La marca del relato K¿El próximo gobierno tendrá que crear su propio lenguaje?

Después de tres presidencias que impusieron con éxito un modo de nombrar la política, una épica, una lectura de la historia y una clara señalización de enemigos y gestos militantes, la gran pregunta es si la posibilidad de disputar el poder al oficialismo incluye también una batalla en el campo de las palabras. ¿La llegada de un nuevo ciclo de gobierno se dirimirá entre la construcción de un contrarrelato o en la apelación a cierta ética de lo institucional y la gestión?
Laura Di Marco
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30 de noviembre de 2014  

Charla en una verdulería de Palermo. Martes por la tarde.

-Ayer, hice tuco, compré tomates a 20 pesos el kilo; compré 5 kilos y me gasté cien pesos... ¡en tomates! Una de dos: o los cien pesos ya no valen nada o los tomates se fueron al demonio -le dice una mujer a otra.

-Pero ¿cómo? ¿No era que no había inflación? -responde la interlocutora, con fingido asombro.

-Nooo, señora, eso es parte del relato, ¿no sabía? -tercia el verdulero y la discusión queda sellada.

Después de un ciclo que impuso con éxito una manera de nombrar la política, los problemas del país, los enemigos, las disputas y hasta inventó y masificó la palabra "relato" como sinónimo del discurso oficial, ¿debería inventar el próximo gobierno un nuevo lenguaje político? ¿Será necesaria la construcción de un contrarrelato?

Y, en ese caso, ¿cuáles serían las claves, las palabras y los temas de ese nuevo idioma político, de cara a 2015?

¿O será que el futuro político se medirá, en contraposición, más en los hechos que en los discursos?

Aplicada a la política, la palabra "relato" es una creación de la era K. Antes del kirchnerismo, era un término que circulaba encriptado dentro de la academia. Un dominio de las ciencias sociales.

Sin embargo, la intensidad política de la última década produjo este neologismo, que hasta logró colarse en las verdulerías del barrio. Lo usa tanto la oposición como el oficialismo, aunque en sentidos opuestos.

Relato y poder

La oposición lo usa como sinónimo de realidad falsa creada por el kirchnerismo. Y el kirchnerismo, por su parte, la usó a su favor. Así lo rescató la lingüista María Marta García Negroni, investigadora principal del Conicet, quien rechaza la idea de generar una suerte de contrarrelato que contrarreste el universo lingüístico que construyó el oficialismo.

Ya en su discurso de asunción, en 2007, Cristina Kirchner decía: "Nos debemos un relato diferente de nosotros mismos, los argentinos, no de autocomplacencia, no de ocultamiento, pero sí el necesario reconocimiento a los logros obtenidos".

Un año más tarde, los intelectuales oficialistas dieron sustento a esta idea.

"[...] Sin esa dimensión utópica, sin esa perspectiva que reinscriba los hechos cotidianos en un relato que los excede y potencia, no hay renovación de las posibilidades gubernamentales, pero tampoco de las políticas populares", decían en la Carta Abierta número 6, de agosto de 2008.

"No hay política sin lenguaje -explica Negroni, que enseña en la UBA y San Andrés-. Pero si la política debe ser «dicha» o «enunciada», eso no significa que constituya necesariamente un «relato», palabra polisémica que remite a la idea de «narrativa» o de «ficcionalización». Tampoco debe entenderse, entonces, que deba adoptar la forma de un «contrarrelato», porque eso significaría enunciar exclusivamente desde una posición de réplica ajustada a la agenda que establece el «relato» hegemónico."

La periodista Silvia Mercado, en su biografía sobre Alejandro Apold (El inventor del peronismo), se zambulló en la construcción del relato del peronismo original y se dedicó a medir su efectividad a lo largo de las décadas.

Tanto, que su hipótesis central es que lo que perduró del peronismo en el tiempo no fueron sus obras, sino el poder de su relato. Mercado también cree que el kirchnerismo replica ese intento.

"Cristina dedicó mucho tiempo de sus horas mujer como presidenta a crear un relato de la historia. Es lo que plasmó en las fiestas del Bicentenario, que ejecutó Javier Grosman, desde la Unidad del Bicentenario, que sigue activa, y con cada vez más presupuesto. O sea, crear un relato de la historia y del presente fue una política del gobierno en la Argentina. No fue parte de un debate social, sino que fue promovido desde el poder."

