícil, pero no dramática. Después del blindaje, el Gobierno necesitaría a lo largo del año 2001 contraer créditos por unos 3000 o 4000 millones de dólares, una cifra que no era inalcanzable en ese momento, con el riesgo país apenas por encima de los 700 puntos. Lo que empezó a aparecer fue que el problema fiscal no era sólo el gasto, sino también la permanente caída de la recaudación impositiva por la parálisis de la economía. Machinea cometió, además, el error de pasar el déficit de diciembre de 2000 a enero de 2001. El déficit se dislocó entonces en el primer mes del nuevo acuerdo con el Fondo. Pero los depósitos en el sistema financiero siguieron aumentando hasta fines de febrero.

El gran capital de López Murphy era convencer a los mercados de que la situación era manejable. Pero gente de su equipo (no él) decidió comentar a diestro y siniestro que la situación era desesperada y que el default estaba a la vuelta de la esquina. Creyeron que ésa era la manera de convencer a los dirigentes políticos de que se debían tomar decisiones muy severas. Pero los interlocutores de ese equipo eran los mercados y no los políticos. Por lo tanto, convencieron a los mercados y no a los políticos.

Las medidas de López Murphy provocaron la implosión del Gobierno y de la Alianza. Con la renuncia de medio gabinete que siguió al discurso del ministro, Raúl Alfonsín y Carlos Alvarez quedaban, técnicamente, fuera del Gobierno, pero no era cierto que se hubiesen propuesto esa decisión de manera tan explícita. Más bien fueron sobrepasados y conducidos por la marea interna de sus partidos.

De hecho, el ex vicepresidente anunció, a las 19 de ese viernes 16, que sólo se iría del Gobierno el nuevo y fugaz ministro de Desarrollo Social, su amigo Marcos Makón, que era también su nexo con Cavallo; una hora y media después todos los funcionarios del Frepaso habían abandonado la administración.

En la media tarde del mismo viernes, Alfonsín le había ordenado al interventor del PAMI, Federico Polak, su viejo amigo, que no creara más problemas que los que el Gobierno podía resistir. Dos horas más tarde, dos ministros radicales de la extrema confianza de Alfonsín, Federico Storani y Hugo Juri (que había reemplazado a Llach en Educación), iniciaban el rosario de renuncias.

Faltaba descubrir todavía cómo sería la ingeniería política que sostendría _o no_ a Ricardo López Murphy y a su pétrea decisión de hundir el bisturí hasta el fondo, aunque con el correr de los meses sus medidas de entonces se parecerían más a una caricia que a una herida. Forzosamente, se planteaba una transición entre un sistema político que había caducado y un nuevo orden, que todavía no existía. Fernando de la Rúa se meció entre Domingo Cavallo y alguna de las distintas vertientes del peronismo; todas las fórmulas imaginadas por sus desorientados hombres tenían cierta dosis de incompatibilidad. La política argentina entró en un ciclo de intensa atomización del poder.

De la Rúa quedaba sólo con el delarruismo; éste era un antiguo plan de su círculo más íntimo (su hijo Antonio, Santibañes, Patricia Bullrich, Colombo, Nosiglia y Carlos Becerra) preparado para cuando llegaran los tiempos de gloria del Presidente. Sólo el ministro de Defensa, Jaunarena, quedó con el cargo sin militar en ese entorno, formado por amateurs de la política en gran medida.

Ni Nosiglia ni Becerra estaban entre los inexpertos, pero ellos parecían elegir siempre la cercanía del poder ante cualquier otra alternativa. Mostraron desconcierto en esas horas y le deslizaron al Presidente informaciones equivocadas sobre la reacción política. Los otros ministros (como el canciller Rodríguez Giavarini o el titular de Salud, Lombardo) pertenecían al delarruismo histórico.

Nosiglia nunca creyó en la Alianza; en esos días llegó a coaligarse con Leopoldo Moreau para discutir con Storani y con el delarruista Rafael Pascual sobre la inconveniencia de continuar con la política aliancista.

