La mudanza de Chacho Alvarez

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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26 de marzo de 2000  

UNA versión electrizó hace algunos días las redacciones de los diarios: aprovechando que tiene desde hace tiempo una quinta en Ezeiza, el vicepresidente Alvarez estaba por fijar su domicilio en ella, renunciando a su domicilio porteño para competir por la gobernación de la provincia de Buenos Aires en el 2003.

Después, la noticia fue desmentida a medias. La mudanza, se dijo, sólo está en estudio. Legalmente, el vicepresidente necesitaría dos años de residencia en la provincia para ser candidato a gobernador en el 2003. Tiene, por lo tanto, todo este año para pensar.

La verdadera noticia, de todos modos, no es la mudanza sino el impacto que la versión de la mudanza produjo en los círculos periodísticos y políticos. Después de todo, si el vicepresidente bajara a la provincia, renunciando a su propia reelección en el 2003, no sería el primero en hacerlo. Es casi un destino para quienes ocupan su incómodo lugar. Entre nosotros, y a la inversa de los Estados Unidos, el vicepresidente es fulminado con la misma prohibición de re-reelección que afecta al presidente. Si Alvarez volviera a presentarse en fórmula con De la Rúa en el 2003 con el mismo éxito que en 1999, quedaría excluido de la opción presidencial en el 2007, sin haber coronado su carrera.

Fue por eso que sus dos antecesores en el cargo, Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf, se bajaron del nivel de la vicepresidencia para presentarse a la gobernación de Buenos Aires y reanudar desde ella su carrera.

En la República Romana, el paso de los políticos por los cargos públicos estaba reglamentado de tal forma que no se podía llegar a una magistratura superior sin haber pasado por las inferiores. A esta ruta ascendente, que premiaba a la experiencia, se la llamó cursus honorum: la carrera de los honores. En los Estados Unidos hay algo parecido, puesto que es normal que el candidato presidencial del partido gobernante, ya se llame Al Gore, George Bush padre, Nixon, Johnson o Truman, provenga de la vicepresidencia. Desde la oposición, la candidatura recae normalmente en gobernadores como lo había sido Reagan antes de postularse a la presidencia y como lo es George Bush hijo ahora.

Entre nosotros se está elaborando poco a poco un cursus honorum comparable, pero sin la intervención de los infortunados vicepresidentes En 1989, los candidatos presidenciales principales fueron los gobernadores Angeloz y Menem; en 1995, el presidente Menem y los gobernadores Bordón y Massaccesi; en 1999, los gobernadores De la Rúa y Duhalde. ¿Qué más natural entonces que un líder destacado como Alvarez se prepare a emprender la marcha hacia la presidencia a través de la gobernación de Buenos Aires? ¿No estaría haciendo lo mismo que Duhalde y Ruckauf antes de él? ¿No estaría intentando lo que ahora intenta Cavallo al buscar una base presidencial en la ciudad de Buenos Aires? ¿Por qué lo que no escandalizó en otros casos comparables escandalizaría en el caso de Alvarez?

El blanco y el gris

Decía Max Weber que hay dos clases de políticos: los que viven para la política y los que viven de la política. En 1890, cuando los conservadores dominaban la vida política, nació la Unión Cívica Radical. Su líder máximo, Hipólito Yrigoyen, levantó la bandera que siempre han enarbolado los partidos nuevos: la purificación de las costumbres políticas. Pero unas décadas después ya se pensaba que tanto los radicales como los conservadores estaban contaminados. De 1945 en adelante, el peronismo correría la misma suerte. La idea dominante en esta Argentina incrédula es que los políticos tradicionales, salvo honrosas excepciones, viven de la política.

Por eso se mira con tanto interés a las fuerzas que proponen, al nacer, la renovación moral de la política. Los socialistas y los demócratas progresistas levantaron en su momento esta bandera. Nunca llegaron al poder, de modo que nunca se puso a prueba su voluntad purificadora. Pero la atracción que ejercen los hombres y los partidos nuevos renace de continuo. Nombres como los de Reutemann y Beliz gozan de un aura de inocencia. En su momento, ¿quién no creyó que la Ucedé había venido a redimir nuestros vicios políticos? ¿Quién lo piensa seriamente ahora?

La última manifestación de este deseo tantas veces renovado de instalar en el poder a protagonistas que vivan para la política ha sido el meteórico crecimiento del Frepaso. Por eso no se lo mide con la misma vara que a los demás.

En los guardapolvos grises, las manchas se notan menos que en los guardapolvos blancos. A la inversa de los demás niños, el niño Frepaso va al colegio con guardapolvo blanco.

Los políticos renovadores carecen del margen de resignada tolerancia que se les concede a los políticos tradicionales. Ofrecieron más. Se les exige más. Esto explica por qué, cuando Alvarez sopesa la posibilidad de una maniobra similar a la que otros realizaron, se curve más de una ceja.

En una hora "procesal"

Hay dos clases de políticos. Los políticos pragmáticos buscan resultados sin fijarse demasiado en los procedimientos. "Roba pero hace", dijo de sí mismo alguna vez el paulista Adhemar Do Barros, el más descarado de los políticos pragmáticos.

La otra clase es la de los políticos procesales. Ellos harían suya la famosa fórmula de Edmund Burke: "Si la reforma ha de traer injusticia, me quedo sin la reforma".

Todos desearíamos, naturalmente, políticos tan puros como los "procesales" y tan ejecutivos como los "pragmáticos". Pero estas dos expresiones de la vida política raramente se mezclan. Los países oscilan por eso entre dos humores: el "pragmático" y el "procesal".

Durante la primera parte de los años setenta, los norteamericanos admiraron el pragmatismo del presidente Nixon. Hasta que, con la crisis de Watergate, su falta de escrúpulos les pareció demasiado. Eligieron entonces a un santo pastor denominado James Carter. Pero con Carter aprendieron que, para ser presidente, hace falta algo más que un gran corazón.

Con Menem, el país vivió la euforia del pragmatismo. Hace cien días De la Rúa ganó porque expresa el nuevo humor procesal. El país no quiere volver por ahora al pragmatismo. Pero si un día llega a aceptar el argumento de los críticos tempraneros del nuevo gobierno de que "no pasa nada" con De la Rúa, empezará a percibirlo como un nuevo Illia o un nuevo Carter. Habrá regresado en tal caso el pragmatismo.

Pero un político no puede pasar sin más de uno al otro estilo. Su imagen, en cierto modo, está fijada. De la Rúa se mostró siempre como un político escrupulosamente correcto. Si un día se volcare al pragmatismo, quedaría tan inauténtico como un Menem volcado al moralismo.

Por eso la suerte política del vicepresidente Alvarez está ligada a dos condiciones. Primero, que su gobierno rinda frutos suficientes como para prolongar el actual humor "procesal" de los argentinos. Segundo, que él mismo siga exhibiendo una impecable imagen procesal. Para ello deberá considerar con extremo cuidado que su eventual mudanza a la provincia de Buenos Aires no sea interpretada como el signo de otra mudanza más profunda y más grave: su mudanza al pragmatismo. Hay otro dirigente que ya ha apostado, por otra parte, al pragmatismo: es esa suerte de De la Rúa a la inversa que muestra ser cada día, con sus posturas frontales, el gobernador Ruckauf. Nada sería menos creíble, en la Argentina que viene, que un Alvarez pragmático y un Ruckauf procesal.

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