La malversación simbólica que nos entrampa

Nicolás José Isola
Nicolás José Isola PARA LA NACION
La depreciación del lenguaje político que impulsa el kirchnerismo erosiona la vida cívica y confunde a los ciudadanos en un caos de sentido que es funcional a los intereses del poder
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9 de abril de 2015  

El poder se construye y comunica a través del uso de símbolos. Durante los últimos años, el lenguaje político ha utilizado referencias simbólicas fuertes y ha realizado interpretaciones históricas variadas. El kirchnerismo invirtió mucho tiempo y energías en este juego de los sentidos. En un país que se distrae demasiado rápido, revisar algunas intervenciones públicas puede brindarnos una imagen más clara de este fenómeno.

El 24 de marzo de 2004, en la inauguración del Museo de la Memoria en la antigua ESMA, Néstor Kirchner expresó: "Como presidente de la República vengo a pedir perdón (en nombre) del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades". Horas más tarde le dijo a Raúl Alfonsín: "Sé que está enojado conmigo". El caballero radical respondió: "No estoy enojado, estoy dolido. Fue injusto y omitió parte de la historia de la democracia de los argentinos. Si queremos alcanzar la verdad y la justicia algún día será necesario recuperar el valor de las palabras". Un sabio oráculo.

Sería vano contrastar aquí el coraje colosal de Alfonsín en 1983 frente a la negociada convalidación por parte del peronismo de la ley de autoamnistía militar (que hoy ningún peronista recuerda). En fin. Memorias y olvidos, con ello se tejen y profanan la historia y el lenguaje.

Fuente: LA NACION

El último aniversario del golpe militar, el diputado Fernando "Chino" Navarro tuiteó: "Este 24 de marzo nos muestra el dilema de fondo: o seguimos avanzando o regresamos a la Argentina del 76 y los 90". No hay que tener un doctorado en Historia para ver aquí una analogía poco feliz por varios motivos. Primero, Navarro se unió al PJ en los noventa acompañando a Tavano, discutido intendente duhaldista de Lomas de Zamora. Segundo, Menem -hoy aliado del FPV- fue detenido en la madrugada del 24 de marzo de 1976 y estuvo preso casi cinco años. Tercero, el matrimonio santacruceño entonces estaba ganando abultadas sumas con la circular 1050 de Martínez de Hoz, con la que se acorralaba a propietarios desesperados que, ante las altísimas tasas de interés, malvendían sus viviendas a inversores inescrupulosos.

Cuando la amnesia es selectiva, subyace en ella algo perverso y totalitario: la reinvención manipuladora de la propia historia. Quizás "el" arma discursiva de este período "refundacionalista".

Navarro, un 24 de marzo, olvidó tuitear que es inadmisible que el Ejército esté en manos de Milani. No está solo en esa desmemoria. No pocos intelectuales cercanos al oficialismo callan. ¿Se puede ser intelectual progresista y no repudiar a Milani, denunciado ni más ni menos que por la presidenta de Madres de Plaza de Mayo de La Rioja? Sí. ¿Pueden las queridas Madres y Abuelas no luchar junto a Marcela Brizuela de Ledo, madre del soldado Ledo? Pueden. Son tiempos en los que desde el poder se dictan las fronteras de la ética.

Pero la malversación simbólica se extiende en muy diversos espacios y llega a dragar los formatos institucionales menos pensados. Como la diplomacia: un bachiller, Federico Martelli, pudo acceder al cargo de embajador extraordinario y plenipotenciario. "Los gorilas no pueden entender que un militante sin título universitario pueda ejercer una función pública. Ellos prefieren un Chicago boy", tuiteó el embajador militante. Una oda antimeritocrática que desprecia la relevancia del conocimiento universitario en un mundo cada vez más complejo e internacionalizado. Este tipo de designación a dedo, sin el menor antecedente de probidad, horada las bases institucionales de un funcionariado profesionalizado. No es una anomalía. Se trata de una operación política y discursiva. La cuña que este tipo de metodología produce en el Estado no es gratuita (para muestra basta un Indec).

Cuando no hay coherencia histórica interna ni reglas éticas que funcionen como moderadoras, sólo queda el ruido mediático del improperio. Se trata de un pogo a todo volumen en el que a nadie le interesa la letra de la canción: alcanza con saltar y golpear al de al lado. Así, Aníbal Fernández puede bastardear a un fiscal muerto o la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich puede enrostrarles mansiones a los pobres en la cara. Todo en nombre de un progresismo que no quiere estigmatizar a los pobres (por eso, mejor los invisibiliza).

Es lento y sutil el modo en que las sociedades van velando su acceso a la palabra democrática que busca consensos para dar lugar a la palabra autoritaria que chicanea, aprieta y se erige bajo el aplaudido monólogo del dueño de turno. Se han aceptado, promovido y legitimado estas formas de depreciación del lenguaje a través de las barbaridades totalitarias que salen de la boca de diversos personajes de barricada. Y sí, las formas también son parte de la política.

La confusión, que estos últimos años profundizan, no es ingenua, es intencionada: los protagonistas de los años 90 pueden criticar visceralmente esa etapa, Milani puede ser derechos humanos, un bachiller puede ser embajador y el ministro de Economía puede decir que no es bueno contar los estómagos que están vacíos. En estos mensajes ventajistas, contradictorios e irracionales anida la malversación simbólica de la política que entrampa a la ciudadanía.

Está claro que el kirchnerismo no es, ni lejos, el único responsable de la erosión del discurso público. La herencia menemista fue relevante, pero también lo fue el ingreso de la violencia comunicacional de ciertas "organizaciones" en el entramado de la política (es un secreto a voces el vínculo entre barrabravas y política). La oposición, por su parte, no parecer haber logrado la constitución de formas democráticas de intercambio político, usando una y otra vez la chicana fácil. Los medios de comunicación, a su vez, han no sólo dado notable prensa a cuanto improperio existió -promoviendo su efectividad publicitaria, ergo, su repetición-, sino que también han tensionado el lenguaje, exagerando e incluso inventado noticias. Esto es grave: son constructores de opinión pública.

No sólo se corrompe robando. El lenguaje también se corrompe. Nuestra discusión cotidiana se precariza y banaliza con la malversación simbólica de hermenéuticas históricas tergiversadas y de dinámicas discursivas e institucionales que pulverizan la palabra política.

Una sociedad democrática moderna no se construye dinamitando los sentidos. La malversación ética del lenguaje erosiona nuestra vida cívica.

Ya es sabido. Nuestro más grande problema es moral.

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