La magia no está de moda

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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21 de diciembre de 2018  

No hay caso: por más que nos esforcemos, por más que intentemos remedar escenas de película o nos desvivamos por hacer todo "lo que se debe", a muchos no nos salen las Fiestas.

La mesa es muy corta y los platos, vasos y cubiertos, de todos colores y diseños, se obstinan en quebrar el orden inmaculado y geométrico que ansiamos lograr con genuino entusiasmo. Los invitados llegan tarde. La comida nos queda sosa o demasiado salada. Los postres sufren el ataque de algún "predador" antes de hora. El café se enfría. A pesar de que nos multiplicamos para hacer el comentario más atinado y mostrarnos exultantes, la armonía es artificiosa o se desata una discusión antipática. El balcón es demasiado estrecho para festejos. Nuestros fuegos artificiales son menos luminosos, coloridos e impactantes que los que vemos a lo lejos, hacia los cuatro puntos cardinales. ¡Qué frustración!

Pero hay casos peores. Por ejemplo, cuando los recursos no alcanzan para celebraciones. La familia está disgregada; algunos viven lejos, incluso en otros países, y tienen que contentarse con un beso digital. Otros, simplemente, están solos. Tal vez en un cuartito minúsculo, en una residencia geriátrica o... en la calle. Ellos se quedan del lado de afuera, mirando.

Nos decimos que todo esto forma parte de la ruleta de la vida, pero no es fácil festejar cuando la alegría está tan mal repartida. Y por si todo esto fuera poco, ya ni los chicos conservan el deslumbramiento que solía teñir estas fechas: muy rápido se enteran de que Papá Noel son los padres. (Menos mal que existe YouTube, porque si no, hasta hubiéramos perdido los villancicos navideños...)

Hay que aceptarlo: la magia no está de moda. Con los nuevos medios de comunicación ganamos posibilidades impensadas, pero la palabra perdió el aliento sagrado de otros tiempos. En un antiguo breviario de Salvat ( Los cuentos de hadas: historia mágica del hombre), cuenta Rodolfo Gil que un filósofo árabe medieval, Al-Kindi, del siglo IX a.C., consideraba los sonidos como elementos primarios de la creación que, una vez puestos en movimiento, producen ondas; cada sonido con su propia longitud, su propia cualidad inherente y su capacidad de provocar efectos distintos según el objeto sobre el cual actúe. "De este modo -escribe-, el poder de las palabras es tal que puede cambiar los estados de ánimo de los seres vivos, alterar las condiciones propias de las fuerzas naturales, provocando por ejemplo fenómenos contrarios a la ley de gravedad, y crear formas nuevas a partir de los elementos de la materia".

Cuando no existían pantallas portátiles ni videojuegos, eran las narraciones orales y los relatos maravillosos los que nos permitían conocer a los antepasados y, de alguna forma, también a nosotros mismos. Una ronda, el silencio de la noche y la voz del cuentista, sumados a la fascinación de historias hechizantes, nos transportaban más allá de la rutina de todos los días, a un mundo de emociones y personajes que fusionaban la fantasía con la realidad y, aunque solo fuera por ser tan diferentes de todo lo que conocíamos, resultaban extraordinarios.

Narrar, acierta Gil, no es un hecho intrascendente. Es convocar el embrujo de un pasado del que nunca sabremos si es verdaderamente cierto y que puede convertirse en un ritual hechizante. Además de la diversión que ofrecen, las Fiestas, con sus reuniones y reencuentros, eran (¿son?) una oportunidad para revivir relatos fantásticos que nos alejan de esa "peste del olvido" que el personaje de Rebeca lleva al Macondo de García Márquez.

Por suerte hay algo que no cambia y que todos poseemos. Al norte y al sur del Ecuador, en las ciudades más opulentas y en los pueblitos más solitarios, ni al rico ni al pobre se le negará el cielo oscuro salpicado de estrellas, origen de todos los misterios.

Por: Nora Bär
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