Discurso o relato, lo que nadie niega es que reemplazar la intensidad del discurso kirchnerista va a ser un gran desafío para el próximo gobierno, incluso dentro de las alternativas peronistas. Sobre todo en el segmento joven, donde el relato K caló más hondo. Hay que pensar que un joven de 30 años tenía 19 en 2003 y que su postal inmediata anterior de la política es la debacle de 2001. A estas alturas, Fabián Perechodnik, director de Poliarquía, completa con un dato duro: el 50 por ciento de la población argentina tiene menos de 30 años.

"Eso lo sabe muy bien Cristina, por eso pone tanto hincapié en instalar relato entre los niños -sigue Mercado-. Las primeras experiencias son únicas e intransferibles, eso no quiere decir que sean inamovibles. No quiere decir que un chico que se hizo a la política o a la historia con la versión K sea K toda la vida; le pasarán otras cosas, pero ese momento de su vida es constitutivo de su identidad."

El problema -y la oportunidad para la próxima administración- es que un relato no construye la realidad, sólo la interpreta. El relato tampoco resuelve una mala política, aunque tal vez pueda sostenerla trágicamente en el tiempo. Sin embargo, su límite, tarde o temprano, siempre estará marcado por los hechos. En blanco y negro: el relato del gobierno de Fernando de la Rúa sobre el "blindaje" no redujo la debilidad argentina en los mercados financieros internacionales. Tampoco el de Cristina sobre el consumo llega a ocultar la realidad de la inflación.

Un diccionario para 2015

"Todos los presidentes -y presidentas- tienen que controlar el sentido de sus acciones para poder tener éxito. Si fracasan en persuadir a la opinión pública sobre sus motivos, la oposición llena este espacio y ofrece una interpretación crítica de la acción presidencial que debilita su credibilidad. Esto significa que todo gobierno necesita articular un "relato" sobre cuáles son nuestros principales desafíos como país, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. El poder de la presidencia no está solamente en los decretos o en el control del presupuesto; está también en su capacidad para orientar cotidianamente la agenda del debate público", acerca el politólogo argentino Aníbal Pérez Liñan, que enseña en la Universidad de Pittsburgh.

Pérez Liñan construye su argumento: "Es que, si fracasan en persuadir a la opinión pública sobre sus motivos, la oposición llena este vacío y ofrece una interpretación crítica de la acción presidencial, que debilita su credibilidad".

En esta línea, Perechodnik también asegura que todos los presidentes han tenido un relato: "El de Alfonsín era el de la recuperación democrática, el tercer movimiento histórico, el Preámbulo de la Constitución. Menem sostenía el de la revolución productiva. De la Rúa tuvo éxito con el de la transparencia. La diferencia con el kirchnerismo es que lo hizo explícito y lo convirtió en una fortaleza".

La academia y los analistas están divididos, sin embargo, como tantos otros ámbitos de la Argentina. Y si bien hay académicos que asocian política con relato, otros prefieren hablar de "discurso". Y creen que el próximo gobierno debería tener, sí, un discurso innovador, instalar otro punto de vista sobre los temas, pero de ningún modo responder con un contrarrelato, que siempre implica una realidad falseada o sesgada.

Como dice el sociólogo Gerardo Aboy Carlés, uno de los que prefieren evitar tanto el relato como el contrarrelato y hablar de discurso: "La debilidad del campo opositor es, antes que la de cualquier confluencia, la dificultad de los precandidatos para construir definiciones políticas claras, capaces de resignificar los avances de los últimos años y de marcar una abrupta ruptura con aspectos relevantes de la actual gestión. Los mensajes de «continuidad y cambio» podrían no estar a la altura de quienes aspiran a cerrar un ciclo", apunta este investigador y profesor en la Universidad Nacional de San Martín.

Cuestión de demanda

Precisamente, para Aboy Carlés, el principal problema que tienen los aspirantes a sucesores de Cristina es discursivo. Incluso, identifica tópicos que el discurso oficial deja vacantes y que el arco opositor desaprovecha.

