La maldición de las armas químicas

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
Son, desgraciadamente, relativamente fáciles de producir sin que se requiera mayor esfuerzo económico
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11 de septiembre de 2013  • 00:44

En una de sus intervenciones durante la reciente reunión del G-20, nuestra Presidenta, con su habitual afán de protagonismo, se preguntó por qué es distinto matar con armas químicas, que con armas convencionales.

Más allá de que ciertamente debió haber sido previamente advertida sobre esa cuestión por sus asesores de política exterior, la mera formulación de semejante pregunta seguramente asombró, con razón, a muchos. Quizás todavía más que el insólito reconocimiento de las limitaciones y dificultades que le genera el idioma inglés.

Hace pocos días, Steven Erlanger, desde las columnas del The New York Times le contestó la pregunta, aunque sin mencionarla. Porque la condena universal del uso de armas de destrucción masiva es realmente de vieja data. Se remonta a 1675, cuando tanto Francia como el Sacro Imperio Romano acordaran no utilizar balas cargadas con venenos. Lo que fue seguido, algo más tarde, por la prohibición expresa contenida en la Convención de La Haya, de 1899.

Armas letales de destrucción masiva que matan indiscriminadamente, a través del sistema nervioso, por asfixia o envenenamiento

Aunque, en rigor, el rechazo –inequívoco, absoluto y universal- de las armas químicas se produjo como consecuencia de los horrores provocados por su uso en la Primera Guerra Mundial, donde Alemania fue el primer beligerante en usarlas masivamente. En Ypres. En abril de 1915, en una acción militar en la que murieran más de 6000 soldados franceses y británicos.

Pese a que apenas un 2% de los muertos en esa guerra fallecieron como consecuencia del uso de armas químicas, la comprensible repulsión que ellas generaran trajo como consecuencia su prohibición, materializada a través del Protocolo de Ginebra de 1925, que fuera oportunamente suscripto por la propia Siria. Norma que pertenece al corazón mismo del derecho internacional de la guerra, que está en vigor desde 1928 y ha sido desde entonces de aceptación universal.

Durante la Segunda Guerra Mundial, ninguna de las partes combatientes utilizó armas químicas en las batallas que fueran libradas. Los nazis, no obstante, las usaron ciertamente en relación con el infame genocidio cometido contra los judíos y con las persecuciones despiadadas que ellos pusieran en marcha contra otros grupos, incluyendo a los gitanos.

El uso de las armas químicas se reiteró, no obstante en 1935, por parte del fascismo italiano, en Abisinia y Etiopía y, luego, por parte de Japón, en 1940-41, que recurriera a ellas en territorio chino.

Más tarde, en 1965-67, fueron usadas por el dictador egipcio Gamal Abdel Nasser durante la guerra de Yemen. Y también se las utilizó, en la guerra de Vietnam, con el recurso al uso masivo por parte de los norteamericanos del defoliante denominado "agente naranja", que tuvo ciertamente algún impacto colateral en la salud humana de todos aquellos que quedaran expuestos a sus consecuencias.

El peor incidente de los tiempos recientes provocado por las armas químicas ocurrió durante la guerra que enfrentara a Irán e Irak, a comienzos de la década de los 80. Sadam Hussein las utilizó entonces reiteradamente contra los iraníes, así como contra su propio pueblo. Más concretamente, contra los kurdos, en Halabja, una ciudad en una zona montañosa donde murieron cerca de 5000 personas, en su enorme mayoría civiles inocentes, incluyendo miles de mujeres y niños.

Se las suele denominar las armas nucleares de los pobres

Este terrible episodio provocó la firma de la Convención sobre Armas Químicas de 1993, que ha estado en vigor desde 1997, que no sólo prohíbe el uso en cualquier circunstancia, sino la fabricación y la transferencia de este tipo de armas de destrucción masiva. Por ello se estructuró la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, con sede en La Haya, que fuera -hasta no hace mucho- presidida por un embajador de nuestro país, Rogelio Pfirter, de excelente desempeño. La autoritaria Siria, cabe puntualizar, no forma parte de ella. Tampoco Corea del Norte, Angola, la recién nacida Sudán del Sur, ni Egipto.

Hablamos de armas letales de destrucción masiva que matan indiscriminadamente, a través del sistema nervioso, por asfixia o envenenamiento por la inhalación de las mismas. Se esté despierto o dormido. En casa o en la calle. Pero masivamente, siempre.

Algunas además continúan asesinando por un tiempo, aun después de haber sido utilizadas, cual sicarios invisibles.

Las armas químicas son, desgraciadamente, relativamente fáciles de producir sin que se requiera mayor esfuerzo económico, ni tecnológico, razón por la cual se las suele denominar las armas nucleares de los pobres.

Por todo esto hoy buena parte de la población israelí convive con máscaras de gas. Y por todo esto también, la comunidad internacional las prohíbe expresamente. Desde hace rato ya. Con normas convencionales universales, que son del dominio público. Con la más absoluta razón.

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