La mirada que recorre todo un siglo

Ernst Jünger. Se acaba de publicar en español el último volumen de los diarios del controvertido escritor alemán, que completa una obra que va de la Primera Guerra Mundial a los años noventa
Ernst Jünger. Se acaba de publicar en español el último volumen de los diarios del controvertido escritor alemán, que completa una obra que va de la Primera Guerra Mundial a los años noventa
Pedro B. Rey
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26 de julio de 2015  

¿Qué es un diario personal? Samuel Pepys fue el recolector minucioso de toda una época (la Restauración inglesa). Los hermanos Goncourt (Edmond, más que Jules) se dedicaron a registrar la vida literaria francesa de la segunda mitad del siglo XIX. André Gide se valió del suyo para presentar un autorretrato estetizado. Kafka, para reflexionar sobre su vida y, muy particularmente, sobre su escritura. Hay tantos diarios posibles, tantas formas y fórmulas, como autores con la paciencia para escribirlos.

Para Ernst Jünger (1895-1998), los diarios no representaron tanto una confirmación de los hechos como de sus "radiaciones", "la impresión que dejan en el autor el mundo y sus objetos, el fino enrejado de luz y sombra formado por ellos". Escribió los suyos a lo largo de todo un siglo, pero los decisivos, los más originales, los produjo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era oficial del ejército alemán de ocupación en Francia. Los cuadernos de notas, señalaba, fueron el modo de encontrar una fuerte conciencia de la soledad y del dolor, mientras a su alrededor fluían las formas caóticas del mundo y sus acontecimientos.

La reciente publicación de Pasados los setenta V (1991-1996), quinto volumen de la serie que siguió a aquellos que compilaron los de la Segunda Guerra Mundial y de la posguerra (que, justamente, se llamaron Radiaciones) es noticia porque con él concluye la edición en español de todos los diarios del escritor alemán. No es ni el más nutrido ni el más novedoso libro del conjunto, pero tiene la singular función de condensar las últimas vibraciones de una vida. El nonagenario Jünger se vuelve centenario durante su escritura y, por propiedad transitiva, un patriarca involuntario de la literatura europea que, a pesar de las controversias que causaba todavía su figura, no se cansaba de homenajearlo. El 29 de marzo de 1995, día en que cumple un siglo, anota con modestia numérica: "El número dos ha desempeñado un papel especial en mi vida. He vivido dos guerras, he visto dos veces el cometa Halley. He sobrevivido a dos hijos. Mi gemelo espiritual fue Friedrich Georg [su hermano poeta]. Tuve dos matrimonios […]. Ahora se ha repetido para mí el ciclo de cincuenta años".

Jünger recapitula, con una prosa más sintética que la del pasado, sus temas recurrentes. Están presentes el registro de la naturaleza (así como Nabokov clasificaba mariposas, el alemán fue un apasionado entomólogo), el hallazgo de palíndromos, los matices de un vocablo, los ecos de Nietzsche y Schopenhauer, las reflexiones sobre el titanismo en un mundo de dioses caídos en desgracia. "¿Es posible una Ilíada con pólvora?", se pregunta parafraseando a Marx, para rememorar –por primera vez con real sorpresa– el aura que envolvía la guerra en sus remotos tiempos escolares.

El entusiasmo aventurero y novelesco lo llevó primero a incorporarse, en su adolescencia, a la Legión Extranjera (cuenta esa picaresca en Juegos africanos) y más tarde a presentarse, con otros compañeros de liceo, como voluntario en la Primera Guerra Mundial, de donde saldría condecorado y con una novela testimonial bajo el brazo ( Tempestades de acero), que, con apenas veinte años, lo convirtió en una meteórica celebridad literaria. Ya esa obra estaba basada en un diario de trincheras (se publicó en 2010: Cuaderno de guerra, 1914-1918), que extiende su radio como memorialista a todo un siglo. Todavía en las últimas páginas de Pasados los setenta, tantas décadas después, se seguía considerando una suerte de anacronismo: "Una paradoja de mi existencia –anota en 1994– […] es que soy el último que aún tiene una relación legítima con la corona prusiana".

A finales de los años treinta, después de haber publicado ensayos controvertidos ( El trabajador, criticado a derecha e izquierda), Jünger se retiró a un pueblo pequeño, Kirchhorst, para escribir Sobre los acantilados de mármol, la novela en que de manera cifrada avizora el desastre al que conducirá el nazismo, un movimiento al que Jünger –que formaba parte de un nacionalismo conservador, aristocrático y, dicen sus defensores, sin inclinaciones antisemitas– despreciaba. Fue allí donde retomó el hábito de escribir un diario y donde lo alcanzó el correo que lo convocaba como capitán de reserva para la guerra inminente. Un primer volumen ("Jardines y carreteras", luego agrupado en Radiaciones) sería publicado en 1942 y, aunque distanciado y elíptico (Hitler aparece nombrado en algún ominoso sueño como Kniébolo), le valdría la furia del régimen. "Ni Hitler ni el Partido, entonces en la cumbre de su gloria –sostiene Andrés Sánchez Pascual, su traductor–, son mencionados con una palabra. Tal silencio era clamoroso y pesaba más que los millares y millares de telegramas de felicitación enviados al Führer y su pandilla de forajidos."