(...) Pero la gloria presidencial no llegó. Rodeado sólo por tales figuras, al Presidente le era imposible la construcción de una política eficiente; estaba impedido, virtualmente, de arrancarle una sola decisión al Congreso.

El nombre de Domingo Cavallo se mencionó más en esas horas que el del propio López Murphy. Cavallo calló (sólo anduvo pregonando la necesidad de un "discurso optimista" por todos lados); confiaba en su destino y en su poder inminente con la convicción de los viejos marxistas cuando creían que la historia terminaría, inexorable, posándose al lado de ellos. Hablar de Cavallo como presidente del Banco Central era ya tan viejo como analizar la revolución de 1930. Un gobierno que tuvo la increíble capacidad política de licuar en un mes el blindaje de 30.000 millones de dólares, y de desgastar en una semana el prestigio edificado durante veinte años por López Murphy, necesitaba cada día que pasaba de actos más grandes y audaces para asegurar su subsistencia.

Cavallo tenía un viejo proyecto político: convertirse en superministro de un gobierno con la coalición reconstruida. Siempre creyó que Alvarez debía volver a la administración (lo propuso como jefe de gabinete) para que el gobierno de De la Rúa pudiera volver a empezar. Ahora le agregaría, además, la necesidad de un pacto mínimo de gobernabilidad con los tres gobernadores peronistas.

Ese plan tenía la desventaja de que el ala alfonsinista del radicalismo podía combatirlo, aunque en esas horas de crisis se aseguró que Alfonsín no le pondría a De la Rúa ningún obstáculo para que pudiera salir de la ratonera donde estaba.

(...) Por primera vez desde que se había ido de la vicepresidencia, Alvarez comentó entre íntimos ese proyecto de Cavallo y no descartó que él pudiera volver al Gobierno. "¿Estás dispuesto a volver con Cavallo?", le preguntó uno de sus amigos. "No lo sé. Veremos", respondió en la tarde bamboleante del viernes 16 de marzo.

El otro proyecto de coalición contemplaba al peronismo y tenía el respaldo de Santibañes, Nosiglia, Bullrich y Colombo, además del omnipresente hijo presidencial.

Desde el punto de vista parlamentario, era tal vez el plan más certero porque el peronismo tenía la mayoría del Senado y un poderoso bloque de diputados.

Su problema era que no existían referentes válidos del justicialismo en condiciones de disciplinarlo. El menemismo tenía poco y nada para ofrecer (un par de senadores y una quincena de diputados), y a los tres gobernadores los separaban intereses contradictorios; creían, además, que les correspondería el turno de poder que se aproximaba y, encima, tampoco decidían sobre los bloques parlamentarios, que se movían en permanente estado de asamblea.

Los delarruistas más racionales (Rodríguez Giavarini, entre ellos) el sábado 17 de marzo le llevaron al Presidente el consejo de que comenzase a suturar cuanto antes las heridas con su partido. Es cierto que De la Rúa tuvo un conflicto con sus aliados frepasistas, pero antes lo tuvo con el propio radicalismo.

Nunca había soportado como presidente, por ejemplo, la carga de agresión verbal que le asestaron algunos de sus correligionarios en la noche del jueves 15 de marzo, cuando López Murphy daba las últimas puntadas a su plan.

Storani y los delarruistas Nicolás Gallo y Pascual, una de las mezclas políticas más raras que haya dado la historia de esas horas, pujaron vanamente para que López Murphy suavizara su cirugía. "Necesitamos un poco de aire", le suplicaron poco antes de fracasar. Lo próximo que explicó Storani fue su renuncia ante el Presidente, quien lo untó de elogios empalagosos hasta que el ya ex ministro cortó el diálogo: "Sí, sí, pero nunca me tuviste confianza", se vengó. Muy cerca de ellos, López Murphy había decidido vivir o morir envuelto en las banderas de su fe.

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