La movilización de Copenhague

Naomi Klein Para LA NACION
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11 de diciembre de 2009  

TORONTO.- El otro día recibí una copia prepublicación de The Battle of the Story of the Battle of Seattle ("La batalla de la historia de la batalla de Seattle"), de David y Rebecca Solnit.

Se ha previsto la publicación del libro diez años después de que una histórica coalición de activistas cancelara la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Seattle, la chispa que encendió el fuego de un movimiento global anticorporativo.El libro es un fascinante relato de lo que realmente ocurrió en Seattle, pero cuando hablé con David Solnit, el gurú de la acción directa, que contribuyó a producir esa cancelación, descubrí que estaba menos interesado en recordar los sucesos de 1999 que en hablar de la cumbre sobre el cambio climático de las Naciones Unidas y de las acciones de "justicia climática" que organizó en Estados Unidos.

Hay en la movilización de Copenhague cierta cualidad de Seattle: la enorme variedad de grupos, la diversidad de tácticas y los gobiernos de los países en desarrollo dispuestos a presentar demandas activistas en la cumbre.

Pero Copenhague no es tan sólo una repetición de Seattle. Parece que las placas tectónicas progresistas se están desplazando, creando un movimiento que se basa en los puntos fuertes de una era anterior, pero también aprendiendo de sus errores.

La gran crítica contra el movimiento que los medios insistieron en llamar "antiglobalización" fue que tenía una larga lista de quejas pero pocas alternativas concretas.

Por contraste, el movimiento en Copenhague aborda un solo problema -el cambio climático-, pero tiene un relato coherente sobre su causa y sus remedios que incorpora casi todos los problemas del planeta.

En esta crónica, nuestro clima no sólo está cambiando debido a particulares prácticas contaminantes, sino también a la lógica subyacente del capitalismo, que valora por encima de todo las ganancias a corto plazo y el crecimiento perpetuo.

Nuestros gobiernos pretenden hacernos creer que esa misma lógica puede ahora refrenarse para resolver la crisis climática, creando una materia prima comerciable llamada "carbono" y transformando los bosques y tierras de cultivo en "sumideros" que supuestamente compensarán nuestras desenfrenadas emisiones.

Los activistas de la justicia climática argumentan en Copenhague que, lejos de resolver la crisis climática, la política de intercambio del carbono representa una privatización sin precedente de la atmósfera y que esas compensaciones y sumideros amenazan con convertirse en un apoderamiento de recursos de proporciones coloniales.

Estas "soluciones basadas en el mercado" no sólo serán un fracaso para resolver la crisis climática, sino que también profundizarán drásticamente la pobreza y la desigualdad, porque las personas más pobres y más vulnerables son las víctimas primordiales del cambio climático, así como los primeros conejillos de Indias de estos planes de intercambio de emisiones.

Pero los activistas de Copenhague no sólo dicen que no a todo esto. Proponen soluciones que simultáneamente reducen las emisiones y disminuyen la desigualdad.

A diferencia de lo ocurrido en las cumbres precedentes, en las que las alternativas se pensaron a posteriori, en Copenhague las alternativas constituyen el punto central de la reunión.

Por ejemplo, la coalición Acción de Justicia Climática ha convocado a los activistas a irrumpir en el centro de conferencias el 16 de este mes.

Muchos de ellos lo harán como parte de un "bloque ciclístico", marchando juntos en una "irresistible nueva máquina de resistencia", aún no revelada, hecha con cientos de bicicletas viejas.

El objetivo de esta acción no es suspender la cumbre, a la manera de lo ocurrido en Seattle, sino abrirla, transformándola en "un espacio para hablar de nuestra agenda, una agenda de abajo, una agenda de justicia climática, de verdaderas soluciones en contra de las soluciones falsas. Será nuestro día".

Algunas de las soluciones propuestas por los activistas son las mismas que el movimiento global de justicia ha defendido durante años: agricultura local sustentable; proyectos energéticos más pequeños y descentralizados; respeto de los derechos indígenas sobre las tierras; dejar de extraer combustibles fósiles de la tierra; flexibilizar la protección de los derechos intelectuales de propiedad de la tecnología verde, y pagar estas transformaciones gravando las transacciones financieras y cancelando las deudas externas.

Algunas soluciones son nuevas, como la demanda de que los países ricos paguen reparaciones por "la deuda climática" a los países pobres. Son exigencias difíciles de cumplir, pero todos acabamos de ver la clase de recursos que nuestros gobiernos emplean para salvar a las elites.

Tal como lo expresa un eslogan pre-Copenhague: "Si el clima fuera un banco, lo hubieran salvado", en vez de abandonarlo a la brutalidad del mercado.

Además de una crónica coherente y de la consignación de posibles alternativas, se producirán muchos otros cambios, incluyendo un enfoque más reflexivo de la acción directa, un método que reconoce la necesidad inmediata de hacer algo más que hablar, pero dispuesto a no hacerle el juego al habitual enfrentamiento entre policías y manifestantes.

"Nuestra acción es de desobediencia civil", dicen los organizadores de la movilización del 16 del actual. "Superaremos cualquier barrera física que se interponga en nuestro camino? pero no responderemos con violencia si la policía intenta reprimir." (Pese a esto, no hay posibilidad de que la cumbre de dos semanas no incluya algunos enfrentamientos entre la policía y los muchachos de negro; después de todo, esto es Europa.)

Hace una década, en un editorial de opinión que publiqué en The New York Times después de la cancelación de la cumbre de Seattle, escribí que un nuevo movimiento de defensa de una forma de globalización radicalmente diferente había tenido "su fiesta de presentación".

¿Cuál será la importancia de Copenhague? Le planteé esa pregunta a John Jordan, cuya predicción de lo que finalmente ocurrió en Seattle cité en mi libro No Logo .

Me respondió: "Si Seattle fue la fiesta de presentación de este movimiento de movimientos, tal vez Copenhague sea la celebración de nuestra mayoría de edad".

Jordan advierte, sin embargo, que crecer no significa actuar sobre seguro, cambiando la desobediencia civil por reuniones formales.

"Espero que hayamos crecido para hacernos mucho más desobedientes", dijo Jordan, "porque la vida en este mundo nuestro puede aniquilarse a causa de demasiados actos de obediencia".

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