Lo notable de esos diarios de guerra es su estilo observador, más que activo, microscópico más que panorámico. A la par del registro de la naturaleza que surge en su camino y de las escaramuzas (sobre todo bombas y el repiqueteo más distante y más cercano de la metralla), el escritor comienza a sentir un desencanto, nuevo para él, en relación con cualquier épica y culto del coraje. Ahí están los oficiales y soldados, al atravesar la frágil línea Maginot, viviendo en casas y pueblos desertados, mientras Jünger reflexiona: "En ciertas encrucijadas de nuestra juventud podrían aparecernos Belona y Atena –la primera con la promesa de enseñarnos el arte de guiar veinte regimientos al combate de manera que estuvieran en su puesto en el momento de la batalla, mientras que la segunda nos prometía el don de juntar veinte palabras de manera que formasen una frase perfecta". En un frente que lo tuvo en retaguardia, Jünger eligiría la segunda opción.

Los dos volúmenes de Radiaciones incluyen, además, otros diarios, que sólo se publicaron en 1949. "Diario de París" relata las vivencias de Jünger en la capital francesa como oficial alemán de ocupación, dividida la vida entre dos hoteles: el Majestic, donde tenía su oficina, y el Raphael, desde donde salía a observar una vida cotidiana, intelectual y artística que bien o mal simulaba la rutina de siempre (Edgardo Cozarinsky utilizó esas páginas para realizar, sumándole noticiarios de época, su sorprendente La guerre d’un seul homme). En Pasados los setenta V, entre otras cosas, Jünger vuelve a recordar aquella época: la visita a cierta librería y su desprecio por Céline. "Anotaciones del Cáucaso", otro de los diarios de aquellos años, relata su rápido paso por el frente ruso (contemporáneo del cerco de Stalingrado), adonde –se supone, porque los diarios de guerra son también un entramado de claves y sobreentendidos– fue enviado a tantear el ánimo de las tropas ante una eventual desaparición de Hitler en un atentado.

Terminada la guerra, ya de vuelta en Kirchhorst (más tarde se instalaría en su casa de Wilflingen), Jünger escucha que, en Radio Londres, Sobre los acantilados de mármol era presentado como un escrito contra Hitler mientras a su autor se lo designaba como un "exponente asimismo condenable de la casta militar". El escritor reacciona como un "anarca", la palabra que acuñaría más tarde para reivindicar cierta resignada rebeldía existencial. "Dado que me encuentro del lado de los vencidos no puedo replicar –anota en el segundo tomo de Radiaciones–. El desenlace de la guerra, cualquiera que hubiera sido, no habría producido tampoco un cambio en eso. Es algo que parece formar parte de la buena o la mala estrella de una vida […]. No cabe la menor duda de que a mí me habrían ido mucho mejor las cosas entre los ingleses, entre los franceses, entre casi todos los demás pueblos [...] Pero uno no puede ni quiere escoger su patria. Forma parte del destino, de la tarea".

En los años siguientes, Jünger continuó escribiendo novelas ( Heliópolis, Abejas de cristal, Eumeswil), en las que la imaginación técnica presenta aristas de pesadilla. Se interesó, como Aldous Huxley, por la investigación con drogas. Al cumplir setenta años, retomó la escritura de diarios. Ya no trataban de la guerra, sino que entrelazaban la observación natural, los autores preferidos, las obras de arte y los viajes, de Extremo Oriente a Islandia, de Roma a las islas Canarias. Es difícil que haya imaginado que esa escritura cotidiana se extendería tanto en el tiempo que casi llegaría al siglo XXI. Es difícil que haya imaginado que esa suma terminaría por eclipsar, como ya parece entrever el volumen final de Pasados los setenta, el resto de su obra.

LA VISITA DE UN LECTOR PRECOZ

La primera traducción de Tempestades de acero, su novela inaugural –recuerda Jünger en las últimas páginas de Pasados los setenta v– "se imprimió en español por primera vez en la Argentina, con el título Bajo las tormentas de acero. Uno de los primeros lectores fue un Jorge Luis Borges de diecisiete años. La lectura fue para él, por lo que escribió, ‘una erupción volcánica’. Casi ciego, poco antes de su muerte, me visitó en Wilflingen". Al recuerdo, tal vez pueda agregársele una enmienda: seguramente Borges leyó el libro en alemán, durante su juventud, cuando todavía vivía en Europa.

Pasados los setenta V

Por Ernst Jünger

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