Pone un ejemplo interesantísimo: la seguridad, siempre al tope de las preocupaciones ciudadanas.

"Se trata de una demanda social clara. Hemos vivido años de celebración de la supuesta recuperación del Estado cuando paulatinamente ese Estado perdía uno de sus componentes centrales: el monopolio de la violencia y el papel de policía. Es imperiosa la recuperación de un discurso que propugne una seguridad democrática, conforme al Estado de Derecho, y la depuración de las fuerzas de seguridad. Desde la derecha que aspira a suceder al actual gobierno, la seguridad se confunde con la mano dura. Desde la izquierda, el tema o es eludido o se producen respuestas espasmódicas indistinguibles del discurso más punitivo."

¿Cómo posicionarse, entonces, discursivamente frente a la herencia del pasado?

"Para todo gobierno nuevo, y eso incluye a quien asuma el poder en 2015, ésta es la principal cuestión", acerca Pérez Liñan. "Todos los presidentes tienen la tentación de denunciar el pasado para liberarse de los compromisos adoptados por sus antecesores, prometer la llegada de un país nuevo y desplazar a la vieja coalición de intereses del poder. Pero esta movida no siempre es exitosa porque, a veces, el orden heredado mantiene cierto respaldo popular. En estos casos el nuevo relato tiene que articular los legados del pasado, apropiarlos y expandirlos como parte de una promesa sobre el futuro. Creo que éste va a ser el principal desafío para el nuevo gobierno en la Argentina: va a tener que rechazar algunos legados de la era K, en especial en lo referente a la política económica, pero a la vez recuperar los legados en el campo de las políticas sociales".

Mauricio Macri y Sergio Massa crecieron apoyándose en la gestión y en el hacer ("resolver los problemas de la gente" es su mantra), aunque algunos podrían interpretar que eso también forma parte de un discurso. O incluso de su "relato". Esto es lo que interpreta el sociólogo Gabriel Vommaro, quien identifica varios "discursos o relatos disponibles" para 2015.

Para este sociólogo especializado en medios, que enseña en la Universidad Nacional de General Sarmiento, ambos términos están asociados.

"¿Y cómo será el relato del futuro? Ya lo estamos viendo porque todos los gobiernos subnacionales tienen uno. El de Macri está en la ética del hacer. El relato republicano, en la moral pública y la división de poderes. Por fuera del relato K, el anticapitalista y antiextractivista (antiminero) de la izquierda."

Aboy Carlés, que se ha dedicado a estudiar el populismo, está convencido de que, en el centro del mensaje de fin de ciclo, tiene que estar la cuestión institucional y republicana: un tópico recurrente de la oposición, pero a costa de menoscabar el verdadero sentido de la palabra.

Lo explica: "Bajo el lema de república simplemente se desarrolló una crítica a la honestidad de los gobernantes o a lo sumo a los avances del Poder Ejecutivo sobre otros poderes. Pero república es también igualdad de los ciudadanos, su participación, recreación de la comunidad y el conflicto plural sometido a reglas. La torpe identificación entre república y consenso y el olvido de la dimensión igualitaria desarman al discurso republicano frente al discurso de la inclusión o de la democratización por vía de la concentración de poder. No hay república sin ciudadanía y no hay ciudadanía plena sin condiciones sociales que la hagan posible. El combate de la pobreza debe ser central en la articulación de un discurso republicano moderno".

Como la economía K pasa por un ciclo recesivo, sumado a la inflación, el cambio económico abre una oportunidad para la oposición. Pero, dice Aboy Carlés, el arco opositor falla cuando les deja ese espacio a los economistas. "La explicación de la propuesta económica no puede quedar en manos de especialistas. Es necesaria una crítica al ciclo recurrente de los procesos de expansión de demanda sustentados en las modificaciones drásticas del tipo de cambio. El discurso político debe ser pedagógico en este aspecto y debe estar centrado en las consecuencias para la gente: el desempleo y el aumento de la desocupación."

Como plato fuerte de un exitoso discurso futuro, nadie incluyó la necesidad de construir nuevos enemigos, distintos u opuestos a los de la era K. Una sonora omisión que, en sí misma, dice bastante sobre el ciclo que viene.

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