La lógica del aguante en territorio intelectual

Nicolás José Isola
Nicolás José Isola PARA LA NACION
La agresividad de nuestra conversación pública produce heridas y genera muchos silencios
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12 de mayo de 2017  

El debate social argentino parece ser un tributo al eterno retorno griego. Somos un hámster jugando en esas típicas ruedas metálicas: al final del día estamos casi en el mismo lugar, agotados.

Nuestra conversación pública es verborrágica y encendida, pero no acumula sentidos. A eso se suma que los datos y los hechos demostrables no parecen tener valor persuasivo. El idealismo ficcional se ha adueñado de nuestras conversaciones, y quien dice la verdad casi no dice nada. En ese posfactualismo, lo real aparece licuado bajo una constante interpretación que puede discutirlo y tergiversarlo todo. Se torna fatigoso sobrevivir en ese mundo de Alicia de la posverdad apasionada, donde es posible decir que tenemos menos pobres que Alemania sin que nada pase.

La paz social precisa la correspondencia entre el mundo percibido y lo que el mundo de la vida cotidiana es. La asimetría constante de un surrealismo artificial perturba el psiquismo, que procura cierto orden. Esa falla orográfica intencional entre lo real y lo imaginario ha ido erosionando toda buena intención en el diálogo y logró perforar diferentes ámbitos sociales. Hay un conjunto amplio de actores que permiten, validan e incentivan estas dinámicas que precarizan nuestras argumentaciones. Interesa adentrarnos aquí, especialmente, en dos ámbitos nucleares del campo cultural: los medios de comunicación y el espacio intelectual.

El bajo capital cultural del periodismo, máximo vehiculizador de la discusión pública, estimula un relativismo por momentos perverso, abonado por la ansiedad de tener rating o recibir clics a cualquier costo (incluso el de la subestimación del lector). Con excepciones, al escuchar la radio, ver televisión o leer el diario la sensación integral que queda es de confusión y ruido. Se profundiza una inflación de la palabra: hay mucha en circulante, pero poco vale y poco interesa atesorarla.

Se trata de una suerte de fuerza centrífuga informativa que nos aleja -en ocasiones a propósito- del centro, del espacio complejo, personal e íntimo en el cual podemos arribar a alguna respuesta. Sobreabunda la nada. El bochinche irreflexivo de un pseudoperiodismo degradado es un zapping del sinsentido que deshidrata el lenguaje social: el consumidor bebe y bebe información a borbotones y sigue con sed. La banalización que suele confiscar audiencia no ayuda a centrarse ni a realizar un balance subjetivo, pero madurado. A veces la culpa sí la tiene el chancho. Como nos ven nos tratan. Nos dan de comer porquerías.

Tampoco la buena voluntad tiene prensa. Intratables, el programa político de la televisión abierta con mayor rating que propone la participación de todas las voces, tiene como nombre un adjetivo que hace de la irritabilidad su bandera. Razonable. El nombre tramita en sí la nula intención de llegar a un acuerdo. Los efectos sonoros en off se sobreponen a los participantes gritando. Todas las voces, juntas, es ninguna voz. En esa incapacidad de tratar con el otro se simula una distribución de la palabra que, espiando el pico de rating, sólo propone la intermitencia y la depreciación de cualquier conclusión consensuada. El caos comunicativo garpa. En esa discusión entre sujetos que se jactan de ser intratables, el valor de arribar a una posible conclusión queda rezagado en pos de agraviar desde etiquetas ideológicas.

Twitter, la red social en la que muchos se dedican a aceitar este cinismo, expresa bien este fenómeno. Es el ágora de los manotazos. Allí, puede leerse a menudo a periodistas e investigadores insultarse como si estuvieran en el vestuario de una cancha, solos. Ya no hay pudor alguno en prepotear en público. Esto lo hacen por igual personajes liberales o nacionales y populares. El fanatismo es coparticipable. Sin embargo, cada tanto aparece el milagro de un intercambio constructivo y sereno entre personas que piensan distinto. Un poco de luz en la oscuridad. Un oasis.

En ámbitos en donde debería primar una cierta dosis de respeto, rigurosidad y objetividad, como el campo científico o intelectual, el panorama de bajísimo tenor empírico también se ha tornado habitual. Junto con ello, desde la denominada derecha hasta la denominada izquierda, el diálogo intelectual argentino se ha centrado más en obstruir la palabra del otro que en procurar un universo común que sea habitable. Nada nuevo.

Ante la mínima disidencia, se apela a la polarización. Se le baja el precio al contrario y se milita la peor versión del otro. Ningunear es un oficio respetable. Esa subestimación estructural plantea serias dificultades con la noción de diversidad. Aparece así, una y otra vez en nuestra cultura, una tendencia muy arraigada que apuesta a homogeneizar la palabra y a desatender las razones ajenas (se las aborrece aun antes de oírlas).

El escritor C. S. Lewis decía que la diferencia entre el Bien y el Mal es que el Bien desea: "Que todos sean uno", procurando cierta unidad en la diversidad, mientras que el Mal anhela: "Que todos sean yo", en un monismo personalista asfixiante.

Muy comúnmente, en nuestra conversación pública y política, los argentinos hemos forzado al otro a que sea yo. Lo seguimos haciendo. Esa forma de violencia simbólica en el campo intelectual, sumada a la escasez paulatina de la empatía entre colegas con visiones opuestas, ha lastimado y generado no pocos silencios. Comprensible.

Desde diversos colores ideológicos, existe un panóptico subterráneo muy instalado que precede a la palabra y muerde en los talones al diferente hasta esquinarlo. Se trata de la lógica del aguante en territorio intelectual. El idealismo que vigila y castiga para subordinar lo real operó una presión simbólica descomunal y opera aún en determinados subsuelos del campo universitario e intelectual. Algunos, incluso, se han jactado de ese comportamiento inamovible y conservador (arengan colgados de su paraavalanchas ideológico como los hinchas defienden los trapos). Esa senda antipluralista la transitamos repetidamente: nos lleva siempre cuesta abajo.

En esta aldea agresiva, debe escogerse delicadamente cada una de las palabras que se van a utilizar si no se desea ser tergiversado o rotulado con los motes de turno. Con la empatía en faltante, todo puede ser usado en contra del emisor: cualquier desliz se pagará con un ataque. Hablar es andar en un terreno plagado de minas antipersonales. En fin, en eso está nuestra conversación pública: entre aquella verborragia mediática infecunda y esta rispidez intelectual.

El amplio debate del campo de la cultura precisa dejar el cortoplacismo y ganar espesura. Hemos peleado mucho. Estamos cansados. Precisamos ser maduros y audaces para vigilar un poco más de cerca nuestro mañana. Porque es nuestro. Urge que entre todos y con todos comencemos a trazar otros caminos y modos de diálogo público. Tenemos que hacerlo y no por nuestros hijos: es una cuenta pendiente con nosotros mismos. Para ello, tal vez tengamos que desaprender la virulencia brutal que se nos impregnó en las ropas en estos últimos años.Tenemos que apurarnos antes de que el porvenir se nos escurra.

Filósofo y doctor en Ciencias Sociales

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